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Islas Samoa

Islas Samoa

 Islas Samoa

ENTRE las cálidas y azules aguas del océano Pacífico encontramos el archipiélago de Samoa, a mitad de camino entre Hawai y Nueva Zelanda. Estas islas de origen volcánico poseen una increíble belleza, con sus cimas acariciadas por las nubes, sus exuberantes bosques tropicales y sus playas bordeadas de palmeras. Bajo las cristalinas lagunas se esconde otro paraíso, con 200 variedades de coral y 900 especies de peces. Con razón los primeros misioneros europeos que las vieron dijeron que estas islas, perfumadas por las flores del frangipani, eran las más hermosas del Pacífico sur.

Los primeros pobladores de las islas Samoa fueron posiblemente los lapitas, un pueblo de intrépidos exploradores y expertos navegantes que vivían en el sureste asiático. * Siguiendo los vientos y las corrientes marinas, recorrieron vastas extensiones de océano en grandes piraguas dobles, como nunca antes había hecho nadie. Así fue como diez siglos antes de Cristo descubrieron en el corazón del Pacífico sur el pequeño archipiélago al que llamaron Samoa.

A lo largo de los siglos, sus descendientes emigraron a Tahití (al este), a Hawai (al norte), a Nueva Zelanda (al suroeste) y a la isla de Pascua (al sureste). La enorme región triangular que forman estas tres últimas islas se conoce como Polinesia, que significa “muchas islas”. Se dice que Samoa es la cuna de Polinesia.

En la actualidad, algunos samoanos intrépidos han emprendido un viaje mucho más importante. Como sus antepasados, han ido en busca de una vida mejor. Pero no se trata de una expedición geográfica, sino de un viaje que los  ha llevado de la oscuridad espiritual a la luz espiritual. Es la búsqueda de la adoración que aprueba Jehová, el Dios verdadero (Juan 4:23).

El archipiélago de Samoa está dividido en dos grupos de islas: Samoa * (que desde 1962 es un estado independiente) y Samoa Norteamericana (que pertenece a Estados Unidos). Esta es la historia de los testigos de Jehová en Samoa, Samoa Norteamericana y Tokelau.

LLEGA LA LUZ DE LA VERDAD

Las buenas nuevas del Reino de Dios llegaron por primera vez a Samoa en 1931, cuando un visitante distribuyó más de cuatrocientos setenta libros y folletos entre los habitantes del archipiélago. Ese visitante probablemente fue Sydney Shepherd, un entusiasta Testigo que recorría la Polinesia difundiendo las buenas nuevas.

Siete años más tarde, el mensaje del Reino llegó a Samoa Norteamericana cuando J. F. Rutherford, de la sede mundial de los testigos de Jehová, ubicada en Brooklyn (Nueva York), hizo escala en Tutuila cuando viajaba en barco de Australia a Estados Unidos. Rutherford y sus acompañantes aprovecharon aquella breve visita para distribuir publicaciones en la ciudad portuaria de Pago Pago.

Dos años después, en 1940, Harold Gill, que había servido de precursor en muchos lugares de la región de Asia y el Pacífico, llegó a Samoa Norteamericana con 3.500 ejemplares del folleto ¿Dónde están los muertos?, la primera publicación en samoano editada por los testigos de Jehová. *

 Harold viajó luego hasta la isla de Upolu (Samoa), que estaba a una distancia de entre ocho y diez horas en barco. “Parece que se enteraron de mi viaje —escribió más tarde—, pues cuando llegué, un policía me prohibió desembarcar. Le mostré mi pasaporte y le leí el grandilocuente preámbulo que solicita que al titular, que es súbdito de su Majestad, el Rey de Inglaterra, ‘se le permita la libre entrada y se le preste toda la ayuda y protección que necesite’. Así conseguí una entrevista con el gobernador, quien permitió que me quedara hasta que zarpara el siguiente barco, cinco días después. Alquilé una bicicleta y viajé por la isla distribuyendo folletos.”

Después de su campaña de predicación, Harold se vio obligado a regresar a Australia. Pero una de las publicaciones que dejó llegó a manos de un oficinista llamado Pele Fuaiupolu. * El mensaje del folleto permaneció en el corazón de Pele, esperando a que los Testigos volvieran para regar las preciosas verdades que se habían sembrado (1 Cor. 3:6).

Doce años más tarde, en 1952, un Testigo de Inglaterra llamado John Croxford llegó a la capital de Samoa, Apia, situada en la isla de Upolu. John, un hombre muy amigable que siempre estaba listo para dar testimonio, empezó a trabajar en la oficina de Pele. Al ver su interés en la Biblia, John decidió visitarlo en su casa. Pele escribe: “Conversamos hasta la madrugada del domingo. Le hice muchas preguntas y me las contestó todas con la Biblia. No me quedaba ninguna duda: había encontrado la verdad que  tanto tiempo llevaba buscando”. Aquel mismo año, Pele y su esposa —Ailua— dedicaron su vida a Jehová y se bautizaron. Ellos fueron los primeros samoanos que se hicieron Testigos.

Pele sabía que tendría que explicar por qué había abandonado la religión de sus antepasados. Así que estudió mucho y oró con fervor a Jehová. El jefe principal de la familia convocó una reunión en la aldea donde se había criado Pele: Faleasiu, una población costera bastante grande situada a 19 kilómetros (12 millas) al oeste de Apia. Al llegar, Pele y un pariente interesado en la verdad encontraron a un grupo hostil compuesto de seis jefes, tres oradores, diez pastores, dos profesores de Teología y el jefe principal, además de ancianos y mujeres de la familia.

“Nos maldijeron y nos condenaron porque, según ellos, habíamos deshonrado el nombre de la familia y la iglesia de nuestros antepasados”, recuerda Pele. Entonces el jefe propuso un debate, que duró hasta las cuatro de la madrugada.

“Aunque algunos gritaron: ‘¡Saca esa Biblia de aquí! ¡No uses la Biblia!’, contesté todas sus preguntas con las Escrituras y desmentí sus argumentos —indica Pele—. Por fin, se quedaron callados y agacharon la cabeza. Entonces el jefe dijo con voz débil: ‘Ganaste, Pele’.”

Pero él le respondió: “Perdóneme, señor. No he ganado. Esta noche usted escuchó el mensaje del Reino.  Mi sincero deseo es que le preste atención”.

Gracias a la confianza de Pele en Jehová y en su Palabra, la semilla del Reino echó raíces en Upolu.

LAS PRIMERAS REUNIONES

Las noticias sobre la nueva religión de Pele se difundieron enseguida por toda la isla. Al igual que los atenienses del siglo primero a quienes predicó Pablo, algunos sentían curiosidad por esta “nueva enseñanza” y querían saber más (Hech. 17:19, 20). Un joven llamado Maatusi Leauanae se enteró de que todas las semanas se celebraban reuniones de la nueva religión en la casa que tenía un médico en el terreno del hospital. Así que quiso averiguar de qué se trataba, pero cuando llegó a la puerta del hospital, lo vencieron los nervios y dio media vuelta. Afortunadamente, el hermano John Croxford llegó justo a tiempo para invitarlo a la reunión que iba a tener el grupito aquella noche. Maatusi disfrutó del estudio del libro “Sea Dios veraz” y decidió volver. Aunque al principio asistía a las reuniones esporádicamente, al final abrazó la verdad y se bautizó en 1956.

Los nuevos pronto vieron la importancia de hablar a los demás sobre lo que habían aprendido. En menos de cinco meses desde la llegada del hermano Croxford a Apia ya había diez personas participando en la predicación. Cuatro meses más tarde, el número aumentó a diecinueve. Estos nuevos publicadores tuvieron buenos resultados al dar testimonio a amigos y parientes.

Uno de ellos predicó a su primo Sauvao Toetu, quien vivía en Faleasiu. Con el tiempo, Sauvao y su cuñado, Finau Feomaia, empezaron a asistir a las reuniones con sus familias y se pusieron de parte de la verdad.

 En enero de 1953 se produjo un hito en la historia teocrática de Samoa. Dado que unas cuarenta personas asistían a las reuniones, la sucursal de los testigos de Jehová de Australia aprobó la formación de una congregación en la ciudad de Apia, la primera de toda Samoa. Cuando el hermano Croxford regresó a Inglaterra, Pele, que acababa de bautizarse, se encargó de dirigir la congregación. Aunque los publicadores eran intrépidos y celosos, tenían poca experiencia, pues eran bastante nuevos. Muchos tenían que aprender a presentar el mensaje del Reino con más tacto y de forma más atrayente (Col. 4:6). Otros necesitaban ayuda para vestirse de la nueva personalidad a mayor grado (Efe. 4:22-24). Afortunadamente, pronto llegaría esa ayuda (Efe. 4:8, 11-16).

AYUDA DEL EXTRANJERO

En mayo de 1953 llegó un matrimonio de precursores australianos, Ronald y Olive (Dolly) Sellars, para ayudar a la congregación de Apia. “La sucursal de Australia había perdido el contacto con los hermanos y estaban preocupados —escribe Ron—. Como les habíamos dicho que estábamos dispuestos a ir al Pacífico, nos pidieron que fuéramos a la congregación que se había formado en Samoa a servir de precursores especiales.”

Mientras viajaban a su destino en hidroavión, Ron y Dolly pensaron en los retos a los que se enfrentan los misioneros que van a lugares lejanos. “¡Qué sorpresa nos esperaba! —recuerda Ron—. La isla estaba cubierta de una exuberante vegetación tropical. En todas partes veíamos personas felices, rebosantes de salud. Siempre había niños correteando alrededor de las típicas casas sin paredes, con techos de paja y pisos de coral muy limpios. La gente no iba corriendo de un lugar a otro; todos vivían muy tranquilos. Parecía que habíamos llegado al paraíso.”

 Los hermanos Sellars se alojaron en la casa de la familia de Pele y enseguida se pusieron a trabajar. “Me reunía casi todas las noches con los hermanos para contestar sus muchas preguntas —dice Ron—. Aunque conocían las doctrinas fundamentales de la Biblia, vi que tenían que hacer muchos cambios a fin de estar a la altura de las normas de Dios. Para ayudarlos durante este difícil período, Dolly y yo nos esforzamos por ser muy pacientes y cariñosos.” Lamentablemente, algunos se negaron a seguir los principios bíblicos y poco a poco se apartaron de la congregación. Otros, sin embargo, fueron humildes y respondieron bien a los consejos y al ánimo. Con el tiempo progresaron espiritualmente, y como resultado, la congregación quedó refinada y fortalecida.

