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“¿Qué me pasa?”

“¿Qué me pasa?”

 “¿Qué me pasa?”

“Fue como si me despertara un día y todo hubiera cambiado. Era una persona diferente en un cuerpo diferente.”—Luis.

¿QUÉ es la adolescencia? Dicho en pocas palabras, es una etapa de transición de la infancia a la edad adulta. Es un tiempo en el que experimentas importantes cambios: físicos, emocionales e incluso sociales. En cierto sentido, entrar en la adolescencia es emocionante. Al fin y al cabo, significa que estás en vías de convertirte en una persona adulta. Por otro lado, durante esta fase de la vida empiezan a surgir nuevos sentimientos, y algunos pueden desconcertarte, hasta atemorizarte.

Pero no tienes por qué temer la adolescencia. Aunque es cierto que conlleva cierto grado de angustia, también proporciona una maravillosa oportunidad de experimentar una agradable transición hacia la edad adulta. Veamos cómo. Para ello, analicemos primero algunos de los retos que afrontan los adolescentes.

El comienzo de la pubertad

Durante la adolescencia se producen una serie de cambios en el cuerpo con el fin de prepararlo para la reproducción sexual. Este proceso, denominado pubertad, toma años y, como veremos, no solo abarca el desarrollo de los órganos reproductores.

Las niñas suelen llegar a la pubertad entre los 10 y 12 años, mientras que muchos chicos comienzan esa etapa entre los 12 y 14 años. Ahora bien, estas cifras son solo promedios. Según la obra The New Teenage Body Book (El nuevo libro sobre el cuerpo del adolescente), “cada persona tiene su propio reloj biológico que determina cuándo se producirán los diversos cambios de la pubertad”. Y añade: “El ámbito de lo que se considera normal es  muy amplio”. De modo que no hay nada anormal en ti si llegas a la pubertad antes —o después— que tus compañeros.

Cuando quiera que empiece, la pubertad influirá en cómo te ves, cómo te sientes y cómo percibes el mundo que te rodea. Analicemos algunos de los fascinantes, aunque problemáticos, aspectos de esta singular etapa de la vida.

“¿Qué le pasa a mi cuerpo?”

La pubertad comienza con un aumento en los niveles hormonales, particularmente de estrógeno en las chicas y de testosterona en los chicos. Los cambios hormonales influyen en la transformación física aparentemente milagrosa que se produce a continuación. De hecho, cuando empieza la pubertad, el ritmo de crecimiento del cuerpo es el más rápido desde la primera infancia.

Es entonces cuando los órganos reproductores empiezan a madurar, pero esa es solo una faceta del desarrollo físico. También suele producirse un rápido aumento de estatura, comúnmente conocido como el estirón. Mientras que hasta ahora puede que hayas crecido unos cinco centímetros anuales, no tendría nada de extraño que durante el estirón de la pubertad crecieras a un ritmo dos veces más rápido.

Durante esta fase puede que tus movimientos se vuelvan un tanto torpes. Eso es normal. Recuerda que unas partes del cuerpo están creciendo más deprisa que otras, de ahí la posible torpeza. Pero ten paciencia, no estás condenado a toda una vida de propensión a los accidentes. La torpeza física propia de la adolescencia pasará.

Durante la pubertad, las chicas empiezan a tener su período menstrual, que consiste en la expulsión mensual de sangre, secreciones y restos de tejidos procedentes del útero. * Durante esos días suelen experimentar dolores menstruales y un descenso de los niveles hormonales. En vista de los efectos físicos y emocionales de la menstruación, su comienzo puede resultar algo alarmante. “De pronto tuve que lidiar con esta experiencia totalmente nueva —recuerda Teresa, que ahora tiene 17 años—. Trastornaba mis emociones, me producía dolor, ¡y venía todos los meses!”

No hay por qué asustarse cuando llega la menstruación. Al fin y al cabo, es una señal de que el funcionamiento de tu organismo es normal. Con el tiempo aprenderás a sobrellevar sus aspectos desagradables. Algunas chicas, por ejemplo, tienen menos dolores si hacen ejercicio con regularidad. Pero cada mujer es diferente. Tal vez descubras que no tienes más remedio que reducir la actividad física durante tu período. Aprende a “escuchar” tu cuerpo, y dale lo que necesite.

Durante la adolescencia, tanto chicas como chicos están cada vez más pendientes de cómo se ven. Teresa reconoce: “Fue entonces cuando empecé a darme cuenta —y a preocuparme— de lo que los demás pensaban de mi apariencia. Y lo cierto es que mi aspecto sigue produciéndome frustración la mayor parte del tiempo. El cabello no quiere colaborar, la ropa no me queda bien y parece que ni siquiera puedo encontrar ropa que me guste”.

 Puede que tu cuerpo te traicione también de otras maneras. Por ejemplo, las glándulas sudoríparas se vuelven más activas durante la pubertad, por lo cual es posible que sudes más. Algo que te ayudará a controlar el olor corporal es bañarte o ducharte con regularidad y asegurarte de que la ropa que te pones esté recién lavada. También es útil emplear un desodorante o un antitranspirante.

Durante la pubertad, las glándulas sebáceas de la piel también se vuelven más activas, lo que fomenta la aparición de granos y acné. “Parece que precisamente cuando quiero verme mejor, es cuando me sale una espinilla —se lamenta una muchacha llamada Ann—. ¿Son imaginaciones mías, o será que las espinillas tienen una especie de sexto sentido que las hace salir cuando menos se desea?” El acné también le plantea un problema a Teresa, quien lo expresa así: “Me hace sentir fea y acomplejada, porque cuando la gente me mira, pienso que lo único en que se fijan es en mis granos”.

