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La propaganda puede ser mortífera

La propaganda puede ser mortífera

 La propaganda puede ser mortífera

“La mentira puede haber recorrido medio mundo para cuando la verdad aún se está poniendo los zapatos.”—Frase atribuida a Mark Twain.

“¡JUDÍO miserable!”, le espetó la maestra a un alumno de siete años mientras lo abofeteaba. Luego pidió a los demás que formaran una fila para escupirle en la cara.

Tanto la docente como el colegial —su propio sobrino— sabían muy bien que ni él ni sus padres venían de familia hebrea, ni tampoco profesaban el judaísmo, pues eran testigos de Jehová. Sencillamente, la profesora se estaba aprovechando del extenso prejuicio antisemita para alentar el odio contra el estudiante. Además, el sacerdote llevaba años diciéndoles a ella y a los niños que los testigos de Jehová eran gentuza, y a los padres del pequeño se los había tildado de comunistas y agentes de la CIA (Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos). De ahí que los condiscípulos del menor hicieran cola, ansiosos de escupirle a un “judío miserable”.

Aunque el muchacho vivió para contarlo, no fue así con los seis millones de judíos que hace seis décadas residían en Alemania y otros países vecinos. La propaganda maliciosa contribuyó en gran manera al asesinato de aquellos seres humanos en las cámaras de gas y en los campos de concentración nazis. El antisemitismo generalizado, profundo, irracional y virulento logró que muchos consideraran que era necesario y justo exterminarlos. En aquel caso, la propaganda fue un arma genocida.

En efecto, la propaganda adopta manifestaciones explícitas, como emplear emblemas del odio del tipo de la esvástica, o sutiles, como contar un chiste de mal gusto. Sus persuasivas técnicas las emplean constantemente dictadores, políticos, clérigos, anunciantes, expertos en mercadotecnia, periodistas, celebridades de la radio y la televisión, publicistas y otros profesionales interesados en moldear el pensamiento y la conducta del público.

Es innegable, sin embargo, que los mensajes propagandísticos pueden emplearse con fines sociales loables, como las campañas para evitar el abuso del alcohol entre los conductores. Pero también pueden fomentar el odio a las minorías étnicas y religiosas o inducir a la adquisición de cigarrillos. “Todos los días nos vemos sometidos a un aluvión de mensajes persuasivos —señalan los estudiosos Anthony Pratkanis y Elliot Aronson—. Estos no pretenden convencernos mediante el intercambio de razones y la discusión, sino manipulando símbolos y emociones primarias del hombre. Para bien o para mal, vivimos en la era de la propaganda.”

¿Cómo se ha usado la propaganda a lo largo de los siglos para influir en las ideas y acciones del público? ¿Cómo podemos protegernos de la propaganda nociva? ¿Existe alguna fuente de información fidedigna? En los siguientes artículos se examinarán estas y otras preguntas.

[Ilustración de la página 3]

La propaganda se utilizó para someter a los judíos a las atrocidades del Holocausto