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Lefèvre d’Étaples. Quería que la gente común entendiera la Biblia

Lefèvre d’Étaples. Quería que la gente común entendiera la Biblia

UNA mañana de domingo, a principios de la década de 1520, los habitantes de Meaux, pequeña población al norte de París, no daban crédito a lo que estaban escuchando en la iglesia: la lectura de los Evangelios en francés, su lengua materna, en vez de en latín.

El traductor bíblico que estaba detrás de esta iniciativa, Jacques Lefèvre d’Étaples (Jacobus Faber Stapulensis, en latín), escribió más tarde a un buen amigo suyo: “No sabes cuánto está motivando Dios a la gente común en algunos lugares a aceptar su Palabra”.

En aquella época, la Iglesia Católica y los teólogos de París prohibían el uso de traducciones de la Biblia en las lenguas vernáculas. En vista de eso, ¿qué motivó a Lefèvre a traducir la Biblia al francés? ¿Y cómo se las arregló para ayudar a la gente común a entender la Palabra de Dios?

EN BUSCA DEL VERDADERO SIGNIFICADO DE LAS ESCRITURAS

Antes de ser traductor bíblico, Lefèvre se dedicó a recuperar el significado original de obras clásicas de filosofía y teología. Había notado que durante siglos se habían alterado algunos textos antiguos debido a interpretaciones confusas y erróneas. En su afán por encontrar el verdadero significado de aquellos textos, comenzó a estudiar minuciosamente la Biblia oficial de la Iglesia Católica, la Vulgata latina.

Su concienzudo estudio de las Escrituras le llevó a la conclusión de que “estudiar la verdad divina es lo único que garantiza [...] la mayor de las felicidades”. Por esa razón, Lefèvre dejó de estudiar filosofía y se dedicó en cuerpo y alma a traducir la Biblia.

En 1509 publicó un estudio comparativo de cinco versiones de los Salmos traducidos al latín, * entre ellas su propia edición corregida de la Vulgata. A diferencia de los teólogos de su época, trató de expresar los pasajes bíblicos de forma sencilla y natural. El método que utilizó para interpretar las Escrituras tuvo mucha influencia en otros eruditos bíblicos y reformadores (vea el recuadro “ La influencia de Lefèvre en Martín Lutero”).

Tabla de los títulos utilizados para referirse a Dios en los Salmos, que aparece en el Psalterium Quintuplex, edición de 1513.

Lefèvre nació en un hogar católico y estaba convencido de que la única manera de reformar la Iglesia era enseñando a la gente común lo que dicen las Escrituras. Pero ¿cómo podrían comprender los escritos sagrados si en esa época estaban principalmente en latín?

UNA TRADUCCIÓN DE LA BIBLIA AL ALCANCE DE TODOS

La introducción a los Evangelios confirma que Lefèvre deseaba que la Biblia estuviera al alcance de todos en su lengua materna.

Su amor por la Palabra de Dios era tan grande que se determinó a hacerla disponible a la mayor cantidad de personas posible. Para lograrlo, en junio de 1523 publicó una traducción de los Evangelios al francés en dos volúmenes de tamaño de bolsillo. Este formato —que costaba la mitad que la edición normal— permitió a las personas de escasos  recursos obtener su propio ejemplar de la Biblia.

La respuesta de la gente fue inmediata y muy entusiasta. Hombres y mujeres por igual deseaban tanto leer en su lengua materna las palabras de Jesús que los primeros 1.200 ejemplares se agotaron en pocos meses.

FUE UN VALIENTE DEFENSOR DE LA BIBLIA

En la introducción a los Evangelios, Lefèvre explicó que los había traducido al francés para que “los miembros más humildes” de la iglesia “pudieran estar tan convencidos de la verdad del Evangelio como los que la tenían en latín”. Pero ¿por qué tenía tanto interés en ayudar a la gente común a saber lo que la Biblia enseña?

Lefèvre era muy consciente de que las enseñanzas y filosofías humanas habían corrompido a la Iglesia Católica (Marcos 7:7; Colosenses 2:8). Estaba convencido de que había llegado la hora de que el Evangelio “se proclamara por todo el mundo para que ya nadie fuera engañado por doctrinas humanas”.

Lefèvre también hizo todo lo posible por desenmascarar los argumentos erróneos de quienes se oponían a que la Biblia se tradujera al francés. Denunció su hipocresía al decir: “¿Cómo van a enseñar a la gente a poner en práctica lo que Jesucristo enseñó si no quieren que la gente común  vea y lea el Evangelio de Dios en su propio idioma?” (Romanos 10:14).

No es de extrañar que los teólogos de la Sorbona, la Universidad de París, enseguida intentaran silenciar a Lefèvre. En agosto de 1523 se opusieron a que se tradujera la Biblia o que se hicieran comentarios bíblicos en lenguas vernáculas, por considerarlos “dañinos para la Iglesia”. De no haber sido por la intervención del rey francés Francisco I, Lefèvre habría sido condenado por hereje.

COMPLETÓ SU OBRA “EN SILENCIO”

Lefèvre no permitió que esos acalorados debates le impidieran traducir la Biblia. En 1524, después de terminar la traducción de las Escrituras Griegas (conocidas también como Nuevo Testamento), publicó la traducción al francés de los Salmos para que los creyentes pudieran orar “con mayor devoción y sentimiento”.

Los teólogos de la Sorbona no tardaron en analizar minuciosamente las obras de Lefèvre. De inmediato ordenaron que se quemara en público su traducción de las Escrituras Griegas y afirmaron que algunos de sus escritos “promovían la herejía de Lutero”. Cuando los teólogos lo mandaron llamar para que defendiera su postura, Lefèvre decidió permanecer “en silencio” y huyó a Estrasburgo. Allí siguió traduciendo la Biblia de manera discreta. Aunque algunos consideraron que su postura fue cobarde, él pensó que era la mejor forma de responder a quienes no apreciaban las valiosas “perlas” de la verdad bíblica (Mateo 7:6).

Casi un año después de su huida, el rey Francisco I nombró a Lefèvre tutor de su hijo Carlos, de cuatro años. Ese cargo le permitió disponer del tiempo necesario para terminar de traducir la Biblia. En 1530, su traducción de la Biblia se imprimió fuera de Francia, en Amberes (Bélgica), con la autorización del Emperador Carlos V. *

NO SE CUMPLIERON TODAS SUS EXPECTATIVAS

A lo largo de su vida, Lefèvre tuvo la esperanza de que la Iglesia abandonaría las tradiciones humanas y volvería al conocimiento puro de las Escrituras. Estaba totalmente convencido de que “todo cristiano tiene el derecho, es más, el deber, de leer y entender la Biblia”. Por esa razón, se esforzó tanto por que la Biblia estuviera al alcance de todos. Aunque su deseo de que la Iglesia se reformara nunca llegó a cumplirse, no hay duda de que contribuyó a que la gente común conociera la Palabra de Dios.

^ párr. 8 El Psalterium Quintuplex contenía cinco traducciones de los Salmos en columnas y una tabla con los títulos utilizados para referirse a Dios más el Tetragrámaton, las cuatro letras con las que se escribe el nombre de Dios en hebreo.

^ párr. 21 Cinco años después, en 1535, el traductor francés Olivétan publicó su versión de la Biblia basada en los idiomas originales. Las obras de Lefèvre influyeron mucho en su traducción de las Escrituras Griegas.