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Al fin conozco al Dios a quien sirvo

Al fin conozco al Dios a quien sirvo

Un predicador pentecostal de quien se decía que tenía el don de sanación vino de visita. En el momento en que me tocó, caí al suelo inconsciente, abrumada por el “espíritu santo”. Cuando desperté, parecía tener lo que tanto había deseado: poderes para sanar. ¿Cómo llegué hasta aquí y qué efecto tuvo esto en mi vida? Primero les contaré algunos detalles de mi pasado.

NACÍ el 10 de diciembre de 1968 en Ilocos Norte (Filipinas). Fui la séptima de diez hijos. De niña me inculcaron el catolicismo, como a la mayoría de los filipinos. En 1986, cuando me gradué de la escuela secundaria, soñaba con ser enfermera. Pero mi sueño no se hizo realidad por culpa de una enfermedad tan grave que llegué a pensar que moriría. Le rogué desesperada a Dios que me ayudara y le prometí que si me recuperaba, le serviría el resto de mi vida.

Tras una lenta recuperación, me propuse cumplir mi promesa. Así que en junio de 1991 me inscribí en una escuela bíblica pentecostal. Supuestamente, si ayunábamos y orábamos, los estudiantes recibiríamos “el don del espíritu santo”. Yo lo quería para curar a los enfermos. En una ocasión, una de mis compañeras de clase estaba orando en voz alta en una esquina durante una sesión de oración. Con la intención de que otros creyeran que yo tenía el “don”, me acerqué a escondidas para escucharla. Cuando ella estaba a punto de terminar, volví de prisa a donde yo había estado arrodillada. Después le dije todo lo que ella había pedido en su oración. ¡Mordió el anzuelo! Se creyó que yo tenía el “don”.

Durante el tiempo que seguí estudiando allí, me surgieron muchas dudas. Por ejemplo, en Mateo 6:9, Jesús habló del “Padre” y de su “nombre”. Así que me preguntaba: “¿Quién es el Padre? ¿Qué nombre debe ser santificado?”. Las respuestas de mis profesores no me llenaban, pues eran muy ambiguas. Estaba confundida; nos daban clases sobre la Trinidad, pero enseñaban que era un misterio. Pese a todo, seguí estudiando para ser pastora.

Mi encuentro con los testigos de Jehová

En la escuela nos decían que de todas las religiones falsas, los testigos de Jehová eran la peor. Los llamaban el anticristo. Por eso los odiaba.

Durante mi segundo año escolar, aproveché unas vacaciones para visitar a mis padres. Carmen, una de mis hermanas mayores, se enteró de que yo estaba en casa y vino a vernos. Se había convertido en testigo de Jehová. De hecho, era evangelizadora de tiempo completo. Cuando intentó hablarme de Dios, le respondí hecha una furia: “¡Yo ya  conozco al Dios a quien sirvo!”. Tras insultarla a voz en cuello, la empujé y no dejé que me volviera a hablar del tema.

Después de regresar a la escuela, recibí de Carmen un ejemplar del folleto ¿Debería creer usted en la Trinidad? * Nada más verlo, lo estrujé y lo tiré al fuego. Estaba furiosa con mi hermana.

Logro mi objetivo

El día en que me gradué de pastora

Mientras todavía estaba en la escuela, convertí a algunas personas a mi religión. Me llenaba de orgullo que mi madre y mi hermano se hubieran hecho pentecostales como yo.

En marzo de 1994 me gradué de la escuela pentecostal. Como ya dije, aquel día nos visitó un predicador. Todos los graduados queríamos estar con él porque creíamos que tenía el don de sanación. Nos subimos al escenario y nos pusimos a saltar y aplaudir con él al ritmo de una banda. Entonces, tan pronto como él tocaba a alguien, este caía al suelo derribado por el espíritu. * Cuando me tocó a mí, también caí y perdí el conocimiento. Aunque me desperté con miedo, sentí que tenía poderes para sanar, y eso me alegró mucho.

Poco después empleé mis nuevos poderes para sanar a una niña que tenía fiebre alta. Hice una oración, y en ese instante la niña comenzó a sudar y la fiebre desapareció. ¡Ya podía cumplir mi promesa a Dios! Sin embargo, por extraño que parezca, me sentía vacía. En el fondo sabía que solo hay un Dios, pero no lo conocía. Además, tenía dudas persistentes sobre muchas de las doctrinas de mi Iglesia.

Empleé mis nuevos poderes para sanar a una niña que tenía fiebre alta

Cambia mi forma de pensar

A estas alturas, mi odio contra los testigos de Jehová era aún más intenso. Cada vez que encontraba una de sus publicaciones, la quemaba. Entonces descubrí algo que me sacudió: mi madre ya no quería ser pentecostal. ¡Carmen le había estado dando clases de la Biblia! No quería ver a mi hermana ni en pintura.

Un día encontré una revista ¡Despertad! en casa de mi madre. Mi reacción habitual habría sido quemarla, pero como tenía curiosidad por saber lo que mi madre estaba leyendo, le eché un vistazo. Me llamó la atención un artículo que hablaba de un señor que creía firmemente en lo que predicaba su religión, hasta que comenzó a analizar la Biblia con la ayuda de las publicaciones de los Testigos. Quedó convencido de que enseñanzas como la Trinidad, el infierno o la inmortalidad del alma no tenían nada que ver con las Escrituras. Lo que leí me llegó al corazón. Era justo lo que yo anhelaba entender. Sentí un fuerte deseo de averiguar lo que enseña la Biblia.

