• AÑO DE NACIMIENTO 1966

  • AÑO DE BAUTISMO 1990

  • OTROS DATOS Hizo de mensajero durante la guerra civil.

EN 1997, mientras las fuerzas rebeldes y las del gobierno luchaban encarnizadamente en Freetown, me ofrecí a llevar correspondencia de Freetown a la sucursal provisional de Conakry (Guinea).

Tomé un autobús en la terminal junto con otros hombres. Oímos disparos a lo lejos, y nos dio muchísimo miedo. Íbamos por una calle de la ciudad cuando una lluvia de balas nos tomó por sorpresa. El conductor echó marcha atrás y siguió por otra ruta. Al poco rato, nos detuvo un grupo de rebeldes armados, quienes nos ordenaron bajar del vehículo. Después de interrogarnos, nos dejaron pasar. Más adelante nos detuvo otro grupo de soldados. Dio la casualidad de que uno de los pasajeros conocía al comandante, así que también nos dejaron ir. Al salir de la ciudad nos encontramos con un tercer grupo que, al igual que el  primero, nos interrogó y nos ordenó seguir adelante. Nos dirigimos hacia el norte, pasando por muchos otros controles, hasta que nuestro polvoriento vehículo entró en Conakry al anochecer.

En otros viajes que hice llevé cajas de publicaciones, material de oficina, documentos de la sucursal y suministros de socorro. Casi siempre iba en automóvil o minibús, aunque en ocasiones también me valí de porteadores y canoas para transportar publicaciones a través de selvas y ríos.

Cierto día llevaba unos equipos de Freetown a Conakry. En la frontera, los rebeldes detuvieron el minibús en que viajaba. Uno de ellos vio mi equipaje y, mirándome con sospecha, comenzó a interrogarme. En ese preciso instante vi entre los soldados a un antiguo compañero de escuela y oí que lo llamaban el Matón. No había otro con aspecto más feroz. Le dije al que me estaba interrogando que venía a ver al Matón, y lo llamé. Él me reconoció enseguida y vino corriendo. Nos abrazamos contentos de vernos. Entonces se puso serio.

—¿Hay algún problema? —me preguntó.

—Estoy tratando de llegar a Guinea —le contesté.

De inmediato ordenó a los soldados que dejaran pasar el minibús sin inspeccionarlo.

Desde ese día, siempre que pasaba por aquel control, el Matón les ordenaba a los soldados que me dejaran pasar. Yo les daba revistas, que a ellos les encantaban. Por eso comenzaron a apodarme el Atalaya.