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Moisés: ¿realidad o leyenda?

Moisés: ¿realidad o leyenda?

MOISÉS vio amenazada su vida nada más nacer. Descendía de un grupo de familias nómadas que, huyendo del hambre, se habían asentado en Egipto junto con su padre, Jacob (también conocido como Israel), y quienes por décadas habían convivido en paz con los naturales del país. Pero la situación dio un giro espantoso. Según una respetada crónica, “se levantó sobre Egipto un rey nuevo [...]. Y procedió a decir a su pueblo: ‘¡Miren! El pueblo de los hijos de Israel es más numeroso y poderoso que nosotros. ¡Vamos! Tratemos astutamente con ellos, por temor de que se multipliquen’”. ¿Cuál era el plan? Para controlarlos, los convirtió en “esclavos bajo tiranía” y mandó a las parteras hebreas que, cuando asistieran en los alumbramientos, mataran a todo varón que naciera (Éxodo 1:8-10, 13, 14). Sin embargo, ellas fueron valientes y se negaron a obedecer tales órdenes. Al ver que no había logrado frenar el crecimiento demográfico de los israelitas, el monarca promulgó el siguiente decreto: “Todo hijo recién nacido lo han de arrojar al río Nilo” (Éxodo 1:22).

Pues bien, unos padres israelitas, Amram y Jokébed, “no temieron la orden del rey” cuando les nació un hijo varón, calificado siglos después de “divinamente hermoso” * (Hebreos 11:23; Hechos 7:20). Tuvieran o no indicios de que el niño contaba con el favor divino, se negaron a entregarlo para su ejecución y lo ocultaron a riesgo de sus vidas.

A los tres meses, ya era imposible esconderlo. Sin otra alternativa, Jokébed lo colocó en una canastilla de papiro y lo dejó flotando en el Nilo. Así, involuntariamente, lo embarcó en las aguas de la historia (Éxodo 2:3, 4).

¿Es verosímil?

Muchos estudiosos desacreditan tales sucesos tildándolos de pura ficción. “Lo cierto —afirma la revista Christianity Today— es que la arqueología no ha encontrado el menor indicio directo de [los años] que pasaron los hijos de Israel en Egipto.” Pese a la carencia de pruebas físicas directas, hay bastantes testimonios indirectos que respaldan la credibilidad de la crónica bíblica. En su libro Israel in Egypt, el egiptólogo James K. Hoffmeier señala: “Los datos arqueológicos demuestran concluyentemente que los pueblos del Levante [es decir,  de la región costera del Mediterráneo oriental] frecuentaban Egipto, sobre todo a consecuencia de las sequías. [...] Así, entre los años 1800 y 1540 a.C., aproximadamente, esta nación atrajo a emigrantes de los pueblos de lenguas semíticas localizados en Asia occidental”.

Además, desde hace tiempo se admite que la Biblia da una imagen fiel del esclavismo en aquel país. “Una famosa pintura funeraria del antiguo Egipto, que detalla la fabricación de adobes por una cuadrilla de esclavos, corrobora la narración bíblica de la opresión israelita”, dice el libro Moses—A Life.

La descripción de la cestita que usó Jokébed también es realista. Según las Escrituras, estaba hecha de papiro, material que, como  explica el biblista Cook, “era muy empleado en Egipto para construir naves ligeras y veloces”.

Pero ¿no es increíble que el cabeza de una nación ordene el exterminio implacable de recién nacidos? No, en opinión del docto George Rawlinson, quien asegura que “el infanticidio [...], común en diversos lugares y épocas, era visto como una práctica normal”. Y no hay por qué ir tan lejos, pues en fechas recientes han acontecido matanzas igual de espantosas. Por perturbadora que resulte la crónica bíblica, es verosímil.

Adoptado por la familia de Faraón

Jokébed no abandonó al pequeño a su suerte, sino que tomó la canastilla y “la puso entre las cañas, junto a la margen del río Nilo”, probablemente donde esperaba que la descubrieran. Y fue justo allí adonde acudió a bañarse la hija de Faraón, tal vez en conformidad con su costumbre (Éxodo 2:2-4). *

La canastilla no tardó en ser vista. “Cuando la abrió [la hija de Faraón], pudo ver al niño, y resultó que el muchachito estaba llorando. Ante esto, ella tuvo compasión de él, aunque dijo: ‘Este es uno de los niños de los hebreos’.” De modo que la princesa decidió adoptarlo. Sea cual fuere el nombre que le dieron sus padres, lleva siglos olvidado, y hoy se le conoce en todo el mundo por el que recibió de su madre adoptiva: Moisés * (Éxodo 2:5-10).

