JUAN 1:29-51

  • LO SIGUEN SUS PRIMEROS DISCÍPULOS

Jesús ha pasado cuarenta días en el desierto y ahora tiene la intención de volver a Galilea. Pero, antes de regresar, va de nuevo a ver a Juan, quien lo había bautizado. Cuando Juan lo ve acercarse, lo señala y exclama ante todos: “¡Miren, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo! Este es aquel del que dije: ‘Detrás de mí viene un hombre que se me ha adelantado, porque existía antes que yo’” (Juan 1:29, 30). Aunque es un poco mayor que Jesús, Juan sabe que, antes de que él mismo naciera, Jesús ya había vivido en el cielo.

Unas semanas antes, cuando Jesús acudió a él para que lo bautizara, Juan no parecía estar seguro de que Jesús fuera el Mesías, pues reconoce: “Ni siquiera yo lo conocía, pero la razón por la que he estado bautizando en agua es esta: para que él sea revelado a Israel” (Juan 1:31).

A continuación, Juan les cuenta a sus oyentes lo que sucedió cuando lo bautizó: “Vi el espíritu bajar del cielo como una paloma y quedarse sobre él. Ni siquiera yo lo conocía, pero el que me envió a bautizar en agua me dijo: ‘Sabrás quién es el que bautiza en espíritu santo cuando veas que el espíritu baja y se queda sobre él’. Y yo eso lo vi, y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios” (Juan 1:32-34).

Al día siguiente, Juan el Bautista está con dos de sus discípulos cuando Jesús se les acerca de nuevo. Al verlo, Juan exclama otra vez: “¡Miren, el Cordero de Dios!” (Juan 1:36). Entonces, esos dos discípulos de Juan empiezan a seguir a Jesús. Uno de ellos se llama Andrés, y lo más seguro es que el otro sea el escritor de estos sucesos, que también se llama Juan. Parece ser que este Juan es primo de Jesús, ya que es hijo de Zebedeo y Salomé, quien probablemente es hermana de María.

Jesús mira atrás y, al ver que Andrés y Juan lo están siguiendo, les dice: “¿Qué buscan?”.

—Rabí, ¿dónde te estás hospedando? —le preguntan.

—Vengan y verán —les responde (Juan 1:37-39).

Son cerca de las cuatro de la tarde, y Andrés y Juan se quedan con Jesús el resto del día. Andrés está tan emocionado que, cuando ve a su hermano Simón, también llamado Pedro, le cuenta que han encontrado al Mesías y lo lleva adonde él está (Juan 1:41). Aunque Juan no lo menciona en su relato, los sucesos posteriores nos hacen pensar que él también habla con su hermano Santiago y lo lleva a Jesús.

Al día siguiente, Jesús se encuentra a Felipe, quien es de Betsaida. De hecho, Andrés y Pedro también son de esta ciudad situada en la  costa norte del mar de Galilea. Al ver a Felipe, Jesús le dice: “Sé mi seguidor” (Juan 1:43).

Después, Felipe se encuentra con Natanael, también llamado Bartolomé, y le dice: “Hemos encontrado a aquel de quien escribió Moisés en la Ley y de quien se escribió en los Profetas: a Jesús hijo de José, de Nazaret”. Pero Natanael no acaba de creérselo y le pregunta: “¿Acaso puede salir algo bueno de Nazaret?”.

“Ven y verás”, le dice Felipe. Cuando Jesús ve llegar a Natanael, dice: “Miren, sin duda un israelita en quien no hay engaño”.

—¿Cómo es que me conoces? —le pregunta Natanael.

—Te vi cuando estabas debajo de la higuera, antes de que Felipe te llamara —le responde Jesús.

—Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel —contesta Natanael, lleno de asombro.

Pero Jesús le pregunta: “¿Crees en mí porque te dije que te vi debajo de la higuera? Verás cosas más grandes que estas”. Y les promete a los presentes: “De verdad les aseguro que ustedes verán el cielo abierto y a los ángeles de Dios subiendo y bajando hacia el Hijo del Hombre” (Juan 1:45-51).

Poco después de esto, Jesús y sus nuevos discípulos dejan el valle del Jordán y se dirigen a Galilea.