Ron y Dolly también encabezaron la obra de predicar de casa en casa. Hasta entonces, la mayoría de los hermanos solo habían dado testimonio informal a amigos y vecinos. Pero ahora, mientras predicaban de casa en casa con los hermanos Sellars, hallaron a muchas personas interesadas. “En cierta ocasión —escribe Ron—, un jefe nos invitó a su aldea para que le habláramos del Reino. Después de la comida tuvimos una animada conversación bíblica. En una hora la conversación se convirtió en un discurso público porque ya había casi cincuenta personas presentes, y eso que no habíamos avisado a nadie.” Cuando los publicadores daban clases bíblicas a dos o tres personas a la vez, acudían de diez a cuarenta curiosos que querían conocer mejor la obra de los testigos de Jehová.

Ahora bien, el clero de la cristiandad estaba al tanto de nuestra obra. Como las autoridades se negaron a extender los permisos de estancia a Ron y Dolly, este acudió a un alto funcionario para preguntarle cuál era el problema. Ron recuerda: “Nos dijo que cierto clérigo se había quejado ante el gobierno por nuestra predicación.  Por ello, solo podía extendernos el visado si nos comprometíamos a no ayudar más a la congregación en la obra de predicar. No acepté sus condiciones y le mencioné que debía tener muy presente que nadie detendría la obra de Dios. Riéndose, respondió: ‘¡Ya veremos qué ocurre cuando ustedes se vayan!’”.

A partir de ese momento, las autoridades se aseguraron de que los Testigos extranjeros no entraran en el país. No obstante, en 1953, Theodore Jaracz, quien en ese tiempo servía en la sucursal de Australia y actualmente es miembro del Cuerpo Gobernante, entró en Samoa sin llamar la atención para infundir ánimo a la congregación. “Su visita nos animó muchísimo y nos confirmó que íbamos por buen camino”, dice Ron.

Poco después, Ron y Dolly se mudaron a Samoa Norteamericana debido a que caducaron sus visados. Sin embargo, durante los ocho meses que pasaron en Samoa, estabilizaron y fortalecieron mucho a los hermanos. Y aunque las autoridades no lo sabían, pronto llegarían otros Testigos que tomarían el lugar de los hermanos Sellars.

PROGRESO EN APIA

Richard Jenkins, un entusiasta australiano de 23 años que llevaba poco tiempo bautizado llegó a Apia en mayo de 1954. Él relata: “Antes de partir de Australia, me aconsejaron que no me relacionara con los hermanos hasta que tuviera un empleo fijo. Pero después de varios meses, me sentí muy solo y hasta vulnerable en sentido espiritual. Así  que decidí comunicarme discretamente con Pele Fuaiupolu”. Los dos se juntaron tarde por la noche al amparo de la oscuridad.

“Pele me dijo que no usaría mi nombre para evitar que las autoridades me relacionaran con la congregación y me deportaran —recuerda Richard—. Así que me dio el nombre de su hijo recién nacido, Uitinese, que es la palabra samoana para ‘testigo’. Hasta el día de hoy, los hermanos samoanos me conocen por ese nombre.”

Utilizando su nuevo apodo, Richard mantuvo contacto discreto con los hermanos. También dio testimonio informal y empezó a conducir varios estudios bíblicos. Uno de sus estudiantes, Mufaulu Galuvao, un joven que trabajaba como inspector de sanidad, llegó a formar parte del Comité de Sucursal de Samoa. Con el tiempo, otro estudiante de la Biblia, Falema‘a Tuipoloa, también se hizo Testigo, así como varios miembros de su familia.

Un joven que estudiaba con Richard llamado Siemu Taase era el cabecilla de una pandilla de ladrones que robaban objetos del departamento de obras públicas. Pues bien, antes de progresar espiritualmente, Siemu fue encarcelado por los delitos que había cometido en el pasado. Richard no se dio por vencido y obtuvo un permiso del director de la prisión para seguir dándole a Siemu las clases bíblicas debajo de un frondoso árbol de mango a unos 100 metros (100 yardas) fuera de los muros de la prisión. Con el tiempo se unieron al estudio otros reclusos.

“Aunque no había guardias vigilándonos —recuerda Richard—, ninguno de los prisioneros trató de escapar, y algunos de ellos terminaron aceptando la verdad.” Siemu fue puesto en libertad, y con el tiempo llegó a ser anciano de la congregación.

En 1955, Richard se casó con una precursora australiana llamada Gloria Green. Juntos sirvieron quince años  en Samoa y ayudaron a 35 personas a aprender la verdad antes de regresar a Australia. Actualmente viven en Brisbane, donde Richard es anciano en la congregación de habla samoana.

En 1956 llegó a Apia otro matrimonio australiano, William (Bill) y Marjorie (Girlie) Moss. Bill era un anciano muy práctico, y Girlie llevaba veinticuatro años de precursora. En aquel tiempo había veintiocho publicadores en la congregación de Apia, y había grupos de estudio de libro tanto en Apia como en Faleasiu. Durante nueve años, Bill y Girlie trabajaron incansablemente con la congregación de Apia. Cuando la frágil salud de Girlie los obligó a regresar a Australia en 1965, el grupo de Faleasiu se había convertido en una congregación.

Durante aquellos años, el gobierno samoano en repetidas ocasiones se negó a dejar entrar a los misioneros extranjeros. Era obvio que ellos y el clero esperaban que los testigos de Jehová desaparecieran gradualmente. No obstante, ocurrió lo contrario. Los Testigos aumentaban en cantidad, y su obra crecía en intensidad. Estaba claro que no iban a desaparecer.

PROGRESO EN SAMOA NORTEAMERICANA

Antes de que su visado para entrar en Samoa y el de su esposa expiraran en 1954, Ron Sellars decidió solicitar la residencia en Samoa Norteamericana en vez de regresar  a Australia. “Cuando hablé con el fiscal general de Samoa Norteamericana —escribe Ron— y este se enteró de que el gobierno samoano había denegado nuestras solicitudes del visado por motivos religiosos, dijo: ‘Señor Sellars, nosotros tenemos libertad religiosa en Samoa Norteamericana. Yo mismo me voy a encargar de que usted consiga su permiso de residencia’.”

Ron y Dolly llegaron a Pago Pago (Samoa Norteamericana) el 5 de enero de 1954. Como condición para quedarse en el país, el fiscal general le pidió a Ron que pasara por su oficina regularmente para familiarizarse mejor con los testigos de Jehová. El resultado fue que tuvieron varias conversaciones bíblicas muy interesantes.

Ese mismo mes, el fiscal general invitó a Ron y Dolly a cenar en su casa. Como también estaban invitados el sacerdote católico del pueblo y el pastor de la Sociedad Misionera de Londres, se entabló una animada conversación bíblica. “Antes de marcharnos —recuerda Ron—, el fiscal nos dio las gracias a todos por haber aceptado la invitación y dijo: ‘Bueno, creo que los señores Sellars ganaron la discusión esta noche’. Poco después recibimos el permiso de residencia permanente. Cuando el fiscal general nos informó que el gobierno aceptaría otras solicitudes de Testigos misioneros para entrar en el país, se lo comuniqué inmediatamente a la sucursal de Australia.”

 La primera persona que dedicó su vida a Jehová en Samoa Norteamericana fue un joven de 19 años originario de Tokelau llamado Ualesi (Wallace) Pedro. Lydia Pedro, una pariente suya que servía de precursora especial en Fiyi, le había dado un ejemplar del libro “Sea Dios veraz” al hermano mayor de Wallace cuando lo visitó en 1952. Wallace vio el libro en la casa de su hermano y lo estudió detenidamente.

Ron y Dolly conocieron a la familia Pedro en 1954 y empezaron a dar clases de la Biblia al hermano y la hermana mayores de Wallace. Aunque Wallace creía en Jehová Dios, se resistía a unirse al estudio porque desconfiaba de la religión. Pero con el tiempo quedó convencido de que los testigos de Jehová tienen la verdad y empezó a asistir con regularidad a las reuniones en Fagatoga. Progresó rápidamente y el 30 de abril de 1955 se bautizó en el puerto de Pago Pago.

Ya para enero de 1955, tan solo un año después de la llegada de Ron y Dolly, siete personas asistían a las reuniones que se celebraban en el humilde hogar del matrimonio, situado en Fagatoga. La casa tenía pocos muebles, de modo que todos se sentaban en el suelo. En poco tiempo, tres de aquellos estudiantes empezaron a acompañar a Ron y Dolly en el ministerio del campo. Aunque fueron comienzos muy modestos, enseguida se producirían importantes progresos.

LLEGAN MISIONEROS DE GALAAD

El 4 de febrero de 1955 llegaron a Samoa Norteamericana dos parejas de misioneros de Estados Unidos: Paul y Frances Evans, y Gordon y Patricia Scott. Se establecieron en el hogar misional de Fagatoga, que estaba en un vecindario con mucha actividad. Un superintendente de circuito llamado Leonard (Len) Helberg, que visitó Pago Pago ese año, describe así lo que vio:

 “El hogar misional era un apartamento grande que estaba encima de una tienda antigua. Cerca de allí, al otro lado de un riachuelo, había un bar frecuentado todas las noches por los marineros, que a veces terminaban en la calle peleándose. Cuando eso sucedía, llegaba el jefe de policía, un hombre pequeño pero fornido que se metía entre la multitud sin quitarse el cigarro de la boca repartiendo puñetazos indiscriminadamente. Desde el patio trasero se oían los sermones sobre el infierno que se pronunciaban en una iglesia cercana. Y desde el balcón del frente veíamos a la gente ir al banco una vez al mes para recibir su paga del gobierno. Los misioneros de otras iglesias llegaban de diferentes partes de la isla y caminaban entre la muchedumbre tratando desesperadamente de recolectar el diezmo antes de que se gastaran todo el dinero.”