Pero ¿no es descabellado que una princesa de Egipto acogiera a un niño así? No, pues la religión del país enseñaba que las obras de misericordia eran un trampolín hacia el cielo. En cuanto a las prácticas adoptivas, la arqueóloga Joyce Tyldesley señala: “La mujer egipcia estaba en paridad con el hombre. Gozaba de igualdad legal y económica y, al menos en teoría, [...] podía ejercer el derecho de adopción”. De hecho, el antiguo Papiro de Adopción atestigua que una dama reconoció como hijos a sus esclavos. ¿Y la contratación de Jokébed como nodriza? Dice The Anchor Bible Dictionary: “En los acuerdos de adopción mesopotámicos hallamos similitudes con el hecho de que se pagara a la madre natural de Moisés por amamantarlo”.

Una vez adoptado, ¿le ocultarían su legado hebreo como un secreto vergonzoso? Aunque así lo hayan planteado ciertas películas de Hollywood, las Escrituras indican todo lo contrario. Con gran ingenio, su hermana, Míriam, consiguió que lo amamantara su propia madre, Jokébed. Es inconcebible que esta mujer devota ocultara la verdad a su propio hijo. Y dado que entonces la lactancia duraba años, tuvo oportunidades de sobra para enseñarle las verdades referentes al “Dios de Abrahán, [...] Isaac y [...] Jacob” (Éxodo 3:6). Esos fundamentos espirituales le fueron muy provechosos a Moisés, pues, una vez entregado a la hija de Faraón, “fue instruido en toda la sabiduría de los egipcios”. Aunque es imposible verificar la afirmación de Josefo de que en la edad adulta fue ascendido a general en el marco de una guerra con Etiopía, la Biblia sí indica que “era poderoso en sus palabras y hechos” (Hechos 7:22). *

Al cumplir 40 años, Moisés seguramente tenía las dotes necesarias para ser un gran dirigente. Si permanecía en la casa de Faraón,  gozaría de poder y riquezas. Sin embargo, ocurrió un suceso que le cambió la vida.

Exiliado en Madián

Un día “alcanzó a ver a cierto egipcio golpeando a cierto hebreo de sus hermanos”. Por años, Moisés había gozado de lo mejor de dos mundos, el judío y el egipcio. Pero al ver que un compatriota suyo era golpeado y quizás creer que corría peligro de morir, tuvo que adoptar una decisión trascendental (Éxodo 2:11). En efecto, “rehusó ser llamado hijo de la hija de Faraón, escogiendo ser maltratado con el pueblo de Dios” (Hebreos 11:24, 25).

Sin vacilar, dio un paso irreversible: “Derribó al egipcio y lo escondió en la arena” (Éxodo 2:12). No fue un acto característico de alguien “propenso a los arrebatos de cólera”, como afirma un crítico, sino una demostración de fe —mal encauzada— en la promesa divina de que Israel sería liberado de Egipto (Génesis 15:13, 14). Puede que creyera, ingenuamente, que de aquel modo incitaría al pueblo a rebelarse (Hechos 7:25). Pero sus hermanos israelitas lo decepcionaron, pues se negaron a aceptar su dirección. Además, tuvo que exiliarse cuando se enteró Faraón del homicidio, por lo que se radicó en Madián, donde contrajo matrimonio con Ziporá, hija de Jetró, jefe de un clan nómada.

Durante cuarenta largos años fue un simple pastor, que veía truncadas sus esperanzas de ser libertador. Pero un día, cuando apacentaba los rebaños de su suegro cerca del monte Horeb, se le apareció el ángel de Jehová en una zarza ardiente. Imaginémonos el momento en que Dios le ordena: “Saca tú de Egipto a mi pueblo, los hijos de Israel”. Él se muestra vacilante, tímido e inseguro de sí mismo, al decir: “¿Quién soy yo para que vaya a Faraón y para que tenga que sacar a los hijos de Israel de Egipto?”. Incluso alude claramente a una traba que algunos cineastas no han sabido reflejar bien: sus problemas con el habla. ¡Qué diferente de los héroes legendarios de la antigüedad! Las cuatro décadas de pastoreo le han infundido mansedumbre y humildad. Aunque él no confíe en sus dotes, el Altísimo bien sabe que será un líder capaz (Éxodo 3:1–4:20).

La liberación de Egipto

Moisés parte de Madián para presentarse ante Faraón y exigirle que libere al pueblo de Dios. Ante la negativa del terco soberano, Dios desata diez plagas devastadoras, la décima de las cuales —la muerte de los primogénitos de Egipto— doblega al monarca, quien deja partir a Israel (Éxodo, capítulos 5-13).

