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Testigos de Jehová

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LA ATALAYA MAYO DE 2008

 Consejos para las familias

Cómo solucionar problemas en el matrimonio

Cómo solucionar problemas en el matrimonio

Él: (Refiriéndose a sus hijas adolescentes.) ¿Dónde están las chicas?

Ella: En el centro comercial, comprándose ropa.

Él: (Enojado y alzando la voz.) ¿Cómo que “comprándose ropa”? ¡Si no hace ni un mes que se compraron varios vestidos!

Ella: (A la defensiva, sintiéndose herida y atacada.) Pero es que había rebajas. De todos modos, yo les di permiso.

Él: (Perdiendo los estribos y gritando.) ¡Sabes que no quiero que gasten dinero sin preguntarme! ¿Cómo les das permiso sin antes hablar conmigo?

¿QUÉ problemas cree usted que esta pareja debe resolver? Es obvio que al esposo le cuesta dominar su mal genio. Además, el matrimonio no parece estar de acuerdo sobre cuánta libertad deben dar a sus hijas. Y da la impresión de que tienen un problema de comunicación.

Claro, ningún matrimonio es perfecto, pues todos afrontan dificultades de algún tipo. Pero sean estas grandes o pequeñas, es importantísimo que los cónyuges busquen cómo resolverlas. ¿Por qué?

Porque con el tiempo, las cuestiones sin resolver pueden convertirse en barreras que impidan la comunicación. El sabio rey Salomón escribió: “Hay contiendas que son como la barra de una torre de habitación” (Proverbios 18:19). Por lo tanto, ¿cómo puede usted mejorar la comunicación al afrontar problemas?

Se podría comparar el matrimonio con nuestro cuerpo. Así como la sangre cumple un papel fundamental en mantenernos vivos, así de vital es la comunicación. Pero para que esta fluya debidamente, hacen falta dos cualidades comparables al corazón y los pulmones: el amor y el respeto (Efesios 5:33). A la hora de resolver sus diferencias, el amor motivará a la pareja a pasar por alto errores pasados —y las heridas emocionales que produjeron— y a centrarse en el problema en cuestión (1 Corintios 13:4, 5; 1 Pedro 4:8). El respeto también es fundamental, pues la persona que respeta a su cónyuge deja que este hable y se esfuerza de corazón por entender lo que quiere decir, y no solo lo que dice.

Cuatro pasos para solucionar los problemas

Examine los cuatro pasos que se enumeran a continuación y observe de qué manera pueden ayudarle los principios bíblicos a resolver los problemas con amor y respeto.

 1. Fije un momento para hablar del tema.

“Para todo hay un tiempo señalado [...]; tiempo de callar y tiempo de hablar.” (Eclesiastés 3:1, 7.) Como vimos en la disputa reproducida arriba, algunos desacuerdos suscitan sentimientos muy intensos. Si eso ocurre, domínese y no discuta. Antes de que las emociones se desborden, deténgase y propóngale a su pareja hablar del asunto después. Evitará causarle mucho daño a su relación si toma en serio el siguiente consejo bíblico: “Comenzar una discusión es abrir una represa, antes que la pelea estalle, retírate” (Proverbios 17:14, Biblia de América).

No obstante, también hay un “tiempo de hablar”. Como la mala hierba, los problemas crecen si no se les presta atención. Por consiguiente, no pase por alto la cuestión esperando a que desaparezca por sí sola. Si usted interrumpe una discusión, muéstrele respeto a su cónyuge fijando un momento no muy lejano para volver a hablar del asunto. Dar este paso les ayudará a ambos a actuar en armonía con el espíritu de esta exhortación bíblica: “Que no se ponga el sol estando ustedes en estado provocado” (Efesios 4:26). Por supuesto, entonces usted debe cumplir con su palabra.

¿POR QUÉ NO INTENTA ESTO? Acuerde con su cónyuge un tiempo fijo todas las semanas para hablar de los problemas de la familia. Si les parece que les cuesta más controlarse en ciertos momentos del día —como al llegar a casa del trabajo o antes de comer—, no hablen de problemas en esas ocasiones y escojan una hora en la que crean que ambos estarán menos tensos.

2. Exprese su opinión con franqueza y respeto.

“Hable verdad cada uno de ustedes con su prójimo”, aconseja Efesios 4:25. Y el prójimo más cercano de una persona casada es su cónyuge. Por lo tanto, sea franco y específico al expresarle sus sentimientos. Margareta, * que lleva veintiséis años casada, dice lo siguiente: “De recién casada esperaba que, cuando surgía un problema, mi esposo supiera sin más cómo me sentía. Aprendí que eso no es realista, y ahora trato de expresarle claramente mis ideas y sentimientos”.

Recuerde que su objetivo al hablar de un problema no es ganar una batalla ni vencer a un enemigo, sino que su cónyuge sepa lo que usted piensa. Para lograrlo, indique cuál cree que es el problema, luego indique cuándo surge y, por último, exprese cómo le hace sentir. Por ejemplo, si le molesta que su cónyuge lo deje todo en cualquier sitio, podría decirle con respeto: “Cuando dejas la ropa en el suelo al llegar del trabajo [aclarando así cuál es el problema y cuándo surge], siento que no valoras todo lo que hago por mantener la casa ordenada [explicando así cómo se siente al respecto]”. Luego sugiérale con tacto una solución al problema.

