• AÑO DE NACIMIENTO: 1935

  • AÑO DE BAUTISMO: 1956

  • OTROS DATOS: De joven era una católica muy devota que luego aprendió la verdad de la Biblia y soportó con valentía la oposición de su familia, la Iglesia y el Estado.

YO ERA muy religiosa y participaba en muchas actividades de la Iglesia Católica: cantaba en el coro e iba con los sacerdotes a los retiros espirituales, donde oficiaban misa. Pero en 1955, mi hermana me habló sobre el futuro Paraíso. Me dio una biblia, el folleto “Estas buenas nuevas del reino” y el libro “Sea Dios veraz”. Me encantaron, así que le pregunté al sacerdote si estaba bien que leyera la Biblia. Él me dijo que me volvería loca, pero de todos modos me decidí a leerla.

Después que me mudé a vivir con mis abuelos en Boca Chica, un sacerdote me preguntó por qué no iba a la iglesia. Le expliqué que me había dado cuenta de que muchas doctrinas que se enseñan en la iglesia no están basadas en la Biblia, pero el sacerdote me gritó enfurecido: “Óigame bien,  señorita, usted es una oveja que se ha descarriado de mi rebaño”.

—No —le contesté—, usted es el que se ha descarriado del rebaño de Jehová, porque las ovejas pertenecen a Jehová y no a ningún hombre.

Nunca más volví a la iglesia. Me fui a vivir con mi hermana y me bauticé apenas seis meses después de haber oído la verdad por primera vez. De inmediato comencé el precursorado regular. Un año más tarde, me casé con Enrique Glass, que era superintendente de circuito. En cierta ocasión en la que estábamos predicando en un parque de La Romana, la policía arrestó a Enrique. Cuando vi que se lo llevaban, fui tras ellos, diciéndoles: “Yo también soy testigo de Jehová y también estaba predicando. ¿Por qué no me llevan a mí también?”. Pero no me hicieron caso.

Enrique ya había cumplido condenas por un total de siete años y medio. Esta vez lo sentenciaron a veinte meses de cárcel. Yo lo iba a ver todos los domingos. En una de mis visitas, un capitán de la prisión me preguntó: “¿Por qué está usted aquí?”.

—Mi esposo está preso por ser testigo de Jehová —le expliqué.

—Usted es joven y tiene la vida por delante. ¿Por qué pierde su tiempo con esos testigos de Jehová?

—Yo también soy testigo de Jehová. Aunque me mataran y resucitaran siete veces, nunca dejaría de ser testigo de Jehová.

No quiso seguir escuchándome y me ordenó que me marchara.

Después que se levantaron las prohibiciones, pude acompañar a Enrique en la labor de superintendente viajante varios años. Enrique se durmió en la muerte el 8 de marzo de 2008. Yo sigo siendo precursora regular.