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El día que ardió Canberra

El día que ardió Canberra

 El día que ardió Canberra

DE NUESTRO CORRESPONSAL EN AUSTRALIA

EL 18 DE ENERO DE 2003, los residentes de la capital de Australia se despertaron con un extraño resplandor. Un denso velo de humo había transformado el Sol matinal en una esfera de color rojo sangre. El aire caliente y seco resultaba agobiante. Como el resto de la enorme isla, Canberra padecía los efectos de la falta de lluvia, a tal grado que los árboles, las hojas y la maleza estaban muy resecos. De hecho, los incendios llevaban semanas asolando los extensos eucaliptales del extrarradio.

Por la tarde, abrasadores vientos racheados llevaron a que ocurriera lo inimaginable: las llamas superaron los cortafuegos y se extendieron a los pinares de la zona sudoeste de la ciudad y los alrededores.

Se prende el bosque

Elliot, bombero voluntario, relata su experiencia: “A las tres de la tarde, los pinares rompieron a arder con tanta intensidad que sobre nuestro sector y otros cercanos se precipitaron cenizas encendidas. Fue espantoso ver dirigirse hacia nosotros a gran velocidad un muro de llamas de 40 metros de altura”. El calor extremo y los vientos racheados crearon su propio microclima, formando una bola de fuego que irrumpió vertiginosamente en el sector suburbano de Chapman, desarraigando árboles y destruyendo viviendas a su paso. Se quemaron y desplomaron muchos postes del alumbrado, arrastrando consigo cables electrificados. Tan solo en la primera hora se perdieron 230 casas.

Debido a la furia del fenómeno, las brigadas de bomberos no daban abasto. Elliot explica: “Era desgarrador ver consumirse algunas residencias, pues tuvimos que decidir cuáles intentaríamos salvar y cuáles dejaríamos arder. Y más duro aún era contemplar el regreso de los ocupantes, quienes, angustiados y con lágrimas en los ojos, observaban el estado en que había quedado lo que hasta entonces había sido su hogar”.

Las secuelas

El siniestro se cobró cuatro vidas y dejó centenares de heridos. Una de las víctimas mortales fue una mujer de 36 años que volvió atrás a rescatar unas fotos, pero el techo se derrumbó cortándole el paso e impidiendo que la rescataran.

Una vez que remitieron los vientos y las llamas, se contabilizaron 530 casas en ruinas y 2.500 personas sin techo. También sufrieron graves daños las redes de electricidad, gas y alcantarillado, con la consiguiente inquietud por la insalubridad. El servicio de urgencias del Hospital de Canberra recibió un torrente de ciudadanos con problemas respiratorios. Lamentablemente, al tiempo que se llenaban los centros de evacuación, delincuentes sin entrañas se dedicaban a saquear los domicilios abandonados. No obstante, también se produjo un sinnúmero de actos heroicos y humanitarios. Hubo vecinos que se ayudaron entre sí, extraños que rescataron animales, escuelas que dieron cobijo a los desamparados y bomberos voluntarios que protegieron los inmuebles ajenos aunque perdieran los suyos propios.

Los árboles volverán a crecer y los edificios se reconstruirán, pero el impacto de la devastación “no desaparecerá [...] de la conciencia histórica de Canberra”, señaló el primer ministro John Howard.

[Reconocimiento de la página 25]

AP Photo/Fairfax, Pat Scala