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¡Otra vez está lloviendo!

¡Otra vez está lloviendo!

 ¡Otra vez está lloviendo!

De nuestro corresponsal en Irlanda

“¡Ay no! ¡Otra vez está lloviendo!”

¿Ha hecho el lector comentarios como este? Aquí, en la costa atlántica irlandesa, por poner un ejemplo, no es raro escucharlos. En pleno verano, cuando más confiado está el turista de que el sol le permitirá disfrutar de algún pintoresco panorama, se encuentra al llegar con ventarrones y lluvias torrenciales que le llevan a olvidar la gratitud que todos debemos sentir por la lluvia, sin la cual no existiríamos ni nosotros ni el hermoso paisaje.

Aunque la tierra esté bien mojada, es inevitable que vuelva a caer agua, como si arriba hubiera un depósito inagotable. ¿A qué se debe? A un sorprendente sistema de reciclaje que consta de tres fases principales: evaporación, condensación y precipitación. Basta con un breve repaso para comprobar que este intrincado proceso no tiene nada de accidental o caótico, sino que, como afirma un especialista, “se rige por leyes fijas e inmutables”.

La evaporación

En nuestro planeta, cerca del noventa y siete por ciento del agua se encuentra en los océanos, y el resto en glaciares, lagos y acuíferos, principalmente. Ahora bien, como es obvio, el mar no ofrece agua potable. Haciendo nuestro el lamento del agobiado navegante de la Balada del viejo marinero, * diremos que nos brinda “agua, agua, por todas partes, [pero] para beber ni una gota”.

Antes de volverse potable, el agua salada realiza un largo y complicado viaje. Primero debe convertirse en gas al evaporarse. Todos los años, el calor del Sol eleva hacia la atmósfera unos 400.000 kilómetros cúbicos del líquido elemento procedentes de la tierra y el mar. En la antigüedad, un hombre llamado Elihú reconoció los méritos de Dios por tal mecanismo al decir: “Él atrae las gotas de agua, que destilan lluvia de su vapor” (Job 36:27, Moisés Katznelson).

 La atmósfera misma es un “sistema de increíble complejidad” con un espesor de más de 400 kilómetros. Pero el reciclaje del agua tiene lugar entre los 10 y los 20 kilómetros más próximos a la superficie del globo. Este estrato, llamado troposfera, es “la región en contacto con la corteza terrestre; en ella se forman las nubes, la lluvia, la nieve, los huracanes y los tornados”, comenta el libro Our Fragile Water Planet (Nuestro frágil planeta acuático).

Cuanto más caliente está el aire, más humedad retiene —razón por la que la ropa tendida se seca antes en un día caluroso y con viento—. El nivel máximo se registra en las regiones tropicales. Entonces, ¿cómo llega toda esa humedad a donde hace falta? Gracias a las potentes corrientes de aire del planeta, generadas por la particular forma en que gira la Tierra sobre su eje y por la diferencia de temperatura existente entre unas partes de la superficie terrestre y otras. A consecuencia de dichas corrientes, la atmósfera se halla en un estado de turbulencia permanente.

Nuestra agitada atmósfera contiene enormes masas de aire, comparables a islas, donde la temperatura es más o menos pareja. ¿Qué extensión llegan a alcanzar? Varios millones de kilómetros cuadrados. Las masas de aire caliente se originan en los trópicos, y las de aire frío, en los polos, y en ambos casos transportan descomunales cantidades de agua.

Otro magistral mecanismo es el desplazamiento del vapor de agua  por la atmósfera, gracias a lo cual se transfiere el calor de las zonas cálidas (como los trópicos) a las frías. Sin este proceso, el planeta sufriría un continuo e implacable incremento de las temperaturas.

La condensación

Ahora bien, aunque el vapor cumpla importantes cometidos en la atmósfera, obviamente no nos serviría de mucho si se limitara a permanecer suspendido en las alturas. Tomemos como ejemplo el Sahara, región muy árida pese a que la atmósfera contiene bastante humedad. ¿Cómo regresa esta a la superficie? Primero se condensa, es decir, vuelve al estado líquido.

Probablemente hayamos visto que el vapor de la ducha se condensa en contacto con un cristal o espejo más frío. Pues algo parecido ocurre al bajar la temperatura de una masa de aire caliente que asciende a altitudes más frías. ¿Por qué se eleva? Bien porque la empuja hacia arriba otra masa de aire más fría, bien por acción de las montañas o, especialmente en los trópicos, por las corrientes de convección.

Pero ¿sobre qué puede condensarse el vapor en la atmósfera? En torno a multitud de partículas diminutas de humo, polvo y sal. Al enfriarse el aire, el vapor se condensa alrededor de estos núcleos, y las gotitas forman nubes.

