Siete siglos después de escribirse, se cumplió la profecía de Miqueas: Jesús, el Mesías, nació en Belén. Al cabo de unos treinta años, en el 29 de nuestra era, la profecía de Daniel acerca de la venida del Mesías también se cumplió. Jesús se bautizó y Dios lo ungió con espíritu santo. De modo que la “descendencia”, el tan esperado Mesías, llegó en el tiempo predicho.

De inmediato, Jesús comenzó a declarar “las buenas nuevas del reino de Dios” (Lucas 8:1). Tal como se había profetizado, fue una persona bondadosa y tierna que se interesaba sinceramente por los demás. Enseñó con amor lecciones prácticas y curó a muchas personas de “toda suerte de dolencia”, lo cual demostró que tenía la aprobación de Dios (Mateo 4:23). Quienes lo seguían, personas de todas las edades, llegaron a la misma conclusión que uno de sus discípulos: “Hemos hallado al Mesías” (Juan 1:41).

Jesús predijo que justo antes de asumir completo control de la Tierra, se verían guerras, terremotos y muchos otros problemas. De ahí su consejo: “Manténganse alerta” (Marcos 13:37).

Pese a ser un hombre perfecto que siempre obedeció a Dios, Jesús tuvo enemigos que terminaron matándolo. Su muerte fue la ofrenda perfecta que nos permitiría recuperar lo que Adán y Eva perdieron: la oportunidad de vivir para siempre en un paraíso.

La muerte de Jesús y su resurrección tres días después como espíritu poderoso también cumplieron profecías. Tras resucitar, se apareció a más de quinientos de sus discípulos. Antes de ascender al cielo, dio a sus seguidores el mandato de hablar acerca de él y su Reino a “gente de todas las naciones” (Mateo 28:19). ¿Hasta qué grado llevaron a cabo esta comisión?

(Basado en Mateo, Marcos, Lucas, Juan y 1 Corintios.)