Rodeados de ese ambiente no era difícil encontrar personas interesadas en las cosas espirituales. “Un hermano que era misionero—relata Len— empezaba el día a las seis de la mañana dando clases bíblicas al dueño de una barbería que estaba frente al hogar misional, al otro lado de la plaza, antes de que este abriera su negocio. Después se iba a comprar el pan para el desayuno, pero antes también se sentaba con el panadero para enseñarle sobre la Biblia. Más adelante, durante el día, ese mismo hermano iba a la plaza del pueblo para ayudar a un grupo de presidiarios que querían conocer mejor la Biblia.” Al final de ese año, los misioneros dirigían 60 clases bíblicas con más de doscientas personas.

“ESTA NOCHE HAY PELÍCULA GRATIS”

Algo que logró aumentar el interés por la verdad bíblica fue la película La Sociedad del Nuevo Mundo en acción. *  Este filme, el primero que producía la organización desde el “Foto-Drama de la Creación” (presentado cuarenta años antes), mostraba cómo llevamos a cabo nuestra obra mundial y cómo estamos organizados. En la visita de cuatro semanas que realizó en 1955 a Samoa Norteamericana, Len proyectó el documental quince veces. La asistencia total fue de 3.227 personas, un promedio de 215 por proyección.

“Antes de la proyección —recuerda Len— recorríamos en automóvil las aldeas repartiendo invitaciones a todo el mundo. También decíamos en voz alta: ‘Esta noche hay película gratis’ e indicábamos el nombre de la población a la que debían ir.”

La película causaba un gran impacto en la gente. Al final de la proyección, los asistentes siempre tenían muchas preguntas sobre los testigos de Jehová y sus enseñanzas. No esperaban a que alguien fuera a visitarlos en su hogar; ellos mismos iban al hogar misional. Los misioneros tuvieron que organizar varias clases bíblicas en diferentes partes de la casa al mismo tiempo. Cuando se marchaba un grupo de estudiantes, llegaba otro. “Durante muchos años —relata Ron Sellars—, la gente siguió relacionando a los testigos de Jehová con las cosas tan maravillosas que había visto en la película.”

LA PERSISTENCIA DA RESULTADO

Dos meses después de la visita de Len Helberg se formó en Fagatoga la primera congregación de los testigos de Jehová en Samoa Norteamericana. En un año pasaron de catorce publicadores a veintidós. Poco después llegaron dos precursores especiales de Australia: Fred y Shirley Wegener. Fred es actualmente miembro del Comité del País.

Todos estos publicadores, precursores y misioneros eran predicadores celosos (Rom. 12:11). Len escribe:  “Gracias a la persistencia de todos y al interés por la Biblia que había en la comunidad, para mediados de los sesenta en toda casa de Fagatoga se había llevado a cabo un estudio bíblico. Ya en aquel tiempo se visitaba a cada familia de la isla una vez al mes”.

Esta campaña de predicación influyó en las creencias de la gente. Len dice: “Todos tenían claro que Dios quería que viviéramos para siempre en la Tierra, que el infierno no es un lugar de tortura y que los muertos están inconscientes. El pueblo no aprendió estas verdades bíblicas elementales gracias a su iglesia, sino gracias a los testigos de Jehová. Nosotros hablábamos con ellos personalmente y razonábamos con ellos usando su propia Biblia”.

Sin embargo, como los vínculos religiosos y familiares eran muy fuertes, muy pocos ponían en práctica lo que aprendían. A otros no les gustaban las elevadas normas morales de los cristianos verdaderos y preferían la actitud sumamente tolerante de las iglesias. Con todo, hubo personas que actuaron como el comerciante viajero de la parábola de Jesús. Para ellas, la verdad era como una perla de gran valor, que no había que dejar escapar. Muchos isleños sinceros se pusieron con valor de parte de la verdad (Mat. 13:45, 46).

PREDICACIÓN AL ESTILO SAMOANO

“La predicación era un verdadero placer”, recuerda Caroline Pedro, una precursora canadiense que se casó en 1960 con Wallace Pedro. Explica: “Casi todo el mundo quería hablar de temas bíblicos. Era muy fácil comenzar estudios bíblicos, en los que, por cierto, estaba presente toda la familia.

”Recuerdo con mucho cariño la predicación en las aldeas más remotas. Cuando íbamos allí, los niños nos seguían de casa en casa y se quedaban escuchando  atentamente nuestra presentación. Al despedirnos, salían corriendo hasta la siguiente casa para avisar que íbamos para allá. Hasta les decían a sus vecinos cuál era nuestro mensaje y qué textos bíblicos estábamos usando. Tuvimos que preparar diferentes presentaciones para que los niños no se nos adelantaran.”

En la predicación, los hermanos siempre tenían presentes los buenos modales y las normas de cortesía del lugar (1 Cor. 9:20-23). Charles Pritchard, quien sirvió de misionero y actualmente es miembro del Comité de Sucursal de Nueva Zelanda, escribe lo siguiente: “Debido al cálido clima tropical, las casas típicas (llamadas fale) no tienen paredes. De modo que era bastante fácil ver si había alguien en casa. Pero se consideraba el colmo de la mala educación ponerse a hablar estando de pie o antes de que a uno lo hubieran invitado a entrar. Por eso nos quedábamos de pie en silencio al lado de las casas hasta que alguien nos viera. Cuando nos veían, ponían una esterilla limpia en el suelo de piedra de la casa. Esa era la forma de invitarnos a entrar. Primero teníamos que descalzarnos y luego sentarnos en la esterilla con las piernas cruzadas”. Para muchos misioneros era un suplicio estar mucho tiempo sentados en el suelo en esa posición. Al menos no estaba mal visto que el invitado estirara las piernas. Eso sí, tenía que cubrírselas totalmente, pues para los samoanos es muy ofensivo que alguien ponga los pies desnudos en dirección al dueño de la casa.

John Rhodes, que durante veinte años fue misionero en las islas Samoa, señala: “La gente nos daba la bienvenida con mucha cortesía y nos decía que para ellos era un honor que les lleváramos el mensaje bíblico a su humilde hogar. Luego nos hacían preguntas personales. Les gustaba saber, por ejemplo, de dónde éramos, si teníamos hijos o dónde vivía nuestra familia”.

 Helen, la esposa de John, añade: “Cuando hablábamos con la gente, empleábamos expresiones formales. Queríamos tratar a los samoanos con la máxima dignidad y que ellos también respetaran nuestro mensaje bíblico”.

“Estas presentaciones —dice Caroline Pedro— permitían que nosotros conociéramos mejor a la familia y ellos a nosotros. De esa manera nos resultaba más fácil ayudarlos espiritualmente.”

Después de las presentaciones protocolarias, los hermanos podían hablar del mensaje del Reino sin ningún problema. “La gente escuchaba atentamente sin interrumpirnos —recuerda el ex misionero Robert Boies—. Cuando terminábamos, nos repetían muchas de las cosas que habíamos dicho; lo hacían para que viéramos que, para ellos, nuestro mensaje era importante.”

Como la población conocía bastante bien la Biblia, era muy habitual entablar largas conversaciones sobre asuntos doctrinales. “Aquellas charlas me obligaron a mejorar mi comprensión de varios temas bíblicos”, reconoce Caroline Pedro. La mayoría de las personas aceptaban publicaciones. Con el tiempo, los publicadores aprendieron a  distinguir entre simple curiosidad y verdadero interés en las cuestiones espirituales.

Muchos de los que habían empezado a asistir a las reuniones estaban deseando salir a predicar. “Los samoanos se expresan muy bien en público —asegura John Rhodes—. De hecho, muchos estudiantes se ponían a hablar a los demás de su fe casi sin tener preparación. Aun así, los animábamos a seguir las sugerencias que habíamos recibido y a basarse en las Escrituras y no solo en sus dotes naturales de oratoria.” Aquella preparación produjo muchos evangelizadores eficaces.

PUBLICACIONES EN SAMOANO

Como no todos los samoanos sabían inglés, en 1954 Pele Fuaiupolu tradujo cuatro tratados al samoano, pues quería llegar al corazón de todas las personas que amaran la verdad. Durante muchos años, Pele fue el principal traductor al samoano que tenía la organización. Trabajaba hasta bien entrada la noche con una vieja máquina de escribir a la luz de una lámpara de queroseno.

Además de ocuparse de la traducción, Pele, que estaba casado, tenía ocho hijos de los cuales ocuparse. También se encargaba de organizar las actividades de la congregación y trabajaba cinco días y medio a la semana inspeccionando las plantaciones de cacao que había en las islas. “Pese a todo lo que hacía —escribe Len Helberg—, Pele jamás buscó el reconocimiento ni los elogios de los demás. Todo lo contrario, siempre se sintió sumamente agradecido por el privilegio de trabajar para Jehová. Era un Testigo leal, humilde y muy diligente. Todos lo admirábamos y lo queríamos mucho.”

En 1955 se distribuyeron 16.000 ejemplares del folleto de 32 páginas titulado “Estas buenas nuevas del reino” en samoano. Esta publicación, que presentaba las enseñanzas básicas de la Biblia de forma muy sencilla, era ideal  para comenzar estudios bíblicos. Richard Jenkins escribe: “Después de estudiar todo el folleto un par de veces, los estudiantes ya estaban listos para el bautismo. ¡Nos encantaba!”. Posteriormente se tradujeron al samoano más folletos.

En 1958 se empezó a publicar La Atalaya en samoano. Fred Wegener, que era impresor profesional, hacía las revistas grapando las hojas que se habían impreso en una multicopista. Posteriormente, las revistas se imprimieron en Estados Unidos y más tarde en Australia. También se tradujeron al samoano varias publicaciones, que se incluían parcialmente todos los meses en la edición samoana de La Atalaya. A principios de la década de 1970 se publicaron libros completos en samoano, lo cual contribuyó mucho al progreso de la obra.

Los libros encuadernados de la organización han tenido siempre una buena acogida en las islas Samoa. En 1955, cuando se distribuyó el libro Usted puede sobrevivir al Armagedón y entrar en el nuevo mundo de Dios, casi todas las familias obtuvieron un ejemplar. “Aunque la gente leía la Biblia, nunca había oído hablar del Armagedón —escribe Wallace Pedro—. Pero después de que leyeron el libro, cuando llegábamos a una aldea, los niños nos anunciaban diciendo: ‘¡Ahí viene Armagedón!’. Algunos padres incluso les ponían a sus hijos el nombre Armagedón.”

