¿Huyeron de Judea los cristianos antes de que Jerusalén fuera destruida en el año 70?

“Cuando vean a Jerusalén cercada de ejércitos acampados, entonces sepan que la desolación de ella se ha acercado. Entonces los que estén en Judea echen a huir a las montañas, y los que estén en medio de Jerusalén retírense.” (Lucas 21:20, 21.) Estas fueron las instrucciones que Jesús dio a sus discípulos respecto a la destrucción que le sobrevendría a Jerusalén. ¿Hay pruebas de que los discípulos siguieron su advertencia?

Varias décadas después de la muerte de Jesús, un ejército romano comandado por Cestio Galo entró en Palestina para sofocar una revuelta. Esta invasión está confirmada por el historiador judío Josefo, que vivió en aquella época. Las legiones romanas rodearon Jerusalén, prácticamente seguras de conquistarla, pero de repente, Galo ordenó la retirada. Tal como registró el historiador eclesiástico Eusebio, los cristianos que vivían en Judea aprovecharon la ocasión para huir a Pela, una ciudad de la región montañosa de la Decápolis.

Tiempo después, en el año 70, otro ejército romano, al mando del general Tito, volvió y sitió la capital judía. Esta vez los soldados sí terminaron lo que Galo había dejado a medias y destruyeron la ciudad. Cientos de miles de personas quedaron atrapadas en Jerusalén y murieron.

¿Quiénes eran “los hijos de los profetas”?

Los relatos bíblicos sobre los profetas Samuel, Elías y Eliseo hacen mención de los “hijos de los profetas”. Por ejemplo, cuando Eliseo se encargó de que Jehú fuera nombrado rey de Israel, envió a “uno de los hijos de los profetas” para que lo ungiera (2 Reyes 9:1-4).

Los eruditos creen que el término se refiere a una escuela de instrucción o a un grupo de profetas que se ayudaban entre sí, y no a los hijos literales de los profetas. Según la revista Journal of Biblical Literature, los miembros de estos grupos probablemente eran hombres que “se dedicaban al servicio de Yavé [Jehová] bajo la guía de un profeta que era [...] su padre espiritual” (véase 2 Reyes 2:12). De hecho, el relato del ungimiento de Jehú alude al enviado de Eliseo como “el servidor del profeta” (2 Reyes 9:4).

Da la impresión de que “los hijos de los profetas” vivían modestamente. Por ejemplo, en tiempos de Eliseo uno de tales grupos utilizó un hacha prestada para construirse un lugar donde morar (2 Reyes 6:1-5). Además, la referencia a la viuda de uno “de los hijos de los profetas” da a entender que algunos de ellos estaban casados (2 Reyes 4:1). Los israelitas fieles sin duda apreciaban a estos siervos de Dios, y hay constancia escrita de un caso en que les suministraron alimentos (2 Reyes 4:38, 42).