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Moisés: ¿cómo nos afecta su vida?

Moisés: ¿cómo nos afecta su vida?

PARA muchos doctos y críticos, Moisés es poco más que una figura mitológica. Rechazan la crónica de las Escrituras porque la someten a unos criterios de historicidad tan rigurosos que no los pasarían ni Platón ni Sócrates.

Pero como hemos visto, no existen razones sólidas para rechazar las narraciones bíblicas sobre este patriarca. Al contrario, para quienes tienen fe, hay pruebas abundantes de que la Biblia entera es “la palabra de Dios” (1 Tesalonicenses 2:13; Hebreos 11:1). * No estudian la vida de  este personaje como mero ejercicio intelectual, sino a fin de fortalecer su convicción.

El auténtico Moisés

Los cineastas suelen centrarse en el heroísmo y la valentía de Moisés, ya que son cualidades que atraen al público. Si bien es cierto que demostró intrepidez, fue, sobre todo, un hombre de fe, un hombre para el que Dios era tan real que —según explicó el apóstol Pablo— “continuó constante como si viera a Aquel que es invisible” (Hebreos 11:24-28; Éxodo 2:16-19).

Así pues, su ejemplo recalca la necesidad de cultivar una buena relación con Dios. Día a día debemos conducirnos como si lo viéramos. Así, no haremos nada que le desagrade. Notemos, además, que fue en la tierna infancia cuando le inculcaron a este patriarca la fe, una fe tan firme que no se debilitó frente a “toda la sabiduría de los egipcios” (Hechos 7:22). Sin duda, es todo un incentivo para que los padres comiencen a enseñar las verdades de Dios a sus hijos desde muy pequeños (Proverbios 22:6; 2 Timoteo 3:15).

Otro aspecto destacable es la humildad de este caudillo. Era “el más manso de todos los hombres que había sobre la superficie del suelo” (Números 12:3). Por ello estuvo dispuesto a admitir sus errores. Así, dejó constancia escrita de que, por negligencia, no había circuncidado a su hijo (Éxodo 4:24-26). También relató con franqueza que en cierta ocasión no dio gloria a Jehová, lo que le acarreó un severo castigo de parte de Dios (Números 20:2-12; Deuteronomio 1:37). Asimismo, estuvo dispuesto a aceptar sugerencias (Éxodo 18:13-24). ¿No harían bien en imitarlo los esposos, padres y otros hombres con autoridad?

Es verdad que algunos críticos cuestionan su mansedumbre citando los casos en que actuó con violencia (Éxodo 32:26-28). Por ejemplo, el escritor Jonathan Kirsch afirma: “El Moisés bíblico pocas veces es humilde, nunca es manso y no siempre actúa con justicia. Hay momentos terribles [...] en los que demuestra un carácter arrogante, sanguinario y cruel”. Pero estas objeciones revelan claros prejuicios. Pasan por alto el hecho de que tales acciones no estuvieron motivadas por la brutalidad, sino por un ardiente amor a la justicia y el más absoluto repudio a la maldad. Hoy en día, cuando se considera moderno tolerar los estilos de vida licenciosos, Moisés sigue siendo un recordatorio de que necesitamos mantener firmes principios morales (Salmo 97:10).

El legado escrito

Moisés dejó una asombrosa colección de obras, que incluyen poesía (el libro de Job, Salmo 90), prosa histórica (Génesis, Éxodo, Números), genealogías (Génesis, capítulos 5, 11, 19, 22, 25) y una extraordinaria legislación denominada Ley mosaica (Éxodo, capítulos 20-40; Levítico; Números; Deuteronomio). Este código divinamente inspirado contenía conceptos, disposiciones y principios de gobierno que se adelantaron en siglos a su época.

En algunos países donde el jefe de gobierno es también cabeza espiritual, suelen reinar la intolerancia, la opresión religiosa y el despotismo. Pues bien, la Ley mosaica incluía el principio de la separación entre la religión y el Estado, y por tanto no autorizaba al rey a asumir funciones sacerdotales (2 Crónicas 26:16-18).