Otro libro que también tuvo muy buena acogida fue La verdad que lleva a vida eterna, publicado en samoano en 1972. Al principio, casi todos los misioneros distribuían dos o más cajas todos los meses. “La gente nos abordaba en el mercado —recuerda Fred Wegener—. Algunos incluso se asomaban por las ventanas del autobús para pedirnos un libro.”

 ASAMBLEAS FORTALECEDORAS

En junio de 1957 se celebró la primera asamblea de circuito en Pago Pago (Samoa Norteamericana). Los hermanos no cabían en sí de la alegría. Muchos habían llegado en sus embarcaciones desde las otras islas. Se organizó una campaña para anunciar el programa tanto en inglés como en samoano. Como resultado, aunque en las islas Samoa había 60 publicadores, el viernes, al inicio del programa, la asistencia era de 106 personas.

En los intermedios de esta asamblea ocurrió algo sorprendente, que solo se puede explicar conociendo la cultura de Samoa y la curiosidad natural de sus habitantes. “La comida es una parte importante de la cultura samoana —escribe Ron Sellars—. En las islas, la gente acostumbra invitar a comer a todos los que se acercan a su hogar. Así que a la hora del almuerzo, los hermanos invitaron a un montón de curiosos que andaban cerca del lugar de la asamblea a que comieran con ellos. Pero eso supuso una enorme carga para el Departamento de Alimentación, que había preparado comida solo para los asistentes.”

 En cualquier caso, estas comidas sirvieron para dar un buen testimonio. En Samoa, en las ocasiones especiales los hombres suelen comer primero, antes que las mujeres y los niños. Además, los extranjeros y los ministros religiosos se sientan separados del resto para recibir la mejor parte. En aquella asamblea, la gente vio cómo los misioneros y las familias samoanas disfrutaban comiendo juntos. Todo el mundo pudo ver claramente el amor y la unidad que reinan en el pueblo de Jehová.

Las asambleas no solo sirvieron para animar y enseñar a los hermanos, sino que también los prepararon para las pruebas que les deparaba el futuro.

APOSTASÍA EN APIA

A pesar del extraordinario crecimiento que se estaba produciendo, también surgieron problemas en Samoa. En la congregación de Apia había varios individuos, encabezados por un terco matai (jefe familiar), que se negaban a seguir instrucciones. Puesto que las reuniones se celebraban en la casa del matai, el ambiente en la congregación se había puesto muy tenso.

Finalmente, en 1958, los rebeldes formaron su propio grupo de estudio. Douglas Held, un hermano de la sucursal de Australia que estaba de visita en Fiyi, se desplazó hasta Samoa para tratar de ayudar a los descontentos. Aunque sus consejos bíblicos fueron de gran estímulo para los hermanos fieles, con el tiempo una cuarta parte de los que asistían a las reuniones se unió a los rebeldes. Víctimas de su propio orgullo, varios de ellos posteriormente tuvieron que ser expulsados.

De todos modos, enseguida se hizo evidente dónde estaba el espíritu de Jehová. El grupo de rebeldes acabó disgregándose y desapareciendo. En cambio, aquel año la congregación de Apia tuvo un aumento del 35% en la cantidad de publicadores. Estuvieron reuniéndose durante  una temporada en la casa de Richard y Gloria Jenkins, cerca del hospital, pero al final se trasladaron a la casa de Maatusi Leauanae, en Faatoia (Apia). Los hermanos disfrutaban de un ambiente de amor y cooperación. Tiempo después se construyó en un terreno que pertenecía a Maatusi el primer Salón del Reino de Apia, con la ayuda económica de una congregación de Sydney (Australia).

BUEN COMPAÑERISMO

La congregación de Apia recibió en 1959 una magnífica noticia. El gobierno de Samoa había autorizado la entrada de cinco misioneros de Samoa Norteamericana para asistir a la primera asamblea de circuito que se iba a celebrar allí mismo, en Apia. Fue muy emocionante, pues asistieron 288 personas y 10 se bautizaron. Dos años después, la congregación organizó la primera asamblea de distrito en un antiguo hospital alemán, situado cerca de la pensión White Horse. A esta ocasión especial acudieron hermanos de lugares tan lejanos como Nueva Zelanda.

Aquellas asambleas enseñaron a los hermanos a organizar grandes eventos. Cuando posteriormente el gobierno samoano prohibió la entrada al país de los misioneros y los superintendentes viajantes, los hermanos samoanos pudieron organizar sus propias asambleas. En 1967, incluso presentaron por primera vez un drama bíblico con vestuario de época de una hora de duración. Trató sobre las ciudades de refugio que Dios estableció en Israel, y todos los presentes lo recordaron durante mucho tiempo.

En aquella época, los publicadores de Samoa también asistían a las asambleas que se celebraban en Samoa Norteamericana y Fiyi, aunque eso implicaba un gran sacrificio por su parte. Por ejemplo, cuando iban a las asambleas de distrito de Fiyi, además de pagar el viaje y la comida, tenían que costearse un mes de estancia, que era el tiempo que tardarían en regresar.

 AVANCES EN SAMOA NORTEAMERICANA

En 1966, a los hermanos de Samoa Norteamericana les causó mucha emoción ser los anfitriones de la Asamblea de Distrito “Hijos de Libertad de Dios”, que se celebró en Pago Pago. Aquella histórica asamblea contó con 372 asistentes de ocho grupos lingüísticos. Procedían de Australia, Fiyi, Niue, Nueva Caledonia, Nueva Zelanda, Samoa (anterior Samoa Occidental), Tahití, Tonga y Vanuatu (antes Nuevas Hébridas). La congregación local solo tenía veintiocho publicadores, pero la muchedumbre multilingüe elevó la proporción de Testigos en la zona a 1 por cada 35 habitantes.

¿Cómo se podría hospedar a tantos visitantes? Fred Wegener recuerda: “No fue difícil alojarlos. La gente era hospitalaria y recibió de buena gana a los hermanos, para gran disgusto de los líderes religiosos”.

La asamblea tuvo un gran efecto en la congregación de Pago Pago. En los seis meses siguientes, la asistencia a las reuniones aumentó un 59% y hubo muchos nuevos publicadores. “También animó a la congregación a edificar un lugar más apropiado para reunirse”, señala Ron Sellars. Aunque había pocos terrenos disponibles en la isla de Tutuila, donde se encuentra Pago Pago, un publicador de la zona tuvo la bondad de permitir que la congregación utilizara durante treinta años parte de un terreno que él poseía en el área de Tafuna, al oeste de la ciudad.

Fred Wegener dice: “El terreno estaba bajo el nivel del mar, así que, por tres meses, la congregación se afanó recogiendo rocas de lava para elevar el nivel de los cimientos”.

Cuando llegó el momento de echar el cemento para el suelo, el sacerdote católico de la localidad —que solía leer La Atalaya y ¡Despertad!— prestó una hormigonera que había en la iglesia. Ron Sellars añade: “El sacerdote leyó tiempo después en ¡Despertad! un artículo sobre el matrimonio y de inmediato abandonó el sacerdocio para casarse”.

 Los hermanos extranjeros contribuyeron de forma generosa a la construcción de este Salón del Reino. Gordon y Patricia Scott, que fueron de los primeros misioneros asignados a Samoa Norteamericana, pero que habían vuelto a Estados Unidos, enviaron sillas de su congregación para que se usaran en el nuevo salón. Ron Sellars indica: “Vendimos las sillas sobrantes al cine local y con ese dinero cubrimos el costo de traer todas las sillas hasta la isla”. El nuevo salón de Tafuna, que tenía 130 asientos, se completó y dedicó en 1971. Posteriormente se construyó una vivienda para los misioneros encima del salón.

SAMOA ABRE SUS PUERTAS

Hasta 1974, la obra en Samoa se vio obstaculizada por restricciones gubernamentales que impedían la entrada de misioneros Testigos en el país. Ese año, hermanos locales encargados de la obra hablaron del asunto con el primer ministro. Uno de ellos, Mufaulu Galuvao, relata: “Durante la conversación descubrimos que un funcionario había establecido sin autorización un comité para revisar todas las solicitudes de visados para misioneros. Dicho comité, compuesto de opositores religiosos, rechazaba todas las solicitudes de los Testigos sin siquiera informarlo al primer ministro.

”El primer ministro desconocía aquella trama; por consiguiente, ordenó de inmediato al jefe de inmigración que le trajera el expediente de los testigos de Jehová. En presencia nuestra disolvió el falso comité y otorgó a Paul y Frances Evans visados de misioneros por tres años, con la posibilidad de obtener una extensión después.” Fue muy emocionante ver que, tras diecinueve años de intentarlo, los Evans finalmente lograron entrar a Samoa como misioneros legalmente reconocidos.

Al principio, Paul y Frances vivieron con Mufaulu Galuvao y su familia. Pero tras la llegada de John y Helen  Rhodes en 1977, los cuatro se mudaron a una casa nueva que se alquiló en Vaiala (Apia). Después vinieron otros misioneros, como Robert y Betty Boies en 1978, David y Susan Yoshikawa en 1979, y Russell y Leilani Earnshaw en 1980.

ADAPTACIÓN A LA VIDA ISLEÑA

Los Testigos extranjeros que llegaban a Samoa no tardaban en descubrir que, incluso en este paraíso, la vida tiene sus dificultades, y una de ellas es el transporte. John Rhodes dice lo siguiente al respecto: “Durante nuestros dos primeros años de servicio misional en Apia, solíamos caminar largas distancias tanto para asistir a las reuniones como para predicar, y también nos desplazábamos en los abarrotados y coloridos autobuses isleños”.

Estos vehículos multicolores constan por lo general de una cabina de madera colocada en la parte trasera de un camión pequeño o mediano. Los apretujados pasajeros suelen llevar de todo: desde herramientas para trabajar en el campo hasta productos frescos. La música a todo volumen y las canciones alegres completan la atmósfera festiva. Las paradas, los horarios y las rutas de los autobuses son todo menos fijas. Según indica un folleto turístico, “el autobús que  va hasta Vavau siempre es puntual: llega cuando llega”.

