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El paraíso que le fue arrebatado al desierto

El paraíso que le fue arrebatado al desierto

 El paraíso que le fue arrebatado al desierto

De nuestro corresponsal en Lituania

LA CATÁSTROFE se cernía sobre una pequeña aldea de pescadores. Finalizaba el siglo XVIII, y por años una gigantesca duna se había estado arrastrando hacia ella. La barrera triangular de madera con la que los pobladores habían intentado desviarla resultó un fracaso, de modo que para 1797, su aldea quedó completamente sepultada bajo la arena.

Aquel fue tan solo uno de los muchos episodios de una tragedia que duró ochenta años, durante los cuales las dunas engulleron más de una docena de aldeas y  convirtieron en desierto el istmo de Curlandia, brazo de tierra de 100 kilómetros que une las costas bálticas de las actuales Rusia y Lituania. Las causas de la devastación, así como la restauración de la zona —hoy una gran atracción turística—, constituyen un relato fascinante.

Víctima del descuido y la conquista

Por siglos, las arenas del istmo de Curlandia habían permanecido cubiertas de exuberante vegetación, y el bosque proporcionaba a los pobladores caza abundante. A principios del siglo XVIII, la región había cobrado importancia como parte de la ruta postal entre Europa occidental y el Imperio ruso. Luego, durante un período de paz, la población aumentó, el ganado acabó con la delicada hierba y la gente taló indiscriminadamente los bosques. Poco se imaginaban lo frágil que era el manto vegetal del que dependían para su existencia.

El bosque recibió el golpe de gracia cuando el ejército ruso invadió la región en 1757 y derribó los árboles con los que construiría cientos de embarcaciones de bajo calado para sitiar Königsberg (Kaliningrado), ciudad importante de Prusia. A partir de entonces y durante varias décadas, los vientos se encargaron de crear las dunas que provocaron el desastre referido al principio.

¿Podría restaurarse una tierra tan devastada? Georg David Kuwert, un resuelto empleado postal, y su padre, Gottlieb, se contaban entre los que lo creían posible, de modo que en 1825 emprendieron la reforestación del istmo: una lucha prolongada y agotadora. Por más de un siglo, centenares de personas trabajaron en el proyecto. Primero hubo que estabilizar el terreno con una variedad especial de hierba de raíces profundas que creciera en la arena. Luego se plantaron miles de hectáreas de distintos tipos de resistentes pinos y abedules. Finalmente se ganó la batalla.  Al tiempo presente se ha reforestado alrededor de un setenta por ciento del terreno. ¿Cómo es un paseo por el istmo en la actualidad?

Paraíso turístico

El istmo de Curlandia recibe hasta ocho mil turistas al día, hecho que no causa mucha sorpresa si se toman en cuenta sus muy diversos atractivos. A pie, en bicicleta o en automóvil, el paisaje cambia con rapidez. Sus bosques albergan alces, corzos, zorros y jabalíes. Unas cien variedades de aves anidan en la zona, que además forma parte de la ruta migratoria anual de más de un millón de pájaros. Existen unas novecientas variedades de plantas, y aunque todavía hay muchas dunas, estas solo ocupan el 12% del terreno.

Algunas dunas alcanzan los 50 metros de altura. Contemplar la escena, sin otra cosa a la vista que cielo y arena, es una experiencia inolvidable. Al subir a una de ellas, puede observarse que el viento ha esculpido en algunas la clásica figura de media luna. Cuando por fin se llega a la cima perfectamente delineada, justo donde la arena se alza con el viento para deslizarse hacia el otro lado y proseguir su viaje, la vista es sobrecogedora. Se alcanza a distinguir la delgada franja de tierra que se pierde en la distancia, decorada con aldeas, bosques, claros y faros. Las olas del Báltico rompen en uno de sus lados, mientras que en el otro reposan las tranquilas aguas de la bahía de Curlandia.

La fresca brisa del mar resulta tonificante. A muchos les gusta el windsurf y la navegación a vela; otros disfrutan de una tranquila caminata por alguna de las aldeas que, con sus casas pintadas de colores brillantes y techos de paja o de teja, conservan el aire apacible de los viejos tiempos. El olor penetrante a salazón de pescado y las redes tendidas secándose al sol recuerdan al visitante que la pesca ha sido siempre la ocupación principal en el istmo. Y como a los pescadores les interesa mucho la dirección del viento, un objeto omnipresente es la veleta, toda una obra de arte digna de estudio. Las veletas no solo decoran los mástiles de las embarcaciones, sino que también identifican su aldea de origen. Igual de cautivadoras resultan las piezas de ámbar que el mar deposita en la playa. En algunos museos, que los turistas visitan especialmente durante los días nublados, se presentan exposiciones de joyas de ámbar. En el interior de algunas piezas pueden verse plantas e insectos fosilizados.

No es de extrañar, por tanto, que la representante de Lituania ante la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura calificara al istmo de Curlandia de “paraíso”. Y sí que lo es, un paraíso que le fue arrebatado a una tierra desolada por el descuido y la guerra. Desde luego, existen en el mundo muchos sitios que siguen sufriendo devastación, pero la Biblia nos asegura que pronto, bajo el Reino de Dios, nuestro planeta entero se convertirá en un hermoso paraíso, que siempre será habitado por gente justa (Isaías 65:17, 21-25; 2 Pedro 3:13, 14).

[Mapas de la página 16]

(Para ver el texto en su formato original, consulte la publicación)

MAR BÁLTICO

LITUANIA

ISTMO DE CURLANDIA

Bahía de Curlandia

RUSIA

Kaliningrado

[Ilustraciones de las páginas 16 y 17]

El istmo de Curlandia alberga muchas aves, plantas y dunas

[Reconocimientos]

Las tres fotos inferiores: Gedimino Graz̆ulevic̆iaus nuotrauka

Ave y hierba: Gedimino Graz̆ulevic̆iaus nuotrauka; fondo: UAB „Laiko spalvos“

FOTO: A. VARANKA

[Ilustraciones de la página 18]

Jabalí

Cisne vulgar

Ámbar

[Reconocimiento]

Las tres fotos superiores: Gedimino Graz̆ulevic̆iaus nuotrauka

[Ilustración de la página 18]

El istmo de Curlandia atrae diariamente a miles de turistas