 La mayoría de los lectores conocen bien estos sucesos. Pero ¿es histórico alguno de ellos? Hay quienes razonan que son ficticios, pues la narración no especifica de qué Faraón se trata. * No obstante, Hoffmeier, erudito ya citado, destaca que los escribas egipcios no solían mencionar los nombres de los enemigos del monarca, y afirma: “De seguro, ningún estudioso negaría la historicidad de la campaña militar de Tuthmosis III en Meguidó porque no se indique cómo se llamaban los reyes de Qadés y Meguidó”. Además, agrega que Faraón probablemente permanece anónimo en el relato bíblico por “buenas razones teológicas”; entre ellas, porque de ese modo se centra la atención en Dios, y no en él.

Sea como fuere, hay críticos que rechazan un éxodo a gran escala de los judíos esclavizados. Por ejemplo, Homer W. Smith objetó que tal movimiento multitudinario “habría dejado claros ecos en la historia egipcia o siria [...]. Lo más probable es que la leyenda del éxodo sea una tergiversación fantasiosa de la huida a Palestina de una colectividad relativamente pequeña”.

Cierto es que en Egipto no encontramos ningún testimonio sobre el éxodo, pero aquel  pueblo no dudaba en alterar los registros si herían su orgullo o contradecían sus intereses políticos. Por poner un caso, tras su ascensión al trono, Tuthmosis III se afanó por borrar la memoria de su predecesora, Hatshepsut. Como dice el egiptólogo John Ray, “se eliminaron sus inscripciones, se rodearon sus obeliscos con un muro y se olvidaron sus monumentos. Su nombre no aparece en los anales posteriores”. Hasta en tiempos modernos ha habido tentativas similares de manipular u ocultar hechos vergonzosos.

En cuanto a la falta de pruebas arqueológicas de la travesía de los judíos por el desierto, recordemos que eran nómadas, y por tanto no edificaron ciudades ni labraron campos. Puede que apenas dejaran tras de sí nada más que pisadas. Con todo, hallamos testimonio convincente de esta etapa en el sagrado texto bíblico, en cuyas páginas se menciona vez tras vez (1 Samuel 4:8; Salmo 78; Salmo 95; Salmo 106; 1 Corintios 10:1-5). De hecho, el propio Jesucristo atestiguó la realidad de los sucesos ocurridos en el desierto (Juan 3:14).

Por lo tanto, es innegable que la crónica bíblica referente a Moisés es creíble y verídica. No obstante, dado que él vivió hace tantos siglos, ¿qué impacto puede tener en nuestra vida?

^ párr. 3 Literalmente, “hermoso ante el Dios”. Según The Expositor’s Bible Commentary, la expresión podría aludir, además de a su extraordinaria belleza, a “las cualidades de su corazón”.

^ párr. 11 Bañarse en el Nilo “era habitual en el antiguo Egipto —explica el comentarista Cook—. El río recibía culto como emanación [...] de Osiris, y a sus aguas se les atribuía la singular virtud de impartir vida y fecundidad”.

^ párr. 12 La etimología del nombre Moisés es cuestión de debate entre los entendidos. En hebreo quiere decir “Sacado; Salvado del Agua”. Por otro lado, el historiador Flavio Josefo lo toma como un compuesto de dos términos de la lengua egipcia que significan “agua” y “salvado”. En la actualidad, algunos doctos también lo relacionan con ese idioma, pero aceptan “hijo” como sentido más probable, basándose para ello en la similaridad fonética con ciertos nombres del egipcio. Dado que desconocemos qué pronunciación exacta recibían tanto esta lengua como la hebrea en aquel entonces, las anteriores explicaciones no dejan de ser conjeturas.

^ párr. 14 Dice el libro Israel in Egypt: “La idea de que Moisés se criara en la corte egipcia pudiera sonar legendaria, pero un examen detenido de la vida palaciega durante el Imperio nuevo da a entender lo contrario. Tuthmosis III [...] introdujo la costumbre de traer a su nación príncipes de los reinos vasallos de Asia occidental para instruirlos en su cultura. [...] Por consiguiente, en la corte egipcia no causaban extrañeza los príncipes y princesas de origen extranjero”.

^ párr. 22 Entre los historiadores hay divergencia de opiniones sobre cuál fue el Faraón del éxodo: Tuthmosis III, Amenhotep II, Ramsés II, etc. Dado el caótico estado de la cronología egipcia, es imposible identificarlo con certeza.