“Si queríamos comprar algo por el camino —dice John—, simplemente le pedíamos al conductor que parara. Hacíamos la compra, volvíamos al autobús y seguíamos nuestro viaje. Sin embargo, nadie se preocupaba por el retraso.”

Si el autobús iba lleno, los pasajeros que subían se sentaban en las piernas de los que ya tenían asiento, así que los misioneros pronto aprendieron a llevar a sus esposas sobre las piernas. Al final del trayecto, tanto niños como adultos tenían la costumbre de pagar con una monedita que sacaban de un monedero muy singular: la oreja.

Los misioneros y los publicadores viajaban de una isla a otra en aviones y pequeños barcos. Los viajes a veces eran peligrosos, y los retrasos, inevitables. “Tuvimos que aprender a ser pacientes y a cultivar el sentido del humor”, dice Elizabeth Illingworth, que acompañó muchos años a su esposo, Peter, en la obra de circuito en el Pacífico sur.

Las fuertes lluvias suelen dificultar los viajes por tierra, en especial durante la temporada de huracanes. Por ejemplo, cuando Geoffrey Jackson —un misionero que iba al Estudio de Libro de Congregación— intentó cruzar un arroyo desbordado, resbaló y cayó en el violento torrente. Aunque salió completamente empapado y embarrado, logró llegar  hasta su destino. La familia anfitriona lo ayudó a secarse y le dio una larga lavalava (falda cruzada polinesia) para que se la pusiera. A sus compañeros les costó aguantar la risa cuando una persona recién interesada lo confundió con un sacerdote católico. En la actualidad, el hermano Jackson es miembro del Cuerpo Gobernante.

Otras dificultades que afrontaban los recién llegados incluían aprender un nuevo idioma, adaptarse al calor tropical constante, experimentar problemas de salud a los que no estaban acostumbrados, contar con pocas comodidades modernas y cuidarse de los miles de mosquitos. Mufaulu Galuvao recuerda: “Los misioneros se gastaron por nosotros. Agradecidos por ello, muchos padres les pusieron a sus hijos los nombres de esos queridos hermanos que nos habían ayudado con tanto amor”.

SAVAII ESCUCHA LAS BUENAS NUEVAS

Dirijamos ahora nuestra atención a Savaii, la más grande y mejor conservada de las islas Samoa. Cuenta con montañas majestuosas, una cadena de picos volcánicos con unos cuatrocientos cincuenta cráteres, selvas casi impenetrables y accidentados campos de lava. La mayoría de sus habitantes, que son muy pocos, viven en pequeñas aldeas a lo largo de la costa. Las buenas nuevas llegaron por primera vez a Savaii en 1955, cuando Len Helberg y un grupo de publicadores de la isla de Upolu hicieron una visita breve para presentar la película La Sociedad del Nuevo Mundo en acción.

Seis años después, dos misioneras —Tia Aluni, la primera samoana que asistió a Galaad, y su compañera, Ivy Kawhe— fueron invitadas a mudarse de Samoa Norteamericana a Savaii. Llegaron en 1961 y encontraron alojamiento con un matrimonio mayor que vivía en Fogapoa, en el lado oriental de la isla. Después se les unió durante un tiempo otra precursora especial que había vivido anteriormente en Savaii.  A fin de animar y apoyar al nuevo grupo de entre seis y ocho personas, hermanos de Apia visitaban el grupo una vez al mes y pronunciaban discursos públicos. Estas reuniones se efectuaban en una pequeña fale de Fogapoa.

Tia e Ivy permanecieron en Savaii hasta 1964, cuando se las asignó a otra isla. Durante los diez años siguientes hubo poca actividad espiritual en Savaii, pero a partir de 1974 llegaron varias familias para ayudar a revitalizar la obra. Entre ellas estuvieron Risati y Mareta Segi; Happy y Maota Goeldner-Barnett; Faigaai Tu; Palota Alagi; Kumi Falema‘a (más tarde Thompson), y Ron y Dolly Sellars, que vinieron de Samoa Norteamericana. El pequeño grupo de Fogapoa se reunía en la fale de los Segi, que estaba cerca de la playa. Después se construyeron un hogar misional y un Salón del Reino cerca de allí. Con el tiempo se estableció otro grupo en Taga, un pueblo situado en la costa occidental de Savaii.

A principios de 1979 se asignó a más matrimonios de misioneros a Savaii para ayudar a los publicadores. Entre ellos estuvieron Robert y Betty Boies; John y Helen Rhodes; Leva y Tenisia Faai‘u; Fred y Tami Holmes; Brian y Sue Mulcahy; Matthew y Debbie Kurtz, y Jack y Mary Jane Weiser. Gracias al excelente ejemplo de los misioneros, la obra en Savaii avanzó a un ritmo constante.

Ahora bien, las tradiciones y los lazos familiares aún ejercían una gran influencia en la gente de Savaii. Por ejemplo, en la tercera parte de los pueblos se prohibió a los testigos de Jehová que predicaran, y en algunos incluso se anunció la prohibición por radio. Así que se necesitó tiempo y paciencia para ayudar a los nuevos a progresar. Con todo, muchos abrazaron la verdad bíblica, entre ellos algunos que tenían graves problemas de salud.

SIRVEN A JEHOVÁ A PESAR DE LA MALA SALUD

Una de esas personas fue Metusela Neru, que se había caído de un caballo y fracturado la espalda cuando tenía  12 años. Un misionero recuerda sobre él: “Tras el accidente, caminaba muy encorvado y sufría dolor constante”. Metusela comenzó a estudiar la Biblia cuando tenía 19 años y soportó con firmeza la oposición de su familia. Debido a su discapacidad, lo que en circunstancias normales hubiera sido una caminata de cinco minutos para llegar a las reuniones, se convertía para él en una odisea de cuarenta y cinco minutos de duración. No obstante, Metusela progresó y se bautizó en 1990. Tiempo después emprendió el ministerio de tiempo completo como precursor regular y llenó los requisitos para ser anciano. Desde entonces, más de treinta de sus parientes han asistido a las reuniones en Faga y varios se han bautizado. Pese a sus continuos problemas de salud, Metusela es bien conocido por su sonrisa y su alegre personalidad.

Alguien que también superó graves problemas de salud a fin de progresar en sentido espiritual fue Saumalu Taua‘anae. Desfigurado a causa de la lepra, Saumalu vivía en la remota aldea de Aopo. Como el lugar se hallaba tan aislado, en principio estudió la Biblia por correspondencia con Ivan Thompson. Entonces, un precursor especial llamado Asa Coe se mudó a Savaii y se hizo cargo del estudio. Cuando Saumalu asistió por primera vez a una reunión, en 1991, tuvo que hacer un viaje de dos horas hasta Taga, al otro lado de la isla.

Saumalu estaba tan acomplejado por su apariencia que la primera vez que asistió a un día especial de asamblea, escuchó el programa desde su automóvil. No obstante, se sintió profundamente conmovido cuando, en el  intermedio, los hermanos se acercaron a él y le dieron una afectuosa bienvenida. Agradecido, aceptó su cordial invitación y escuchó el resto del programa sentado en el auditorio.

Él y su esposa, Torise, comenzaron a ir enseguida a las reuniones en Faga, aunque tenían que viajar más de una hora de ida y otro tanto de vuelta. Saumalu se bautizó en 1993 y, con el tiempo, llegó a ser siervo ministerial. Posteriormente, a pesar de que fue necesario amputarle una pierna, siguió conduciendo su vehículo hasta las reuniones. Aunque se prohibió la predicación en su aldea, Saumalu y Torise se las arreglaron para dar testimonio a otros de manera informal y por teléfono.

En la actualidad viven en Apia, donde Saumalu recibe tratamiento para sus muchos problemas de salud. En vez de ser una persona amargada, se le conoce por su actitud positiva y alegre hacia la vida. Tanto él como su esposa son muy respetados por su gran fe.

PRUEBAS EN TOKELAU

Tokelau es un territorio formado por tres atolones aislados que se encuentran al norte de Samoa. El mensaje del Reino se escuchó allí por primera vez en 1974, cuando Ropati Uili regresó tras haberse graduado como médico en Fiyi. Emmau, su esposa, ya era testigo de Jehová, y él había estudiado con los Testigos por poco tiempo en Fiyi. *

Ropati descubrió en Tokelau que otro médico, Iona Tinielu, y su esposa, Luisa, eran testigos de Jehová; además,  conoció a Nanumea Foua, un señor que se interesaba en la verdad y cuyos parientes también eran Testigos. Los tres hombres empezaron a organizar regularmente reuniones bíblicas y discursos públicos, a los que en poco tiempo ya asistían un promedio de veinticinco personas. Además, aquellos hombres y sus familias comenzaron a dar testimonio informalmente.

Sin embargo, dicha actividad teocrática no era del agrado de todo el mundo. Por ejemplo, instigado por un pastor de la Sociedad Misionera de Londres, el consejo de ancianos de la isla se reunió con los tres cabezas de familia. “Nos ordenaron suspender nuestras reuniones —cuenta Ropati— y dijeron que si desobedecíamos, nos quemarían vivos dentro de nuestras casas o nos dejarían a la deriva en una balsa. Tratamos de razonar con ellos usando las Escrituras, pero fue inútil. Esperaban que se respetara su autoridad en cualquier circunstancia.” Tras aquel ultimátum, las familias decidieron reunirse discretamente para no llamar la atención.

Pero tal oposición solo fue el principio de sus problemas. Doce años después, cuando la hermana y el cuñado de Ropati aceptaron la verdad y renunciaron a su iglesia, el consejo desterró de la aldea a todos los Testigos. Ropati explica: “Aquella noche, todas las familias recogieron sus pertenencias, las cargaron en pequeños botes y huyeron a la aldea más grande de la isla. Sus casas y cultivos fueron saqueados por sus anteriores vecinos”.

A pesar de la persecución, los publicadores siguieron reuniéndose valientemente. Ropati añade: “Simulando una salida de fin de semana, las familias remaban hasta un islote desierto el sábado por la mañana y volvían el domingo por la tarde, después de haber celebrado la reunión”. En aquel tiempo, varias familias hicieron el largo y riguroso viaje por barco desde Tokelau hasta Samoa para asistir a las asambleas de distrito anuales.