En total armonía con los conocimientos científicos de la actualidad, la Ley mosaica contenía disposiciones sobre la higiene y el control de las enfermedades, tales como la cuarentena en el caso de ciertas dolencias y el tratamiento de los desechos humanos (Levítico 13:1-59; 14:38, 46; Deuteronomio 23:13). Tales adelantos son destacables, en vista de que la medicina egipcia era en aquellos tiempos una peligrosa mezcla de curanderismo y superstición. En los países en desarrollo,  millones de seres se librarían de ciertos males, e incluso la muerte prematura, si aplicaran las normas de higiene que recibió Israel.

Aunque los cristianos no tienen la obligación de obedecer dicha Ley, su estudio reporta grandes beneficios (Colosenses 2:13, 14). En ella se exhortó a los israelitas a dar a Dios devoción exclusiva, honrar a sus padres y huir de la idolatría, el asesinato, el adulterio, el robo, la mentira y la codicia (Éxodo 20:4, 12-17; Deuteronomio 5:9). En la actualidad, todos estos principios siguen siendo valiosísimos para los cristianos.

La Ley mosaica enseña principios higiénicos que previenen las enfermedades

Un profeta como Moisés

Solo Jesús fue el auténtico profeta semejante a Moisés

Vivimos en tiempos muy difíciles. La humanidad tiene la imperiosa necesidad de un dirigente como Moisés, que no solo demuestre autoridad, sino también integridad, valentía, compasión y profundo amor a la justicia. Cuando murió aquel caudillo, los israelitas debieron de preguntarse: “¿Volverá a haber alguien como él?”. El propio patriarca les dejó escrita la respuesta.

 Los libros mosaicos explican el surgimiento inicial de las enfermedades y la muerte, y la razón de que Dios permitiera que prosiguiese la maldad (Génesis 3:1-19; Job, capítulos 1, 2). En Génesis 3:15 se consigna la primera profecía divina: la promesa de que el mal terminará erradicado. ¿Cómo se hará realidad? Esta predicción apuntó al nacimiento de un salvador y de este modo alentó la esperanza de que se alzaría un Mesías que liberaría al hombre. Pero ¿de quién se trata? Moisés nos ayuda a identificarlo con toda certeza.

Al acercarse el fin de sus días, él predijo: “Un profeta de en medio de ti mismo, de tus hermanos, semejante a mí, es lo que Jehová tu Dios levantará para ti”. Y agregó: “A él ustedes deben escuchar” (Deuteronomio 18:15). Siglos después, el apóstol Pedro aplicó tales palabras a Jesús (Hechos 3:20-26).

La mayoría de los intérpretes hebreos niegan que haya punto de comparación entre Moisés y Jesús, y aseguran que este pasaje es aplicable a cualquier profeta verdadero posterior al patriarca. Sin embargo, en la versión judía de Moisés Katznelson, Deuteronomio 34:10 dice: “No apareció ningún otro profeta en Israel como Moisés, a quien el Eterno había tratado cara a cara”.

Es cierto que después de él vinieron muchos profetas fieles, como Isaías y Jeremías, pero ninguno tuvo el singular privilegio de tratar “cara a cara” con Dios. Por ello, la profecía de que habría un profeta “como Moisés” ha de referirse a una sola persona: el Mesías. Cabe señalar que antes de la llegada del cristianismo —y de las persecuciones que lanzaron los cristianos falsos—, hubo doctos judíos que tuvieron dicho criterio, tal como ha quedado reflejado en obras hebreas como el Midrás Qohélet Rabbah, que llama a Moisés predecesor del “último redentor”, el Mesías.

Resultan innegables las semejanzas entre Cristo y el gran patriarca (véase el recuadro  “Jesús: profeta como Moisés”). En efecto, Jesús tiene autoridad, es “apacible y humilde de corazón” y odia la maldad y la injusticia (Mateo 11:29; 28:19; Hebreos 1:9). Por ende, es el dirigente que tanto necesitamos, sí, el que va a erradicar la maldad en el futuro cercano y convertir la Tierra entera en un paraíso como el que describe la Biblia. *

^ párr. 3 Véase el libro La Biblia... ¿la Palabra de Dios, o palabra del hombre?, editado por los testigos de Jehová.

^ párr. 20 Si desea aprender más sobre la promesa bíblica de una Tierra paradisíaca bajo el reinado de Cristo, póngase en contacto con los testigos de Jehová, quienes con gusto le darán lecciones de la Biblia gratuitas.