Ir al contenido

Ir al índice

 SIERRA LEONA Y GUINEA

Jehová me levantó

Jay Campbell

Jehová me levantó
  • AÑO DE NACIMIENTO 1966

  • AÑO DE BAUTISMO 1986

  • OTROS DATOS Víctima de la polio que llegó a ser precursora regular.

DE NIÑA quedé lisiada de la cintura para abajo. Vivía con mi madre en un conjunto de viviendas para familias pobres de Freetown. Como me daba vergüenza y miedo que los demás me vieran, me aventuré a salir solo una vez en dieciocho años.

Pauline Landis, una misionera Testigo, me visitó cuando yo tenía 18 años y se ofreció a darme clases bíblicas. Le respondí que no sabía leer ni escribir, pero ella dijo que me enseñaría. Así que acepté.

Estaba encantada con lo que aprendía de la Biblia. Un día le pregunté a Pauline si podía asistir a la reunión que se celebraba en una casa que quedaba en la otra calle. “Puedo usar mis bloques de madera para llegar”, le dije.

Cuando ella vino a buscarme, mi madre y los vecinos me miraban con cierta preocupación. Agarré los bloques y los puse en el suelo; apoyándome en ellos, me impulsé hacia  adelante. Así fui avanzando hasta llegar al patio. En ese momento, los vecinos le gritaron a Pauline: “¡No la obligue! ¡Ya lo ha intentado antes y no ha podido!”.

“Jay, ¿tú quieres ir?”, me preguntó ella amablemente.

“¡Sí! —le respondí—. ¡Estoy decidida!”

Los vecinos se quedaron observándome sin decir palabra hasta que llegué al portón. Cuando salí, todos comenzaron a aplaudir y dar gritos de alegría.

¡Me gustó tanto esa reunión! La siguiente meta fue ir al Salón del Reino. Para ello, tenía que “caminar” hasta el final de la calle, tomar un taxi y luego subir una cuesta empinada en brazos de los hermanos. Muchas veces llegaba toda mojada y llena de lodo, por lo que tenía que cambiarme de ropa en el salón. Con el tiempo, una hermana de Suiza tuvo la gentileza de enviarme una silla de ruedas, lo que hizo posible que me desplazara de una forma más digna.

Leer las experiencias de otros Testigos con discapacidades me motivó a esforzarme más en el servicio a Jehová, de modo que en 1988 me hice precursora regular. Le pedí a Jehová que me permitiera alcanzar el objetivo que me había propuesto: ayudar a alguien de mi familia y a alguien del territorio a ser un siervo suyo. Mis oraciones fueron contestadas, pues pude enseñarles la verdad a dos de mis sobrinos y a una mujer a la que le prediqué en la calle.

Mis brazos ya están muy débiles, y dependo de que otros me empujen la silla de ruedas. También padezco dolor crónico. Pero he descubierto que enseñar a otros acerca de Jehová es un remedio para el dolor. El gozo que obtengo me alivia y me consuela, porque fue Jehová quien me levantó y le dio sentido a mi vida.