LA RESURRECCIÓN de Jesús no fue un simple suceso del pasado sin importancia para nosotros. El apóstol Pablo lo explicó así: “Cristo ha sido levantado de entre los muertos, las primicias de los que se han dormido en la muerte. Pues, dado que la muerte es mediante un hombre, la resurrección de los muertos también es mediante un hombre. Porque así como en Adán todos están muriendo, así también en el Cristo todos serán vivificados” (1 Corintios 15:20-22).

Jesús resucitó el 16 de nisán del año 33. Ese día, los judíos iban al templo de Jerusalén a presentar ante Jehová las primicias, o primeros frutos, de la primera cosecha de grano. Al llamar a Jesús “las primicias”, Pablo dio a entender que iban a resucitar más personas.

Las siguientes palabras del apóstol explican lo que la resurrección de Jesús hace posible: “Dado que la muerte es mediante un hombre, la resurrección de los muertos también es mediante un hombre”. Debido al pecado y la imperfección que heredamos de Adán, todos morimos. Pero al dar su vida humana perfecta como rescate, Jesús hizo posible que fuéramos liberados de la esclavitud al pecado y la muerte mediante la resurrección. En Romanos 6:23, Pablo resume muy bien el asunto: “El salario que el pecado paga es muerte, pero el don que Dios da es vida eterna por Cristo Jesús nuestro Señor”.

El propio Jesús indicó la importancia que tiene para nosotros su muerte y resurrección. Hablando de sí mismo, explicó que tenía que ser levantado “para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que ejerce fe en él no sea destruido, sino que tenga vida eterna” (Juan 3:14-16).

Imagínese: ¡vida eterna sin dolor ni sufrimiento! (Revelación 21:3, 4.) ¡Qué esperanza tan maravillosa! Como dijo un estudioso: “Las tumbas nos recuerdan la brevedad de la vida, y la resurrección nos garantiza la brevedad de la muerte”. No hay duda: la resurrección de Jesús significa vida.