Ir al contenido

Ir al índice

¿Es realmente un árbol?

¿Es realmente un árbol?

 ¿Es realmente un árbol?

DE NUESTRO CORRESPONSAL EN AUSTRALIA

CON su silueta redonda y achaparrada en medio de un paisaje cubierto de matorrales, el boab australiano (o árbol botella) puede parecer raro, incluso feo. En verano, cuando se hallan desnudos de hojas, los ejemplares adultos se asemejan más a una criatura extraña con tentáculos extendidos hacia el cielo que a un árbol. Cuenta una leyenda aborigen que estos árboles están plantados al revés debido a una maldición.

De jóvenes son esbeltos y atractivos; pero con la edad, su tronco grisáceo se estropea, se vuelve bulboso y se cubre de cicatrices. “Dan la impresión de estar enfermos”, escribió en 1837 el explorador George Grey. ¿Por qué es el boab tan distinto de la mayoría de los demás árboles? ¿Y a qué se debe el aprecio y cariño que le tiene la población rural, incluidos los aborígenes?

Cuanto más cortas, mejor

Este árbol, propio del continente africano, la isla de Madagascar y el noroeste de Australia, es conocido en casi todos los países por el nombre de baobab, pero los australianos lo llaman boab desde hace mucho tiempo. ¿Por qué? Porque a los campesinos les encantaba acortar las palabras (según los humoristas locales, para que no les entraran por la boca las moscas que pululaban por doquier). Así formaron boab a partir de baobab, y el nuevo término arraigó rápidamente en la lengua.

Al boab también se le llama árbol de la rata muerta. ¿De dónde le viene ese nombre tan poco halagador? Vistos de lejos, sus frutos parecen ratas suspendidas de la cola. Además, cuando las flores se magullan o se dañan, fermentan rápidamente y despiden un olor como de carne podrida; claro que cuando están sanas, son grandes, blancas y fragantes.

Diseñado para soportar condiciones extremas

El boab se da muy bien en la remota región de Kimberley (Australia Occidental) y el vecino Territorio del Norte, donde la estación húmeda —la temporada relativamente corta en la que caen las torrenciales lluvias monzónicas— alterna con la estación seca.

Su capacidad de renovación es legendaria: vive muchos siglos. “Aun si el tronco es completamente anillado o si es ahuecado por el fuego, se recupera y sigue creciendo”,  dice D. A. Hearne, especializado en fisiología vegetal. * Y continúa: “Es tal su vitalidad que a menos que sea exterminado, el árbol seguirá creciendo casi de manera normal”. Resuelto a sobrevivir, un boab embalado que esperaba a ser transportado a otro país sacó sus raíces por entre las grietas de la madera y se ancló al suelo.

Pese a que el boab crece en lechos pedregosos de arroyos, rocas escarpadas y llanuras arenosas, a menudo se destaca entre los demás árboles. Algunos ejemplares de la meseta de Kimberley miden 25 metros (80 pies) o más de altura y otros tantos de circunferencia.

El secreto de su corpulencia radica en el agua. Su madera, blanda y fibrosa como una esponja, puede almacenar enormes cantidades de líquido. Tras absorber el agua de las lluvias monzónicas, el tronco se hincha visiblemente; y al ir avanzando la estación seca, recobra poco a poco su tamaño original.

Al contrario de lo que sucede típicamente con los árboles de hoja caduca, que para sobrevivir pierden sus hojas en los crudos meses invernales, el boab las pierde durante el largo y seco verano. Entonces, cuando el verano está llegando a su fin, florece y se cubre de follaje. Por anunciar de manera tan visible la llegada de la estación húmeda, los pobladores a veces lo llaman planta calendario.

Sus flores se abren únicamente de noche, duran unas pocas horas y comienzan a marchitarse al salir el Sol. Las flores maduras se desarrollan en un fruto semejante a una calabaza grande, el cual revienta al caer al suelo y dispersa las semillas.

Árbol de vida

Desde la antigüedad, las semillas, las hojas, la resina y las raíces del boab han sido muy estimadas por los aborígenes de Kimberley como fuente alimenticia. Antes de secarse, las semillas tienen una pulpa blanca y suave de agradable sabor. En épocas de sequía, los aborígenes masticaban la madera fibrosa del árbol y sus raíces para extraerles la valiosa humedad. Por otro lado, cuando llovía mucho encontraban agua atrapada en las cavidades del árbol y en la base de las ramas.

