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Testigos de Jehová

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LA ATALAYA (EDICIÓN DE ESTUDIO) AGOSTO DE 2013

Padres, enseñen a sus hijos desde pequeños

Padres, enseñen a sus hijos desde pequeños

“LOS hijos son una herencia de parte de Jehová; el fruto del vientre es un galardón”, dice la Biblia (Sal. 127:3). ¡Con razón los padres cristianos se alegran tanto con la llegada de un bebé!

Ahora bien, junto con la alegría, viene la responsabilidad. Para crecer fuerte y sano, su hijo necesitará alimentarse bien y de forma regular. Así mismo, para desarrollar una fe firme, necesitará alimento espiritual y la guía de sus padres. Es esencial que estos se esfuercen por inculcarle los principios bíblicos (Prov. 1:8). ¿Cuándo deben empezar a enseñarle, y cómo pueden hacerlo?

 LOS PADRES NECESITAN PREPARARSE

Analicemos lo que le ocurrió a Manóah, quien pertenecía a la tribu de Dan y vivía en Zorá, ciudad del antiguo Israel. Cierto día, el ángel de Jehová le anunció a su esposa, quien era estéril, que concebiría un hijo (Juec. 13:2, 3). Seguramente, aquella noticia alegró mucho a los futuros papás, pero también los dejó muy preocupados. Por eso, el fiel Manóah le rogó a Dios: “Dispénsame, Jehová. El hombre del Dios verdadero que acabas de enviar, déjalo venir otra vez a nosotros, por favor, y que nos instruya en cuanto a lo que debemos hacer al niño que nacerá” (Juec. 13:8). Tanto él como su esposa se tomaron muy en serio la crianza del niño. Sin duda, hicieron cuanto pudieron por enseñarle a su hijo, Sansón, la Ley de Jehová. Y sus esfuerzos fueron bendecidos, pues el relato indica: “Con el tiempo, el espíritu de Jehová comenzó a impelerlo”. Gracias al poder de Dios, Sansón, quien llegó a ser uno de los jueces de Israel, hizo muchas cosas extraordinarias (Juec. 13:25; 14:5, 6; 15:14, 15).

Manóah pidió la guía de Jehová para educar a su futuro hijo

¿Cuándo deben los padres empezar a enseñar a sus hijos? La Biblia dice de Timoteo que “desde la infancia”, desde que era un bebé, su madre, Eunice, y su abuela Loida le enseñaron “los santos escritos” (2 Tim. 1:5; 3:15). Así es, la educación espiritual de Timoteo comenzó en su primera infancia.

Es conveniente que los padres cristianos pidan la guía de Jehová y hagan planes de antemano a fin de empezar a educar a sus hijos desde pequeños. “Los planes del diligente propenden de seguro a ventaja”, afirma Proverbios 21:5. Indudablemente, ya antes de que nazca su bebé los padres se preparan a conciencia. Puede que incluso hagan una lista de los artículos que necesitará. Pero también es importante que piensen en las actividades espirituales que realizarán con él. Su objetivo debe ser empezar a enseñarle de Jehová cuanto antes.

Un informe de la Unesco comenta que “la cantidad de conexiones entre las células nerviosas del cerebro de un niño se multiplica por más de 20 veces en los primeros meses de vida”, lo que permite una “maduración efectiva del cerebro” y desarrolla su capacidad de aprender (El desarrollo del niño en la primera infancia: echar los cimientos del aprendizaje). ¡Qué importante es que los padres aprovechen ese corto período para empezar a inculcar en sus hijos principios y valores espirituales!

Una precursora regular dijo sobre su hija: “La llevo conmigo a predicar desde que tenía un mes de nacida. Claro, ella no se daba mucha cuenta de lo que ocurría, pero aquello tuvo un efecto muy positivo. Con dos años ya le ofrecía tratados a la gente ella solita”.

Educar a los hijos desde pequeños produce buenos resultados. Pero muchos padres admiten que darles una buena educación espiritual no siempre es fácil.

DEDÍQUENLES TIEMPO

Los niños tienden a ser inquietos y a distraerse con facilidad. Esto supone un gran reto para los padres. La atención del pequeño quizá salte rápidamente de una cosa a otra. Y no es de extrañar, pues su curiosidad lo impulsa a descubrir el mundo que lo rodea. ¿Qué pueden hacer ustedes para ayudarle a concentrarse en lo que le están enseñando?

Fíjense en lo que dijo Moisés. En Deuteronomio 6:6, 7 leemos: “Estas palabras que te estoy mandando hoy tienen que resultar estar sobre tu corazón; y tienes que inculcarlas en tu hijo y hablar de ellas cuando te sientes en tu casa y cuando andes por el camino y cuando te acuestes y cuando te levantes”. El verbo inculcar transmite la idea de enseñar algo repitiéndolo vez tras vez. Un niño es como un arbolito que necesita que lo rieguen con regularidad. Y si la repetición ayuda a los adultos a recordar cosas importantes, ¡cuánto más funcionará con los niños!

Para enseñarles a sus hijos las verdades bíblicas, tienen que pasar tiempo con ellos. En el mundo tan ajetreado en que vivimos, esto plantea un verdadero desafío. Pero el apóstol Pablo nos aconseja que “[compremos] todo el tiempo oportuno” para atender nuestras responsabilidades cristianas (Efes. 5:15, 16). ¿Cómo podemos lograrlo? A un anciano de congregación se le hacía muy difícil compaginar la crianza de su hija con sus obligaciones teocráticas y su jornada laboral. Su esposa,  que es precursora regular, también tenía una agenda muy apretada. ¿De dónde sacaron el tiempo para instruir a su hija? Él explica: “Todos los días antes de irme a trabajar, mi esposa y yo le leemos algo de Mi libro de historias bíblicas o del folleto Examinando las Escrituras diariamente. Luego, por la noche, a la hora de acostarla, le leemos otro poco. Y cuando vamos a predicar, la llevamos con nosotros. No queremos desaprovechar estos primeros años de su vida”.

LOS HIJOS SON “COMO FLECHAS”

Sin duda, todos queremos que nuestros hijos se conviertan en adultos responsables. Ahora bien, la principal razón para educarlos es que lleguen a amar a Dios de corazón (Mar. 12:28-30).

“Como flechas en la mano de un hombre poderoso, así son los hijos de la juventud”, dice Salmo 127:4. En efecto, los hijos son como flechas en las manos de un arquero. Este tiene que apuntar bien para acertar, pues una vez lanzada, la flecha ya no vuelve atrás. Los padres tienen a sus hijos con ellos por un período de tiempo relativamente corto. Por eso, deben aprovecharlo bien para inculcar en su mente y corazón los principios bíblicos.

Refiriéndose a sus hijos espirituales, el apóstol Juan escribió: “No tengo mayor causa de sentir agradecimiento que estas cosas: que oiga yo que mis hijos siguen andando en la verdad” (3 Juan 4). Los padres cristianos sienten la misma satisfacción cuando ven que sus hijos “siguen andando en la verdad”.