Desde luego, los muchachos no están exentos de los problemas de la piel. De hecho, son más propensos a ellos que las muchachas, según algunos especialistas. Prescindiendo de tu sexo, será útil que te laves con regularidad las zonas más grasas del cuerpo: la cara, el cuello, los hombros, la espalda y el pecho. Además, el lavado frecuente del cabello contribuye a evitar que la grasa se te extienda a la piel. También hay productos especiales para el acné y las espinillas. Teresa dice: “Mis padres me ayudaron a encontrar productos limpiadores y pomadas. También me ayudaron para que no comiera mucha comida basura. Cuando evito ese tipo de comida y bebo mucha agua, el acné prácticamente me desaparece”.

Otro cambio físico, que afecta en particular a los muchachos, tiene que ver con la voz. Las cuerdas vocales se vuelven más gruesas y largas durante la pubertad, con lo que la voz se va haciendo gradualmente más profunda. Luis dice que a él le pasó desapercibido ese cambio: “No me di cuenta de que mi voz había cambiado, salvo por el hecho de que la gente dejó de creer que yo era mi madre o mi hermana cuando contestaba al teléfono”.

Durante este cambio, algunos chicos experimentan lo que se suele llamar “gallos”, es decir, la voz se les vuelve de momento aguda y chillona. Al recordar aquella época, Ángel dice: “Resultaba sumamente embarazoso. [...] En cuanto me ponía nervioso o excitado me ocurría. Intentaba también no ponerme demasiado nervioso, pero no lo conseguía”. Y añade: “Después de uno o quizá dos años, dejó de ocurrir”. Si te está sucediendo eso, no te desesperes. A ti también se te normalizará pronto la voz e irá adoptando un nuevo tono más profundo.

“¿Por qué me siento así?”

Es bastante común que los adolescentes experimenten una amplia gama de sentimientos dolorosos. Por ejemplo, puede que empieces a notar cierto distanciamiento entre tus mejores amigos de la infancia y tú. Pero no porque se hayan peleado, sino porque tal vez tengan pocas cosas en común. Hasta tus padres, a quienes antes acudías corriendo en busca de consuelo y seguridad, puede que de pronto te parezcan anticuados e inabordables.

Todo esto a veces contribuye a que un adolescente se sienta solo. “Algunos investigadores afirman que la adolescencia es la época en la que los sentimientos de soledad son más frecuentes e intensos, más que en la infancia o en la vida adulta”, dice una obra de referencia. Por temor  de que te consideren extraño, puede que tiendas a no exteriorizar tus pensamientos y sentimientos. O quizás ni siquiera quieras tratar de iniciar amistades, pues en lo más hondo de tu corazón piensas que nadie te aceptaría como amigo.

La mayoría de los adolescentes pasan por períodos de soledad, y lo mismo les sucede a muchos adultos. Lo que debes tener presente es que tales sentimientos pueden desaparecer con el tiempo. * Recuerda que, como estás en la adolescencia, prácticamente todo te está cambiando. Tu opinión de la vida, de los demás y hasta de ti mismo varía sin cesar. A veces, hasta el rostro que ves en el espejo puede parecerte el de una persona totalmente desconocida. Quizás te identifiques con Steve, de 17 años, quien admite: “Es muy difícil decir que te conoces cuando estás cambiando tan deprisa”.

Una de las mejores maneras de contrarrestar la soledad es interesándote por los demás, lo que tal vez signifique que debas esforzarte por conocer a personas que no forman parte de tu círculo de amistades. ¿Sabes de algunas personas mayores que agradecerían una visita? ¿Pudieras ayudarlas con algunas tareas, especialmente si lo necesitan? La Biblia anima a todos —jóvenes y adultos— a ‘ensancharse’ en su cariño (2 Corintios 6:11-13). Hacerlo puede abrirte magníficas oportunidades.

El pasaje bíblico citado en el párrafo anterior es tan solo uno de los muchos principios que han ayudado a los jóvenes cristianos a adaptarse a los cambios de la adolescencia. Al leer el siguiente artículo, fíjate en la poderosa influencia que puede tener la Palabra de Dios en tu transición hacia la vida adulta.

[Notas]

^ párr. 13 Al principio es posible que los períodos menstruales no se produzcan regularmente, es decir, una vez al mes. La cantidad de flujo menstrual también puede variar mucho. Ninguna de estas situaciones debe alarmarte. Pero si los períodos son irregulares durante un año o dos, tal vez deberías consultar a un médico.

^ párr. 24 Si los sentimientos de soledad son crónicos o te asaltan ideas suicidas, debes buscar ayuda. Habla sin demora con tus padres o con algún adulto maduro en quien puedas confiar.

[Recuadro de la página 6]

Los padres no son perfectos

“Cuando era niña, creía que mis padres eran perfectos. No sé por qué pero cuando llegué a la adolescencia me parecían... ¿cómo lo diría?... menos inteligentes. Lo que quiero decir es que me di cuenta de que mis padres no eran perfectos, y eso me desconcertó. Lamentablemente, mi descubrimiento me condujo a cuestionar su modo de ver las cosas. Menos mal que, después de dolorosas experiencias, llegué a recuperar el respeto que les tenía. No, no son perfectos, pero casi siempre tienen razón. Y aun si no la tuvieran, siguen siendo mis padres. Cada vez nos vemos más como amigos, lo cual es, al menos eso creo, lo que suele suceder entre los hijos y los padres.”—Teresa, de 17 años.

[Ilustración de la página 7]

Muchos jóvenes han creado fuertes lazos de amistad con personas mayores