En 1953, se destinó a Peter Vanderhaegen a visitar el único circuito de Indonesia, que cubría todo el país. Abarcaba unos 5.100 kilómetros (3.200 millas) de este a oeste y sobre 1.800 kilómetros (1.100 millas) de norte a sur. Vivió muchas experiencias y situaciones extremas mientras cumplía con su labor en esta zona tan extensa.

Peter Vanderhaegen

Al año siguiente, el hermano Vanderhaegen fue a la región oriental de Indonesia, donde se practican varias religiones y se encuentran islas como Bali, con una gran población hindú; Lombok y Sumbawa, donde predominan los musulmanes; Flores, en la que la mayoría son católicos, y Sumba, Alor y Timor, que son principalmente protestantes. Viajaba en un barco destartalado, e iba  parando para predicar en algunas de las islas de camino a Kupang, la capital de la parte occidental de Timor. “Prediqué en Timor durante dos semanas —contó el hermano Vanderhaegen—. A pesar de la intensa lluvia, repartí todas las publicaciones que llevaba, obtuve 34 suscripciones a las revistas y empecé varios cursos de la Biblia”. Se envió a precursores especiales que cultivaron el interés y establecieron una congregación en Kupang. Desde allí, el mensaje se llevó a las islas vecinas de Roti, Alor, Sumba y Flores.

Cuando los pastores protestantes se dieron cuenta de que sus feligreses escuchaban a los testigos de Jehová, se pusieron furiosos de la envidia. Un pastor importante le ordenó a Thomas Tubulau, un señor mayor que tenía el oficio de hojalatero y era manco, que dejara de estudiar la Biblia con los Testigos. Le dijo que si no dejaba de hablar sobre lo que había aprendido, correría la sangre. Thomas le contestó con firmeza: “Un cristiano no diría algo así. No me volverá a ver por su iglesia jamás”. El hermano fue un predicador del Reino incansable y su hija llegó a ser precursora especial.

No obstante, los líderes religiosos de Timor estaban empeñados en borrar del mapa a los testigos de Jehová. En 1961, lograron que el Departamento de Asuntos Religiosos y las autoridades militares del lugar prohibieran la predicación de casa en casa. Los hermanos se adaptaron: hablaban a la gente en los mercados y en los pozos; a los pescadores que traían su mercancía a la playa, y a las familias que arreglaban las tumbas de sus seres queridos en los cementerios. Un mes más tarde, las autoridades cambiaron de opinión y anunciaron por radio que había completa libertad religiosa en Timor. Pero el Departamento de Asuntos Religiosos insistió en que la predicación  de casa en casa estaba prohibida todavía, así que los hermanos pidieron que esa declaración se pusiera por escrito. Los funcionarios se negaron y, después de este incidente, los publicadores volvieron a predicar sin impedimentos.

Cuando los misioneros Piet y Nell de Jager y Hans y Susie van Vuure llegaron a Papúa en 1962, también se toparon con la hostilidad del clero de la cristiandad. Tres ministros destacados se enfrentaron a los misioneros y les exigieron que predicaran en otro lugar. Desde el púlpito, por página impresa y radio, el clero acusó falsamente a los Testigos de provocar disturbios contra el gobierno. Además, trataron de persuadir, amenazar o sobornar a cualquier miembro de su iglesia que empezara a estudiar con los misioneros. Querían que los jefes de las comunidades locales se pusieran en contra de la predicación.

Pero les salió el tiro por la culata cuando uno de estos jefes pidió a los misioneros que hablaran en su aldea. “Después de que el jefe juntara a todos los habitantes, Piet y yo dimos charlas en las que explicamos nuestra labor —recordaba Hans—. Nuestras esposas hicieron demostraciones de cómo predicamos: tocamos a las puertas, aceptamos la invitación a pasar y damos el mensaje de la Biblia. Al jefe y a su gente les gustaron las presentaciones y nos permitieron predicar sin problemas”.

Esta y otras situaciones tenían algo en común: los líderes que afirmaban ser cristianos siempre se oponían a lo que hacíamos, pero los musulmanes casi nunca. Sigue siendo así hasta ahora.

Se da testimonio a funcionarios del gobierno

Jesús dijo a sus discípulos: “Los llevarán ante gobernadores y reyes por mi causa, para un testimonio a ellos y a  las naciones” (Mat. 10:18). Esto se ha cumplido en Indonesia, una y otra vez.

Un notable teólogo holandés en Yakarta publicó un libro en 1960, que acusaba a los testigos de Jehová de ser falsos cristianos. Muchos del clero se pusieron en contra de ellos después de leerlo. Por ejemplo, los líderes religiosos de un pueblo escribieron al Departamento de Asuntos Religiosos diciendo que los hermanos eran culpables de “confundir a sus feligreses”. Cuando se les invitó a defenderse de los cargos, ellos presentaron los hechos y dieron un buen testimonio. Uno de los funcionarios le dijo a otro: “Deje a los testigos de Jehová en paz. Están ayudando a despertar a los protestantes”.

Descargando un envío de libros Paraíso (1963).

 En 1964, un grupo de pastores protestantes en Papúa acudió al Comité Parlamentario sobre Asuntos Religiosos y Sociales para que prohibiera la labor de los testigos de Jehová. La sucursal pidió defenderse de estas acusaciones. “Nos dirigimos al comité durante casi una hora y explicamos con claridad nuestra labor educativa basada en la Biblia —relató Tagor Hutasoit—. Uno de los políticos hostiles, que era protestante, nos acusó de provocar malestar religioso en Papúa. Pero la mayoría de los musulmanes del comité nos trataban de manera favorable. Nos dijeron: ‘La Constitución garantiza la libertad de religión, así que tienen el derecho de predicar’”. Después de esta reunión, un alto cargo de Papúa declaró: “El nuevo gobierno [...] mantiene la libertad de religión, y eso es válido también para las nuevas confesiones”.