Jezabel tuvo una hija que se llamaba Atalía y que era igual de malvada que ella. Atalía se casó con el rey de Judá. Cuando él murió, su hijo empezó a reinar. Y cuando su hijo murió, Atalía se quedó con el reino de Judá. Para que nadie le quitara el trono, trató de matar a los hijos del rey y a todos los que pudieran reinar en vez de ella. ¡Hasta mató a sus propios nietos! Por eso, todos le tenían miedo.

El sumo sacerdote, Jehoiadá, y su esposa, Jehoseba, sabían que lo que Atalía estaba haciendo era muy malo. Así que arriesgaron su vida para esconder a uno de los nietos de Atalía, un bebé llamado Jehoás. Lo criaron en el templo.

Cuando Jehoás tenía siete años, Jehoiadá reunió a todos los jefes de los guardias y los levitas. Les dijo: “Vigilen las puertas del templo. No dejen que nadie entre”. Luego, Jehoiadá le puso la corona a Jehoás para que fuera el rey de Judá. Entonces la gente de Judá gritó: “¡Viva el rey!”.

La reina Atalía oyó el ruido de la gente y fue corriendo al templo. Cuando vio al nuevo rey, gritó: “¡Conspiración! ¡Conspiración!”. Los jefes de los guardias agarraron a la malvada reina, se la llevaron y la mataron. Ella había sido un mal ejemplo para la nación. ¿Qué pasaría ahora?

Jehoiadá ayudó a la nación a hacer un pacto con Jehová. Con ese pacto, ellos le prometieron a Dios que lo adorarían solo a él. Jehoiadá hizo que derribaran el templo de Baal y destruyeran los ídolos. Puso  sacerdotes y levitas a trabajar en el templo de Jehová para que la gente pudiera adorarlo allí otra vez. También puso guardias a vigilar el templo para que no entrara nadie impuro. Luego, Jehoiadá y los jefes de los guardias llevaron a Jehoás al palacio y lo sentaron en el trono. La gente de Judá se alegró mucho. Por fin podían servir a Jehová, libres de la malvada Atalía y de la adoración a Baal. ¿Crees que Jehoiadá fue valiente? ¿Te das cuenta de que por eso ayudó a mucha gente?

“No teman a los que matan el cuerpo pero no pueden matar el alma. Más bien, teman al que puede destruir tanto el alma como el cuerpo en la Gehena” (Mateo 10:28).