 No obstante, la oposición implacable llevó a estas familias a emigrar con el tiempo a Nueva Zelanda. Así, para 1990, ya no quedaban Testigos en los atolones. A pesar de todo, Lone Tema, un joven que vivía en Tokelau, estudió por correo con Ivan Thompson, que era precursor en Apia. Felizmente, Lone progresó y hoy es anciano cristiano en Australia.

Más tarde, varios publicadores volvieron a Tokelau. Geoffrey Jackson, que para entonces servía en la sucursal de Samoa, trató de comunicarse con el comisionado neozelandés para asuntos de Tokelau a fin de hablar de los problemas a los que se enfrentaban los testigos de Jehová de los atolones. Lamentablemente, sus esfuerzos fueron en vano. El hermano Jackson dice al respecto: “A pesar de todo, me concedieron permiso para visitar Tokelau en calidad de lingüista, y, durante el viaje, el capitán del barco me invitó a la sala de oficiales para tomar un refrigerio con él y con otro pasajero. Aquel hombre resultó ser el mismísimo comisionado con el que habíamos tratado de comunicarnos. Hablamos durante más de una hora. Al final de nuestra conversación, me dio las gracias y prometió que haría lo posible por mejorar la situación de nuestros hermanos en Tokelau”.

En la actualidad, las autoridades de Tokelau todavía se oponen a la obra de los testigos de Jehová. Prueba de ello es lo que sucedió cuando el hijo menor de Fuimanu y Hatesa Kirifi murió en 2006. Como Fuimanu pronunció un discurso bíblico durante el funeral, el consejo de ancianos de la isla amenazó con desterrarlo junto con su familia. Más tarde, Fuimanu recibió amenazas por negarse a trabajar en la iglesia local, y tanto a él como a su esposa se les presionó para que participaran en actividades políticas. No obstante, todos se mantuvieron firmes. Como resultado, su fe se hizo más fuerte. Fuimanu afirma: “Hemos aprendido a confiar en Jehová cuando pasamos por pruebas” (Sant. 1:2-4). Sin duda, han comprobado que Jehová no olvida a sus siervos fieles (Deu. 31:6).

 MÁS ACTIVIDAD CON LA AYUDA DE JEHOVÁ

Desde que las buenas nuevas llegaron a Samoa, varias sucursales han supervisado la obra allí. En la actualidad, un Comité del País, compuesto de cuatro hermanos diligentes, opera bajo la dirección de la sucursal de Australia para encargarse de la predicación en las islas Samoa. A lo largo de los años, los hermanos de Samoa han hecho grandes esfuerzos para llevar el mensaje del Reino hasta las zonas más remotas. Las campañas regulares de predicación en Samoa Norteamericana han incluido la remota isla de Swains y el grupo de islas Manua, ubicadas respectivamente a 320 kilómetros (200 millas) al norte y a 100 kilómetros (60 millas) al este de la isla de Tutuila. En esas visitas, los publicadores dejaron cientos de publicaciones y comenzaron muchísimos cursos bíblicos. Otros publicadores se han esforzado por ampliar su propio territorio predicando a quienes hablan algún idioma extranjero.

MAYORES ESFUERZOS EN EL CAMPO DE LA TRADUCCIÓN

A medida que crecía el número de publicadores, también aumentaba la necesidad de publicaciones en samoano. Para satisfacer dicha necesidad, Geoffrey Jackson y su esposa, Jenny, fueron transferidos de su asignación misional en Tuvalu a la sucursal de Samoa en 1985. El hermano Jackson recibió la asignación de supervisar el departamento de traducción a ese idioma, que constaba de dos personas. “Al principio —señala—, los traductores trabajaban en las mesas del comedor de Betel. Cada mañana, después del desayuno, despejaban las mesas para poder comenzar a traducir. Entonces, justo antes del mediodía, retiraban sus cosas y ponían la mesa para comer. Luego volvían a limpiar las mesas y seguían traduciendo.”

Las constantes interrupciones alteraban el ritmo de trabajo. El proceso de traducción en sí mismo era muy laborioso y consumía mucho tiempo. El hermano Jackson añade:  “Gran parte del trabajo se hacía a mano y después se escribía a máquina. Para cuando un manuscrito quedaba listo para imprimir, ya se había copiado varias veces a fin de efectuar la corrección de pruebas y la revisión”. Con la compra de la primera computadora para la sucursal en 1986, se eliminó mucho del trabajo repetitivo. Y, con el tiempo, otras herramientas informáticas han agilizado aún más los procesos de traducción e impresión.

Los esfuerzos en el campo de la traducción y la publicación se han centrado principalmente en las revistas La Atalaya y ¡Despertad! Desde enero de 1993, la edición en samoano de La Atalaya se imprime a cuatro colores y simultáneamente con la edición en inglés. Y en 1996 vio la luz una edición trimestral de ¡Despertad! en samoano que, según informa el hermano Jackson, “se anunció, no solo en los periódicos y en la radio, sino también en las noticias televisivas”.

En la actualidad, un grupo de traductores al samoano suple las necesidades que hay en este idioma. Al igual que otros equipos de traducción, estos hermanos diligentes han recibido adiestramiento avanzado para comprender mejor el idioma y las técnicas de traducción, lo que los ha equipado para traducir con más exactitud y eficiencia.

NECESIDAD DE AMPLIAR LA SUCURSAL

Cuando Milton G. Henschel visitó Samoa como superintendente de zona en 1986, era obvio que el hogar misional de Sinamoga resultaba demasiado pequeño para atender las crecientes necesidades de la sucursal. Por ello, el Cuerpo Gobernante decidió que varios hermanos del Departamento de Diseño y Construcción de Brooklyn y de la Oficina Regional de Ingeniería de Australia visitaran Samoa para evaluar la necesidad de contar con mayores instalaciones. ¿Cuál fue su recomendación? Comprar un terreno de tres hectáreas (siete acres) en Siusega, situada hacia el  interior, a cinco kilómetros (tres millas) de Sinamoga, para edificar una nueva sucursal. Luego, cuando esta se terminara, el antiguo Hogar Betel de Sinamoga se derribaría para dejar espacio a un nuevo Salón de Asambleas.

La construcción de la nueva sucursal comenzó en 1990 y fue un proyecto verdaderamente internacional en el que colaboraron un total de 44 siervos internacionales, 69 voluntarios internacionales, 38 voluntarios locales a tiempo completo y muchos voluntarios a tiempo parcial. No obstante, cuando la construcción ya estaba bastante avanzada, sobrevino el desastre.

UN GRAN DESASTRE

El huracán Val, una de las tormentas más poderosas que se hayan desatado jamás en el Pacífico sur, golpeó Samoa el 6 de diciembre de 1991. Vientos de hasta 260 kilómetros (160 millas) por hora castigaron las diminutas islas durante cinco días, dejando sin hojas el 90% de la vegetación y causando pérdidas por valor de 380 millones de dólares. Tristemente, dieciséis personas perdieron la vida.

“La sucursal organizó enseguida las labores de socorro”, comenta John Rhodes. En cuestión de días llegó de la sucursal de Fiyi un contenedor lleno de provisiones, y poco después llegaron fondos procedentes de otras sucursales del Pacífico.

Por su parte, Dave Stapleton, un siervo internacional que trabajó en la construcción de la nueva sucursal de Siusega, menciona: “Se pusieron en primer lugar las necesidades inmediatas. Eso significó distribuir agua potable, lonas impermeabilizadas, queroseno y suministros médicos a los hermanos necesitados. Luego nos ocupamos de reacondicionar el Betel de Sinamoga y de arreglar los desperfectos en los edificios de la que sería la nueva sucursal. Posteriormente, reparamos Salones del Reino, hogares misionales y casas de hermanos. Tardamos meses en terminar todo el trabajo”.

 Tiempo después, el gobierno envió fondos a todos los grupos religiosos —incluidos los testigos de Jehová— para que repararan sus instalaciones. Pero los hermanos devolvieron los fondos con una carta donde indicaban que, puesto que ya habían solucionado el problema, aquel dinero quizás podría usarse para reparar edificios gubernamentales. Agradecidas, las autoridades redujeron los aranceles de los materiales que se importaban para la construcción de la sucursal, y gracias a ello se ahorró mucho dinero.

“MUCHÍSIMO MÁS DE LO QUE SOÑAMOS”

Una vez reparados los daños que provocó el huracán, la construcción de la nueva sucursal avanzó más rápido. Año y medio después, en mayo de 1993, la familia Betel por fin pudo realizar la esperada mudanza de Sinamoga a su nuevo hogar en Siusega.

Luego, en septiembre de 1993, un grupo de 85 especialistas procedentes de Australia, Estados Unidos, Hawai y Nueva Zelanda llegaron a Samoa para construir el Salón de Asambleas de Sinamoga. Todos ellos se pagaron el viaje. Ken Abbott, que dirigía al grupo de Australia, habla de aquella experiencia: “En el lugar de las obras se utilizaban diferentes palabras técnicas y sistemas de medidas, pero el espíritu de Jehová nos ayudó a superar todos los problemas que se presentaron”.

Un voluntario de Hawai llamado Abraham Lincoln expresa: “Ver tan de cerca a la hermandad internacional en acción tuvo un efecto positivo en todos”.

Gracias a los esfuerzos unidos del equipo internacional de construcción, el Salón de Asambleas se edificó en solo diez días. Los publicadores locales adquirieron valiosas habilidades al trabajar con los visitantes y, además, se beneficiaron en sentido espiritual. De hecho, algunos publicadores emprendieron el servicio de precursor o el de Betel después del proyecto.

 Finalmente, los días 20 y 21 de noviembre de 1993 tuvo lugar la dedicación de la sucursal y del Salón de Asambleas. El hermano John Barr, del Cuerpo Gobernante, presentó los discursos de dedicación. Resumiendo los sentimientos de muchos de los presentes en aquella feliz ocasión, Paul Evans, un misionero de mucha experiencia, afirmó: “Jehová nos ha bendecido muchísimo más de lo que soñamos”.

