Los aficionados a la historia tal vez recuerden a Robert Boyle como el científico que formuló la ley de Boyle, una ley natural que explica la conexión entre la presión y el volumen de los gases. Su importante descubrimiento colocó la base para incontables avances científicos. Pero Robert Boyle fue más que un excelente hombre de ciencia. También se le considera un hombre de gran fe en Dios y en su Palabra inspirada, la Biblia.

BOYLE era de una familia adinerada. Nació en el castillo de Lismore (Irlanda) en 1627, unas décadas antes del comienzo de la llamada era de la razón. Ese fue el período en que muchos pensadores trataron de liberar a la humanidad de los fanatismos que la habían esclavizado por siglos. Boyle tenía ese mismo objetivo. De hecho, en una autobiografía de los primeros años de su vida se denomina a sí mismo Philaretus, que significa “amante de la virtud”.

Boyle quería conocer la verdad y tenía un intenso deseo de enseñar a otros lo que había aprendido. Sus numerosos escritos tuvieron un profundo efecto en muchos de sus contemporáneos, entre ellos el famoso científico sir Isaac Newton. En 1660, Boyle llegó a ser uno de los fundadores de la Royal Society, institución científica que hoy todavía existe en Londres (Inglaterra).

UN HOMBRE DE CIENCIA

Boyle es considerado el padre de la química. Adoptó un enfoque totalmente distinto al de los alquimistas de sus días, quienes mantenían en secreto sus hallazgos o los ponían por escrito con términos tan complicados que pocas personas ajenas a su cerrado círculo podían entenderlos. Boyle, en cambio, publicó abiertamente todos los detalles de su trabajo. Además, en lugar de limitarse a aceptar las hipótesis tradicionales, prefería  realizar experimentos controlados para establecer los hechos.

Los experimentos de Boyle respaldaban el concepto de que la materia estaba compuesta de lo que él denominaba corpúsculos —algún tipo de partículas— que se combinaban de diversas maneras para formar distintas sustancias.

Su famoso libro El químico escéptico resume bien el enfoque que él le daba a la investigación científica. Boyle recomendaba que los científicos no fueran arrogantes ni dogmáticos y que estuvieran dispuestos a admitir los errores. Insistía en que no debían aferrarse a sus ideas, sino aprender a distinguir entre las cosas que sabían que eran ciertas y las que pensaban que lo eran.

Boyle insistía en que los científicos debían aprender a distinguir entre las cosas que sabían que eran ciertas y las que pensaban que lo eran

UN HOMBRE DE FE

Boyle adoptó el mismo enfoque con las cuestiones espirituales. Lo que descubrió del universo y de la maravillosa constitución de los seres vivos lo convenció de que tenía que haber un Diseñador y Creador. Rechazó el espíritu de ateísmo que predominaba entre los intelectuales de su época y llegó a la conclusión de que nadie que razonara honestamente podía ser ateo.

Pero no creía que el razonamiento por sí solo bastara para llegar a la verdad religiosa; vio la necesidad de contar también con algún tipo de revelación divina. Esa revelación, dijo él, era la Palabra de Dios, la Biblia.

A Boyle le preocupaba ver que tanta gente desconociera las enseñanzas de la Biblia y no tuviera un fundamento sólido en el que basar sus creencias religiosas. ¿Cómo puede ser —argumentaba— que las creencias de una persona dependan tan solo de lo que sus padres le enseñaron o del lugar donde nació? En su interior creció un intenso deseo de ayudar a la gente a conocer mejor la Biblia.

Con ese fin patrocinó la publicación de la Biblia en varios idiomas, entre ellos árabe, irlandés, malayo, turco y algunas lenguas amerindias. Robert Boyle demostró ser un hombre talentoso y a la vez humilde, con un deseo insaciable de encontrar la verdad en todos los campos y de ayudar a otros a hacer lo mismo.