En 1856, el grupo expedicionario de Augusto Gregory que se dirigía a la meseta de Kimberley enfermó de escorbuto. Los hombres prepararon una “agradable mermelada” cociendo la pulpa del fruto del boab —rica en vitamina C—, con la que se curaron pronto.

Ventanas al pasado

En el pasado, los boabs sirvieron de tableros de anuncios a aborígenes y europeos. En 1820, el capitán Phillip Parker King varó el barco explorador Mermaid (Sirena) en las costas de Kimberley para repararlo. Siguiendo las órdenes de la Marina de dejar prueba clara de que habían tocado tierra, el capitán grabó la inscripción “HMC Mermaid 1820” en el tronco de un enorme boab.

 El Mermaid Tree (Árbol Sirena), como llegó a ser conocido, medía entonces 8,8 metros (29 pies) de circunferencia; hoy sobrepasa los 12 metros (40 pies). Aunque algo borrosa, la inscripción todavía sirve para conmemorar la llegada de aquellos viajeros. Los mensajes grabados en el tronco de algunos viejos boabs aún son visibles y constituyen una atracción para turistas de todo el mundo.

Con la llegada de los colonos europeos a la meseta de Kimberley, los gigantescos boabs se convirtieron en postes indicadores, puntos de reunión y lugares de acampada en una tierra desconocida. Los pastores trashumantes dejaban descansar al ganado a la sombra de boabs que ostentaban nombres muy pintorescos, como Oriental Hotel, Club Hotel o Royal Hotel.

En 1886, aborígenes hostiles les robaron la embarcación al pionero alemán August Lucanus y su grupo, quienes ahora tendrían que caminar 100 kilómetros (60 millas) y cruzar ríos infestados de cocodrilos para llegar a la ciudad de Wyndham. Lucanus relató después que por el diario de un explorador sabían que este “había escondido unas herramientas de carpintería cerca de Pitt Springs bajo un enorme boab con sus iniciales grabadas”. Increíble como parezca, los hombres hallaron el árbol y las herramientas. Entonces “cortaron un bello y enorme boab”, y en cinco días hicieron una canoa que los llevó a casa sanos y salvos.

Dos boabs muy famosos son los Prison Trees (Árboles-cárcel) de Derby y Wyndham, bautizados con los nombres de estas ciudades cercanas. Según tradición popular, los troncos ahuecados de estos gigantes, que pueden acomodar a varias personas, sirvieron de cárcel en el siglo XIX. Algunos historiadores modernos no dan crédito a esta leyenda. Como sea, los árboles son impresionantes y atraen a una multitud de turistas.

Artesanías en boab

Antes, la gente grababa dibujos y mensajes en los troncos de los boabs; pero ahora, los artesanos locales evitan dañar los árboles y vuelcan su creatividad en los frutos. Estos tienen forma de huevo y miden hasta 25 centímetros (10 pulgadas) de longitud y 15 centímetros (6 pulgadas) de diámetro.

Una vez elegido el fruto adecuado, el artesano graba con una navaja intrincados dibujos sobre la corteza de color marrón. Los temas más populares son animales salvajes, aborígenes cazando y rostros y figuras humanos. Los productos terminados se venden a coleccionistas, así como a tiendas y turistas.

Es cierto, puede que el boab no tenga la majestuosidad de la secuoya ni la elegancia del álamo ni la vistosidad del arce en otoño. Pero este fuerte y resistente vegetal es, a su manera, un elemento valioso de las áridas llanuras del interior australiano, una obra que hace honor a su Creador y, por qué no, una indicación de Su buen humor.

[Nota]

^ párr. 10 El anillado consiste en remover una tira de corteza alrededor del tronco para interrumpir la circulación de la savia. Este procedimiento mata a casi todos los árboles.

[Ilustración de la página 17]

Las flores se abren de noche y se marchitan a las pocas horas

[Ilustración de la página 18]

Fruto del boab con un lagarto volador grabado