LA VERDAD BÍBLICA TRANSFORMA VIDAS

Cuando la verdad de la Palabra de Dios toca el corazón de las personas, las motiva a poner su vida de acuerdo con las elevadas normas divinas. Muchos samoanos han experimentado ese poder transformador de la Biblia (Efe. 4:22-24; Heb. 4:12).

Así fue en el caso de Ngongo y Maria Kupu, quienes, como dicen los samoanos, “vivían en la oscuridad”, es decir, juntos pero sin estar casados. Fred Wegener relata: “Llevábamos algún tiempo dándoles clases de la Biblia. Sin embargo, no nos habíamos dado cuenta de que no estaban casados. Entonces, un día nos enseñaron un documento oficial y nos dijeron, muy contentos, que acababan de casarse. Poco después se bautizaron. Aunque Ngongo ya murió, Maria aún es precursora regular en Samoa Norteamericana”.

Otra prueba que afrontan los nuevos en Samoa tiene que ver con la santidad de la sangre. Los samoanos siguen la costumbre de estrangular los pollos y los cerdos antes de cocinarlos y comerlos, una práctica que la Palabra de Dios prohíbe (Gén. 9:4; Lev. 17:13, 14; Hech. 15:28, 29). Una joven de Samoa Norteamericana manifestó su sorpresa al ver en su propia Biblia los claros mandatos de Dios al respecto. “Aunque su familia iba a la iglesia y leía la Biblia regularmente —explica Julie-Anne Padget—, ella siempre había comido carne sin desangrar. No obstante, aceptó de inmediato el mandato bíblico y decidió no volver a comer carne sin desangrar.” En la actualidad, el punto de vista de los  testigos de Jehová respecto a la santidad de la sangre es bien conocido en toda Samoa. Además, los profesionales de la salud por lo general están dispuestos a respetar nuestra postura con relación a las transfusiones.

JÓVENES QUE ALABAN A SU CREADOR

Los padres samoanos enseñan a sus hijos desde pequeños a cocinar, limpiar, atender el huerto familiar y cuidar de sus hermanos menores. Esa educación temprana tal vez explique por qué muchos también aceptan sus responsabilidades espirituales desde muy jovencitos. Algunos se han puesto de parte de Jehová incluso sin la ayuda de su familia.

Pensemos en Ane Ropati. Ella tenía 13 años cuando sus padres dejaron de asistir a las reuniones. Por eso, solía preparar a sus dos hermanos y a su hermana, y entonces los cuatro caminaban ocho kilómetros (cinco millas) hasta el Salón del Reino para asistir a las reuniones. Tiempo después se hizo precursora y trabajó en la construcción de la sucursal de Siusega. Ane admite: “Los misioneros ejercieron una gran influencia en mi vida y me ayudaron a progresar espiritualmente”. Allí conoció a Steve Gauld, un voluntario de Australia. Se casaron y trabajaron como voluntarios internacionales tanto en el sureste de Asia como en África y Rusia antes de volver al Betel de Samoa. En la actualidad sirven en la sucursal de Australia.

EDUCACIÓN BÍBLICA A TRAVÉS DE LA RADIO

A lo largo de los años, los testigos de Jehová han utilizado diversos métodos para difundir las buenas nuevas del  Reino. Uno particularmente eficaz ha sido la radio. En enero de 1996, una emisora independiente de frecuencia modulada (FM) que transmitía desde Apia invitó a los Testigos a presentar un programa semanal de radio titulado “Respuestas a sus preguntas bíblicas”.

Los guiones fueron escritos por Leva Faai‘u y Palota Alagi, de la sucursal de Samoa, quienes también conducían el programa. Leva explica: “En la primera emisión, el hermano Alagi planteó varias preguntas, como: ¿Hubo un diluvio en tiempos de Noé? ¿De dónde vino toda el agua y adónde se fue? ¿Cómo es posible que el arca diera cabida a todos los animales? Yo contestaba las preguntas utilizando información de nuestras publicaciones. Al final del programa anunciábamos el tema de la semana siguiente e invitábamos a los oyentes que tuvieran preguntas a ponerse en contacto con los testigos de Jehová de su localidad. En otros programas se respondieron preguntas como: ¿Por qué tuvo Salomón tantas esposas si los cristianos solo deben tener una? ¿Atormentaría eternamente un Dios de amor a la gente en un infierno de fuego? ¿Proviene la Biblia de los hombres, o de Dios?”.

El programa generó mucho interés y se emitió durante más de un año. El hermano Ivan Thompson comenta: “Muchas personas nos decían que les gustaba el programa y que siempre lo escuchaban. Algunos ni se imaginaban que la Biblia contestara preguntas tan interesantes”.

SE NECESITAN SALONES DEL REINO

En la década de 1990, la mayoría de las congregaciones tanto en Samoa como en Samoa Norteamericana se reunían en hogares particulares o en edificaciones hechas de arbustos. “La gente de la comunidad a menudo despreciaba estos lugares de reunión”, explica Stuart Dougall, que sirvió en el Comité del País entre los años 2002 y 2007. Incluso el Salón del Reino de Tafuna, en Samoa Norteamericana,  mostraba deterioro tras veinticinco años de uso. Había llegado el momento de reemplazar aquel viejo edificio por uno nuevo.

No obstante, para construir un nuevo Salón del Reino, hacía falta algo poco común en la isla de Tutuila: un terreno más grande. Así que los hermanos se pusieron en contacto con una señora católica muy influyente que era dueña de un terreno en Petesa, cerca del Salón del Reino que usaban entonces. Cuando la mujer supo que los hermanos necesitaban un terreno para construir un lugar de culto, prometió hablar del asunto con su hija, que había planeado levantar edificios comerciales en la zona. Los hermanos vieron contestadas sus oraciones tres días después cuando la señora les dijo que les vendería el terreno porque, como ella misma aseguró, “Dios debe estar en primer lugar”.

Wallace Pedro menciona: “La señora incluso nos dio la escritura de propiedad antes de que le pagáramos, pues, según dijo, sabía que éramos personas honradas y que se lo pagaríamos todo, algo que por supuesto hicimos”. Así, en el año 2002 se dedicó el hermoso Salón del Reino —con 250 asientos y aire acondicionado— construido en esa propiedad.

En 1999, los testigos de Jehová establecieron un nuevo programa para fomentar la construcción de Salones del Reino en países con recursos limitados. El primero de estos salones en las islas Samoa se construyó en Lefaga, una aldea aislada en la costa meridional de la isla de Upolu. La congregación de Lefaga, compuesta de diez miembros, se reunía anteriormente en una habitación con techo de paja y abierta por los lados, que estaba junto al porche de la casa de un publicador.

La edificación del nuevo salón fue supervisada por Jack Sheedy, un hermano australiano que había servido siete años en Tonga junto con su esposa, Coral. Él recuerda: “De  lejos, el equipo de construcción formado por granjeros, pescadores y amas de casa se parecía a un montón de hormigas que corrían de aquí para allá por el lugar de las obras”.

Cuando el Salón del Reino de 60 asientos quedó terminado en 2001, la gente de la aldea hizo muy buenos comentarios. Algunos dijeron: “Sus salones tienen un aspecto sencillo y digno; son muy atractivos. ¡Qué diferentes de nuestras iglesias, que están tan adornadas y llenas de objetos que a menudo parecen desordenadas y sucias!”. Además, la asistencia a las reuniones aumentó notablemente. En el año 2004, este nuevo salón dio cabida a 205 asistentes a la Conmemoración de la muerte de Cristo.

A finales de 2005, gracias al programa de construcción para países con recursos limitados, se habían construido cuatro Salones del Reino y se habían renovado tres en las islas Samoa. También se reacondicionó el Salón de Asambleas de Apia, en Samoa. Como sucede en otros lugares de escasos recursos, en Samoa se agradece profundamente el apoyo amoroso de los hermanos cristianos de todo el mundo (1 Ped. 2:17).

TIEMPOS DE CAMBIO

Muchos samoanos se han mudado a otros países. Así que hoy día existen importantes comunidades samoanas en Australia, Nueva Zelanda y Estados Unidos, especialmente en Hawai. En esos lugares hay más de setecientos Testigos en once congregaciones y dos grupos que hablan samoano. Otros publicadores samoanos pertenecen a congregaciones de habla inglesa de los lugares a los que han emigrado.

Además, varios Testigos samoanos han viajado al extranjero para recibir capacitación espiritual en diversas escuelas y han vuelto a Samoa o a Samoa Norteamericana para llevar a la práctica lo que aprendieron. Por ejemplo, durante la década de 1990, Talalelei Leauanae, Sitivi Paleso‘o, Casey Pita, Feata Sua, Andrew Coe y Sio Taua asistieron  a la Escuela de Entrenamiento Ministerial en Australia y después volvieron a Samoa para contribuir al adelanto de la obra del Reino. En la actualidad, Andrew y su esposa, Fotuosamoa, sirven en Betel. Por su parte, Sio y su esposa, Ese, participaron en la obra de circuito durante varios años llevando consigo a su pequeño hijo, El-Nathan. Ahora Sio forma parte del Comité del País. Otros graduados son fieles ancianos, precursores o publicadores en sus congregaciones.

¿Cuál ha sido el resultado de toda esta excelente actividad? En el año 2008 hubo un máximo de 620 publicadores en las doce congregaciones de Samoa y de Samoa Norteamericana. Y más de dos mil trescientas personas asistieron a la Conmemoración, así que hay buenas posibilidades de crecimiento.

AVANZANDO CON LA ORGANIZACIÓN DE JEHOVÁ

A lo largo de los años, muchas personas sinceras de Samoa han respondido a las buenas nuevas del Reino de Dios (Mat. 24:14). Con el mismo espíritu que sus antepasados, marineros de experiencia, han superado numerosos obstáculos en su travesía desde el mundo de Satanás hasta su nuevo hogar en la organización que Jehová dirige con su espíritu. Ni la oposición familiar, ni el destierro de la comunidad, ni la propaganda del clero, ni las restricciones gubernamentales, ni las tentaciones carnales ni ningún otro tipo de pruebas los han hecho desistir de servir al Dios verdadero, Jehová (1 Ped. 5:8; 1 Juan 2:14). ¿Cuál ha sido el resultado? Hoy viven felices y seguros dentro de un paraíso espiritual (Isa. 35:1-10; 65:13, 14, 25).