En otra revista ¡Despertad! leí sobre un señor que abandonó el alcohol y las drogas  gracias al estudio de la Biblia. A raíz de esa biografía, me aficioné a las publicaciones de los Testigos. También hallé un ejemplar del folleto El nombre divino que durará para siempre, en el que aprendí que el nombre de Dios es Jehová. * Conocer mejor al único Dios verdadero me hizo muy feliz (Deuteronomio 4:39; Jeremías 10:10).

Conocer mejor al único Dios verdadero me hizo muy feliz

Sin que los demás se enteraran, seguí investigando muchas verdades bíblicas más. En la escuela pentecostal me habían enseñado que Jesús es Dios, pero ahora sabía lo que dice la Biblia: que él es “el Hijo del Dios vivo” (Mateo 16:15, 16).

Cambia mi corazón

Cuando vi a Carmen de nuevo, le sorprendió que le pidiera varias publicaciones, entre ellas el folleto El nombre divino que durará para siempre. Había pasado muchos años en una escuela bíblica de los pentecostales, pero allí no me habían enseñado la verdad. Me habían dejado a oscuras. Mi corazón rebosaba de alegría por todo lo que estaba descubriendo en la Biblia. Estaba viviendo en carne propia lo que dijo Jesús en Juan 8:32: “Conocerán la verdad, y la verdad los libertará”. Mi vida estaba tomando un nuevo rumbo.

Mi vida estaba tomando un nuevo rumbo

Aunque por algún tiempo creí que era posible adorar a Jehová en secreto y a la vez ser pastora, pronto me di cuenta de que ya no podría enseñar muchas de las doctrinas de mi Iglesia. Pero tenía miedo. ¿Cómo me ganaría la vida si renunciaba? No quería que mi Iglesia pasara por la vergüenza de que una de sus pastoras se hubiera hecho testigo de Jehová. Decidí seguir enseñando desde el púlpito sin mencionar las doctrinas falsas.

Estudiando la Biblia con Precious

En mi siguiente encuentro con Carmen, ella me animó a ir a una reunión de los Testigos. Como yo tenía que ir frecuentemente a la iglesia madre —situada en la ciudad de Laoag⁠—, aproveché uno de esos viajes para buscar, sin que nadie lo supiera, un Salón del Reino de los Testigos de Jehová. Allí conocí a una evangelizadora de tiempo completo cuyo nombre era Alma Preciosa Villarin, pero todos la llamaban Precious (Preciosa en inglés). Aunque todavía me caían mal los Testigos, acepté estudiar la Biblia con ella.

Mi hermana había sido muy paciente conmigo. Y Precious era igual. Me ayudó muchísimo a entender la Biblia a pesar de que yo no era fácil: me enfadaba, discutía, levantaba la voz e insistía en algunas de mis anteriores  creencias. El interés personal, la humildad y la serenidad de Precious y de otros Testigos calaron hondo en mí. Ahora quería servir a Jehová.

En julio de 1995 me di cuenta de que no había vuelta de hoja: debía dejar la Iglesia. ¿Por qué? Revelación (Apocalipsis) 18:4 habla en términos simbólicos de la religión falsa y advierte: “Sálganse de ella, pueblo mío, si no quieren participar con ella en sus pecados, y si no quieren recibir parte de sus plagas”. Pero ¿de qué viviría si abandonaba mi carrera pastoral? Aprendí en Hebreos 13:5 que a todo el que hace la voluntad de Dios él le promete: “De ningún modo te dejaré y de ningún modo te desampararé”.

Cuando mi madre y yo nos bautizamos

A pesar de que mi padre y mi hermano estaban muy en mi contra, dos semanas antes de bautizarme como Testigo me armé de valor y fui a casa para quemar todo lo que solía utilizar en mi labor de pastora. Fue después de hacer eso que noté que desaparecieron los poderes que había recibido. También desapareció la presión constante que anteriormente sentía sobre mí mientras dormía. Nunca más volví a ver las sombras que aparecían en la ventana de mi dormitorio. En la Biblia aprendí que los supuestos dones de hoy, como el poder de sanación, no vienen de Dios, sino de los espíritus malvados. Ha sido un gran alivio escapar de su control, tal como le sucedió a la sirvienta a quien Pablo libró de “un demonio de adivinación” (Hechos 16:16-18).

Como evangelizadora de tiempo completo

Algo especialmente emotivo para mí fue bautizarme junto a mi madre en septiembre de 1996. Poco después comencé a servir como evangelizadora de tiempo completo de los testigos de Jehová, un servicio que disfruté muchos años.

En la actualidad, mi esposo Silver y yo nos esforzamos por enseñar a nuestra hija a seguir el camino de la verdad bíblica. Otras tres hermanas mías también se han hecho Testigos. Y aunque me duele haber pasado tantos años en la ignorancia, estoy feliz porque al fin conozco al Dios a quien sirvo.

Junto a mi esposo, mi hija y otros familiares que también son Testigos

^ párr. 10 Editado por los testigos de Jehová; agotado.

^ párr. 13 En algunas religiones se cree que el espíritu santo entra en los creyentes con tanta fuerza que los tira al piso.

^ párr. 18 Editado por los testigos de Jehová.