Pero esa agua no cae de inmediato. ¿Por qué no, si es ochocientas veces más densa que el aire? Porque cada gotita de nube es tan pequeña y liviana que se mantiene suspendida en las corrientes. Elihú, personaje bíblico ya mencionado, también manifestó su asombro ante esta etapa del ciclo del agua cuando habló de “cómo flotan las nubes en el aire, prueba admirable de [la] perfecta inteligencia” del Creador (Job 37:16, Versión Popular). ¿No es impresionante que esa pequeña masa esponjosa que tenemos sobre nosotros pueda contener entre 100 y 1.000 toneladas de líquido?

La precipitación

Lo cierto es que muchas nubes nunca producen lluvia u otras precipitaciones. Explicar  cómo llega el agua a la atmósfera y cómo flotan las nubes en el cielo es relativamente sencillo. “Lo difícil es explicar cómo cae el agua [de vuelta] al suelo.” (The Challenge of the Atmosphere [El reto de la atmósfera].)

Para formar una gota de lluvia hacen falta “al menos un millón de gotitas de nube”. ¿De qué manera se convierten estas gotitas en los mil millones de toneladas de agua que caen al suelo cada minuto de cada día? Nadie parece tener una respuesta totalmente satisfactoria. ¿Se limitan a juntarse unas con otras para formar gotas más grandes? Así sucede a veces, y es probable que esta sea una buena explicación del “enigma de la formación de las gotas de lluvia” para los trópicos, pero no para sitios como la costa atlántica de Irlanda.

En esta región no es solo asunto de que las gotitas de nube se fusionen. Por mecanismos que no entendemos del todo, forman diminutos cristales de hielo, los cuales, a su vez, se agrupan para convertirse en “una de las obras maestras más exquisitas de la naturaleza”: el copo de nieve. Cuando los copos crecen y se hacen más pesados, superan las corrientes de aire ascendentes y comienzan a caer. Si hace suficiente frío, descienden en cantidades de miles de millones para formar el blanco manto que cubre la tierra. Pero si al precipitarse atraviesan una capa de aire caliente, se derriten y se convierten en lluvia. De modo que la nieve no es lluvia congelada; más bien, casi toda la lluvia —al menos en las regiones templadas— es nieve que se derrite mientras va cayendo.

De este modo, tras un recorrido de quizás miles de kilómetros y gracias a la intervención de complicados mecanismos aún no comprendidos a cabalidad, la lluvia vuelve al suelo. Bueno, es cierto que a veces interfiere con nuestros planes y objetivos, pero es parte de un extraordinario ciclo que nos permite disponer de un inagotable suministro de agua. En efecto, la lluvia es una verdadera bendición, y estamos seguros de que la próxima vez que volvamos a sentirla sobre el rostro estaremos un poco más agradecidos por este don divino.

[Nota]

^ párr. 7 Del poeta inglés Samuel Taylor Coleridge.

[Ilustración y recuadro de la página 14]

La formación del granizo

“El granizo es el producto singular de enormes nubarrones turbulentos”, afirma el libro Weather (El clima). Dentro de estos, las gotitas de nube que se forman en torno a un núcleo diminuto son arrastradas a veces por fuertes corrientes ascendentes que las elevan a zonas heladas de la misma nube. Allí, en medio de temperaturas gélidas, otras gotitas se condensan sobre la gota embrionaria y se hielan al instante. El proceso se repite varias veces: la gota congelada sube y baja, dentro y fuera de la zona gélida, engrosándose más y más su recubrimiento de hielo —como las capas de una cebolla—, por lo que aumenta de peso. Cuando ya no pueden soportarla las corrientes de aire ascendentes de la nube, cae en forma de granizo. “En ocasiones —dice la obra Atmósfera, tiempo y clima—, el granizo puede alcanzar un tamaño gigante y un peso de hasta 0,76 kg cada grano.”

[Ilustración]

(Para ver el texto en su formato original, consulte la publicación)

granizo

↑ corriente de aire ascendente

punto de congelación .........................

↓ corriente de aire descendente

[Ilustraciones y recuadro de la página 15]

¿Lo sabía?

Como promedio, la humedad atmosférica de nuestro planeta solo alcanza para unos diez días de lluvia.

Una tormenta eléctrica de verano llega a descargar una energía equivalente a la de doce bombas como la que destruyó Hiroshima durante la segunda guerra mundial. En todo el planeta ocurren unas cuarenta y cinco mil tormentas eléctricas cada día.

La atmósfera no se calienta principalmente por la luz directa del Sol. La mayor parte de esa energía atraviesa la atmósfera y calienta la Tierra, cuya superficie calentada irradia calor a la atmósfera.

El agua es la única sustancia abundante de nuestro planeta que puede coincidir en un mismo punto en los tres estados de la materia: sólido, líquido y gaseoso.

La niebla no es más que una nube a ras de tierra.

[Ilustraciones de las páginas 16 y 17]

(Para ver el texto en su formato original, consulte la publicación)

Los océanos contienen el 97% del agua del planeta

El calor del Sol evapora el agua

El vapor de agua se condensa y forma las nubes

Las nubes liberan la humedad por medio de las precipitaciones

Gotas de lluvia y copos de nieve