¿POR QUÉ NO INTENTA ESTO? A fin de tener las ideas claras antes de hablar con su cónyuge, escriba cuál cree que es el problema y cómo le gustaría que se resolviera.

3. Escuche a su cónyuge y procure comprender sus sentimientos.

El discípulo Santiago escribió que el cristiano debe ser “presto en cuanto a oír, lento en cuanto a hablar, lento en cuanto a ira” (Santiago 1:19). Pocas cosas causan más desdicha en un matrimonio que el sentimiento de que el otro no entiende cómo uno se siente ante un problema en particular. Por eso, ¡determínese a no darle esa impresión a su cónyuge! (Mateo 7:12.)

Wolfgang, que lleva casado treinta y cinco años, comenta: “Hablar de problemas me pone tenso, sobre todo cuando me parece que mi esposa no entiende lo que pienso”. Dianna, que ya ha cumplido veinte años de casada, reconoce: “A menudo le reprocho a mi marido que realmente no me escucha cuando hablamos de nuestros problemas”. ¿Cómo puede usted derribar esta barrera?

 No suponga que ya sabe lo que su pareja piensa o siente. “Por la presunción solo se ocasiona una lucha, pero con los que consultan juntos hay sabiduría”, señala la Palabra de Dios (Proverbios 13:10). Respete la dignidad de su cónyuge dándole la oportunidad de que exprese su opinión sin interrupciones. Luego, para asegurarse de que le ha comprendido bien, dígale con sus propias palabras lo que usted entendió. Claro está, no le hable con sarcasmo ni agresividad. Permita que le corrija si hubo algo que no captó bien. En vez de dominar la conversación, túrnese con su pareja en el uso de la palabra hasta que ambos entiendan lo que piensa y siente el otro sobre el asunto.

Es cierto que se necesita humildad y paciencia para escuchar atentamente a su cónyuge y procurar entender su opinión. Pero si usted lo honra de esa forma, será más probable que él o ella haga lo mismo con usted (Mateo 7:2; Romanos 12:10).

¿POR QUÉ NO INTENTA ESTO? Cuando trate de hacerle ver a su cónyuge que usted entiende lo que él o ella piensa, no repita sus comentarios como un loro. Póngase en su lugar y procure expresar lo que, a su juicio, piensa y siente su pareja (1 Pedro 3:8).

4. Acuerden una solución.

“Mejores son dos que uno, porque tienen buen galardón por su duro trabajo. Pues si uno de ellos cae, el otro puede levantar a su socio.” (Eclesiastés 4:9, 10.) Es muy difícil que los problemas maritales se arreglen sin la colaboración y el apoyo mutuo de los cónyuges.

Es verdad que Jehová ha nombrado al esposo cabeza de familia (1 Corintios 11:3; Efesios 5:23). Pero eso no le da derecho a ser un dictador. El esposo prudente no toma decisiones arbitrarias. David, que lleva veinte años casado, dice: “Busco algo en lo que estemos de acuerdo y trato de tomar una decisión que ambos podamos apoyar”. Tras siete años de matrimonio, Tanya comenta: “No se trata de quién tiene razón o no. A veces solo tenemos distintas opiniones sobre cómo resolver un problema. He comprobado que la clave es ser razonable y flexible”.

¿POR QUÉ NO INTENTA ESTO? Fomente un espíritu de equipo escribiendo junto con su cónyuge todas las soluciones que se les ocurran. Cuando se les acaben las ideas, repasen la lista y pongan en práctica la opción que a los dos les parezca bien. Luego, fijen un momento no muy lejano para ver si en realidad se hizo lo acordado y si surtió efecto.

La unión hace la fuerza

Jesús comparó el matrimonio a un yugo (Mateo 19:6). Un yugo es una barra de madera a la que se sujetan dos animales para que trabajen juntos. Si estos no cooperan, no podrán hacer mucho, y el yugo les irritará el cuello. Pero si trabajan juntos, podrán realizar tareas agotadoras, como arrastrar pesadas cargas o arar un campo.

De manera parecida, el yugo marital puede irritar a los cónyuges que no trabajan en equipo. Pero si aprenden a colaborar el uno con el otro, pueden solucionar casi cualquier problema y lograr mucho. Un hombre felizmente casado de nombre Kalala resume así la cuestión: “En estos veinticinco años, mi esposa y yo hemos resuelto nuestros problemas hablando con franqueza, poniéndonos en el lugar del otro, pidiéndole a Jehová su ayuda y aplicando los principios bíblicos”. ¿Por qué no trata usted de hacer lo mismo?

PREGUNTAS PARA PENSAR

  • ¿De qué problema me gustaría hablar con mi cónyuge?

  • ¿Cómo puedo asegurarme de que entiendo los sentimientos de mi pareja sobre este asunto?

  • Si siempre insisto en que las cosas se hagan a mi manera, ¿qué problemas podría provocar?

^ párr. 17 Se han cambiado algunos nombres.

 

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