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¿Está determinada nuestra personalidad por el grupo sanguíneo?

¿Está determinada nuestra personalidad por el grupo sanguíneo?

 El punto de vista bíblico

¿Está determinada nuestra personalidad por el grupo sanguíneo?

EN ALGUNAS naciones del mundo es frecuente evaluar la personalidad basándose en el grupo sanguíneo. En Japón, por poner un caso, se inician muchas conversaciones preguntando: “¿Cuál es su tipo de sangre?”. Según esta teoría, la gente del grupo A es tranquila, responsable y suspicaz; la del B, abierta, temperamental y cándida, y así por el estilo. De igual modo, se afirma que dos individuos congeniarán o no en función de los grupos implicados.

Por consiguiente, hay quienes conceden gran importancia al tipo de sangre a la hora de agrupar estudiantes, elegir ejecutivos e incluso buscar pareja. ¿Existe prueba alguna de que dicho factor determine el carácter? ¿Hay alguna enseñanza bíblica que podamos relacionar con este tema?

¿Qué es el grupo sanguíneo?

La obra The World Book Multimedia Encyclopedia señala: “La membrana de los glóbulos rojos contiene unas proteínas llamadas antígenos, de los cuales hay más de trescientas clases identificadas”. Algunos están presentes en un ser humano y en otro no; además, existen ciertas variedades que no pueden coexistir en el mismo cuerpo. Así, “la ciencia clasifica la sangre humana en varios grupos, de acuerdo con la presencia o ausencia de determinados antígenos”, añade la citada enciclopedia.

El sistema de clasificación sanguínea más aceptado es el ABO, que consta de cuatro tipos: A, B, AB y O, y otro método muy común es el Rh. En total hay una veintena de métodos de tipificación, lo que subraya la complejidad de este líquido vital. De ahí que la Encyclopædia  Britannica asevere: “En vista de la enorme cantidad de antígenos presentes en los glóbulos rojos, es sumamente improbable que dos personas, aparte de los gemelos idénticos, cuenten con exactamente los mismos elementos dentro de un grupo sanguíneo”.

De modo que, en rigor, cada individuo posee un “tipo de sangre” único, por lo que parece infundado afirmar que determinado grupo sanguíneo implica la existencia de ciertos rasgos del carácter. Debe señalarse que en la formación de la personalidad influyen varios factores.

¿Qué define nuestra personalidad?

“La personalidad es la suma de los rasgos de la conducta, tanto innatos como adquiridos, que distinguen a cada individuo.” (Encyclopædia Britannica.) En efecto, aparte de la herencia hay otros aspectos (ambiente familiar, crianza, amistades, buenas y malas experiencias, etc.) que moldean el carácter. Por tanto, los genes no son el único factor que define la personalidad, la cual llega a diferir incluso entre gemelos idénticos, dotados del mismo legado genético.

Otro aspecto destacable es que la personalidad puede cambiar, sea por agentes externos o internos. El apóstol Pablo recalcó el poder de las enseñanzas bíblicas como medio para reformar a la gente. Escribió: “Desnúdense de la vieja personalidad con sus prácticas, y vístanse de la nueva personalidad, que mediante conocimiento exacto va haciéndose nueva según la imagen de Aquel que la ha creado” (Colosenses 3:9, 10). El cristiano comprende que es pecador y ha heredado malas tendencias, por lo que debe transformar su personalidad para que Dios lo acepte.

¿Qué hace posible tal cambio? El poder de la palabra, o mensaje, de Dios. Pablo destacó cuánto influye esta palabra, que hoy se halla en la Biblia, al escribir: “La palabra de Dios es viva, y ejerce poder, y es más aguda que toda espada de dos filos, y penetra hasta dividir entre alma y espíritu, y entre coyunturas y su tuétano, y puede discernir pensamientos e intenciones del corazón” (Hebreos 4:12). Cuando alguien cede a la influencia del espíritu de Dios y lucha por amoldarse a las normas de moralidad bíblicas, su carácter va cambiando, y se crea una personalidad cristiana que abarca “los tiernos cariños de la compasión, la bondad, la humildad mental, la apacibilidad y la gran paciencia” (Colosenses 3:12).

Actitud razonable del cristiano

Cierto, no hay ningún principio bíblico que prohíba el estudio de los grupos sanguíneos, pero otra cosa muy distinta es afirmar que estos tengan que ver con la conducta humana. Como en los demás asuntos de la vida, debemos guiar nuestros pasos por la Palabra de Dios (Salmo 119:105). Es igualmente fundamental mantener una postura razonable (Filipenses 4:5).

No sería equilibrado valerse del grupo sanguíneo como pretexto para no corregir defectos del carácter. Sin importar su constitución genética, el cristiano tiene que seguir puliendo su personalidad para que refleje tanto como sea posible las cualidades de Jehová y Jesús (Efesios 5:1).

Asimismo, procura ver a los demás como Jehová los ve. “Dios no es parcial” y recibe con gusto a gente de toda clase (Hechos 10:34, 35). Por ello, no sería un comportamiento razonable ni cristiano evitar la compañía de alguien solo por su tipo de sangre, ni relacionarnos exclusivamente con quienes tengan un grupo “compatible” con el nuestro. La Biblia advierte: “Si continúan mostrando favoritismo, están obrando un pecado” (Santiago 2:9).

Gracias a los adelantos científicos y técnicos, se hacen muchos descubrimientos y se proponen nuevas hipótesis respecto al cuerpo humano, y es natural que tales temas despierten nuestro interés. Aun así, los cristianos hacen bien en dejar que sean las enseñanzas bíblicas, y no las teorías humanas, las que guíen su modo de pensar. De esta manera, seguirán en todo aspecto de la vida la siguiente exhortación: “Asegúrense de todas las cosas; adhiéranse firmemente a lo que es excelente” (1 Tesalonicenses 5:21).