MATEO 9:27-34; 13:54-58 MARCOS 6:1-6

  • JESÚS CURA A DOS CIEGOS Y A UN MUDO

  • LA GENTE DE NAZARET NO CREE EN JESÚS

Jesús ha tenido un día muy ocupado. Después de regresar de la región de la Decápolis, curó a una mujer con hemorragias y resucitó a la hija de Jairo. Sin embargo, el día aún no ha terminado. Al salir de la casa de Jairo, lo siguen dos hombres ciegos que van gritando: “¡Ten compasión de nosotros, Hijo de David!” (Mateo 9:27).

Al llamar a Jesús “Hijo de David”, estos hombres demuestran que creen que Jesús es el heredero del trono de David y, por lo tanto, el Mesías. Jesús no hace mucho caso de sus gritos, tal vez porque quiere ver hasta qué grado insisten en llamar su atención. Pero ellos no se dan por vencidos. Cuando Jesús entra en una casa, lo siguen. Entonces Jesús les pregunta: “¿Tienen fe en que yo puedo curarlos?”. “Sí, Señor”, responden con total confianza. De modo que Jesús les toca los ojos y les dice: “Que lo que pidieron se cumpla de acuerdo con la fe que tienen” (Mateo 9:28, 29).

¡En ese mismo instante recuperan la vista! Como en otros casos, Jesús les pide a los hombres que no le cuenten a nadie lo que acaba de hacer. Pero están tan contentos que se van y empiezan a hablar de Jesús por toda la región.

Justo cuando estos dos hombres se van, traen a la casa donde está Jesús a un hombre que no puede hablar porque está poseído por un demonio. Jesús expulsa al espíritu maligno y el mudo enseguida empieza a hablar. Al ver eso, la gente se queda muy asombrada y dice: “Nunca se ha visto algo así en Israel”. También están presentes unos fariseos. Como no pueden negar que Jesús haya hecho estos milagros, vuelven a acusarlo diciendo: “Por medio del gobernante de los demonios expulsa a los demonios” (Mateo 9:33, 34).

Poco después de este suceso, Jesús se dirige con sus discípulos a Nazaret, la ciudad donde se crió. Ya hace como un año que predicó en la sinagoga de ese lugar. En aquella ocasión, cuando empezó a enseñarles a los presentes, todos se quedaron impresionados, pero luego se ofendieron y trataron de matarlo. Ahora Jesús intenta de nuevo ayudar a sus antiguos vecinos.

Al llegar el sábado, va otra vez a la sinagoga para enseñar. Muchos de los que lo escuchan se quedan impactados y se preguntan: “¿Dónde consiguió este hombre esta sabiduría y el poder para hacer estos milagros? ¿No es el hijo del carpintero? ¿No es su madre la que se llama María, y no son sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? Y sus hermanas, ¿no viven todas aquí con nosotros? Entonces, ¿dónde consiguió él todas estas cosas?” (Mateo 13:54-56).

La gente ve a Jesús como si fuera uno más del lugar. Piensan: “Pero, si lo hemos visto crecer, ¿cómo va a ser el Mesías?”. Así que lo rechazan, a pesar de su gran sabiduría y sus milagros. Ni siquiera sus familiares, como lo conocen de siempre, creen en él. Por eso, Jesús reconoce: “Al profeta se le honra en todos lados menos en su propia tierra y en su propia casa” (Mateo 13:57).

Jesús está sorprendido por la falta de fe de los habitantes de Nazaret. De modo que no realiza allí “ningún milagro excepto curar a unos cuantos enfermos poniendo sus manos sobre ellos” (Marcos 6:5, 6).