Sin embargo, su viaje todavía no ha terminado. Aún les falta llegar al destino final: un paraíso terrestre bajo la justa gobernación del Reino de Dios (Heb. 11:16). Junto con la hermandad mundial, y guiados por la Palabra de Dios y el poder del espíritu santo, los testigos de Jehová de las islas Samoa siguen avanzando, decididos a alcanzar su meta.

[Notas]

^ párr. 3 El nombre lapita proviene del lugar de Nueva Caledonia donde se descubrió el tipo especial de cerámica que fabricaba este pueblo.

^ párr. 6 Hasta 1997, el nombre oficial de Samoa era Samoa Occidental. En este relato, usaremos el nombre Samoa para referirnos al estado independiente.

^ párr. 10 Harold se alojó en la casa del señor Taliutafa Young, y con el tiempo, varios descendientes de este último llegaron a ser testigos de Jehová. Uno de ellos, su nieto Arthur Young, es anciano y precursor en la Congregación Tafuna (Samoa Norteamericana). Una de las posesiones que más atesora Arthur es una Biblia que Harold Gill obsequió a su familia.

^ párr. 12 Los samoanos usan su nombre de pila y un apellido. Pele tenía el apellido de su padre, Fuaiupolu. Pero además, hay samoanos que tienen el derecho de recibir un título de jefe. Algunos testigos de Jehová renuncian a su título o no aceptan que se les otorgue uno porque les parece que tiene connotaciones políticas o está muy relacionado con este mundo. En este relato por lo general usaremos el nombre seguido del apellido más conocido, como en el caso de Pele Fuaiupolu.

^ párr. 53 En 1995 se empezó a distribuir en videocinta. Actualmente está disponible en alemán, árabe, checo, chino (cantonés y mandarín), coreano, danés, español, finlandés, francés, griego, holandés, inglés, italiano, japonés, noruego, portugués (brasileño y europeo) y sueco.

^ párr. 123 Ropati se bautizó después, en una visita a Nueva Zelanda.

[Comentario de la página 77]

“Esta noche usted escuchó el mensaje del Reino. Mi sincero deseo es que le preste atención”

[Comentario de la página 98]

“Cuando llegábamos a una aldea, los niños nos anunciaban diciendo: ‘¡Ahí viene Armagedón!’”

[Comentario de la página 108]

“El autobús que va hasta Vavau siempre es puntual: llega cuando llega”

 [Ilustración y recuadro de las páginas 69 y 70]

Las religiones samoanas: pasado y presente

En las antiguas religiones samoanas había rasgos de politeísmo, animismo, espiritismo y adoración de antepasados, aunque no contaban con templos, imágenes ni sacerdotes. La religión estaba presente en todo aspecto de la vida. Pero ¿por qué estuvieron tan dispuestos los samoanos a cambiar de religión cuando en 1830 llegaron los misioneros de la Sociedad Misionera de Londres?

Según una antigua leyenda samoana, un día vendría una nueva religión que pondría fin a la era de los dioses antiguos. Los jefes samoanos, los matai, creyeron que esa nueva religión era la de los misioneros recién llegados. El rey Malietoa decidió adorar al Dios cristiano, Jehová, y ordenó a sus súbditos hacer lo mismo.

Los misioneros católicos, metodistas, mormones y de la Sociedad Misionera de Londres lograron muchos adeptos. Hoy día casi todos los habitantes de las islas pertenecen a alguna iglesia. De hecho, los gobiernos de Samoa y Samoa Norteamericana usan lemas religiosos como “Dios, nuestra razón de ser” y “Dios siempre primero”. Las cadenas de televisión suelen emitir bastantes programas religiosos.

La influencia de la religión se hace aún más patente en las aldeas, donde los jefes suelen decidir la religión de la gente. A algunos se los presiona para que entreguen a los pastores y a los proyectos de la iglesia más del treinta por ciento de sus ingresos, una carga que es cada vez más impopular. Hasta se organizan concursos para ver quién es el que da más. Hay iglesias que anuncian los nombres de los que han hecho la mayor donación.

En muchas aldeas, la actividad se detiene por completo durante el sa, el período de diez a quince minutos dedicado a la oración. A lo largo de la calle principal se sitúan  varios jóvenes con largas varas para asegurarse de que se respeta el sa. A quienes lo infrinjan puede que se les dé una buena reprimenda o se les obligue a pagar una multa de hasta 100 dólares o a llevar comida a los ancianos del consejo o a toda la aldea. En casos extremos, podrían recibir una paliza o ser expulsados del pueblo.

En cierta ocasión, el superintendente de circuito John Rhodes y su esposa, Helen, llegaron a Salimu, una aldea de la isla de Savaii, después de un agotador viaje. Como el sa acababa de empezar, los guardias les pidieron que esperaran a la entrada del pueblo. John y Helen esperaron obedientemente hasta el fin del sa, tras lo cual se dirigieron al lugar donde se hospedarían.

Cuando el jefe principal de la aldea se enteró de lo sucedido, se disculpó con la dueña de casa. Dijo que los Testigos eran huéspedes especiales y ordenó a los guardias que los dejaran entrar libremente, aunque fuera durante el sa. ¿Por qué tuvo esa consideración? Porque su hijo menor, Sio, estudiaba la Biblia con los Testigos y estaba progresando muy bien. En la actualidad, Sio Taua es miembro del Comité del País.

[Ilustración]

John y Helen Rhodes

 [Recuadro de la página 72]

Información general de Samoa, Samoa Norteamericana y Tokelau

Territorio

Samoa está formada por dos islas principales: Upolu y Savaii —separadas por un estrecho de 18 kilómetros (11 millas)—, y varias islas deshabitadas más pequeñas. Samoa Norteamericana es un grupo de islas situadas a 100 kilómetros (60 millas) al sureste de Samoa. Además de la principal, Tutuila, están las islas Manua, Swains, Aunuu y Rose, un atolón deshabitado. Tokelau comprende tres atolones de coral ubicados a 480 kilómetros (300 millas) al norte de Samoa.

Población

Samoa tiene 214.000 habitantes; Samoa Norteamericana, 57.000; y Tokelau, 1.400. Más del noventa por ciento son polinesios, y el resto, asiáticos, europeos o mestizos.

Idioma

La lengua más hablada es el samoano, aunque la mayoría de la población habla también inglés. En Tokelau se habla el toquelao, muy parecido al samoano.

Recursos económicos

La actividad económica se basa en la agricultura, el turismo, la pesca del atún y la industria de la conserva de pescado.

Alimentación

La dieta principal de los samoanos consiste en un tubérculo autóctono llamado taro, plátanos verdes y fruto del árbol del pan con leche de coco. También se consume pescado, pollo y carne de cerdo. Las papayas, piñas, mangos y otras frutas tropicales son muy abundantes.

Clima

Al estar estas islas tan cerca del ecuador, el clima es cálido y húmedo durante prácticamente todo el año. La precipitación anual en Pago Pago, situada en la isla de Tutuila (Samoa Norteamericana) supera los 5.000 litros por metro cuadrado (15 pies).

 [Recuadro de la página 75]

“Libro muy bueno”

El hermano Harold Gill llegó a Samoa Norteamericana con 3.500 ejemplares del folleto en samoano ¿Dónde están los muertos? Cuando le mostró uno de tales folletos al gobernador, este le recomendó que entregara un ejemplar a los responsables de las principales iglesias, para que estos pudieran decirle al fiscal general si les parecía bien que fueran distribuidos. Pues bien, ¿qué dijeron las autoridades religiosas?

El párroco de la Sociedad Misionera de Londres fue bastante amable y no puso ninguna objeción. Los adventistas del séptimo día dijeron que por ellos no había ningún problema siempre y cuando no les quitaran ningún feligrés. El capellán de la Marina fue un poco sarcástico, pero tampoco puso ninguna traba. Al que no hizo falta visitar fue al cura de la Iglesia Católica, pues sucedió algo muy curioso. Resulta que Harold le había entregado un folleto al policía samoano que lo llevó hasta el gobernador. Al cabo de unos días, Harold le preguntó al agente si le había gustado el folleto.

El policía le dijo en un inglés muy tosco: “Mi jefe [el fiscal general] decir: ‘Tú ver tu cura y preguntar si libro bueno’. Yo leer libro bajo árbol. Yo pensar: ‘Libro muy bueno, pero si yo enseñar cura, él decir: “Libro no bueno”’. Entonces, yo decir jefe: ‘Cura decir: “Libro muy bueno”’”.

Poco después, el fiscal general mandó llamar a Harold a su oficina. Mientras el fiscal hojeaba el folleto, Harold le iba explicando de qué se trataba. Entonces el fiscal hizo una llamada telefónica para autorizar la distribución. Casi todos los folletos que Harold llevó se repartieron por las islas.

 [Recuadro de la página 76]

Tradiciones samoanas

En 1847, George Pratt, misionero de la Sociedad Misionera de Londres, dijo que los samoanos eran “los mayores especialistas en protocolo de Polinesia, o incluso del mundo entero”. Las costumbres samoanas (faa Samoa, literalmente “al estilo samoano”) constituyen un código sumamente complejo que está presente en todo aspecto de la vida de las islas.

Según el libro Samoan Islands, uno de los aspectos más importantes de dicho código tiene que ver con “el respeto, o incluso la veneración, que debe mostrarse hacia los ‘superiores’”. Tal respeto se traduce en buenos modales, un vocabulario correcto y la lealtad a la familia y la aldea. Casi nadie se plantea abandonar las costumbres y la religión de sus antepasados.

Los jefes, los matai, son los guardianes de esta tradición. Ellos dirigen los asuntos cotidianos de uno o varios clanes familiares y actúan como su representante ante el consejo de la aldea. Exigen estricta obediencia y hacen valer su autoridad castigando a la gente con multas, palizas o la expulsión de la aldea. Por ejemplo, el matai de cierto pueblo multó a un ministro religioso por ordenarles a unos muchachos que arrojaran piedras a unos testigos de Jehová.

En las aldeas puede haber de 10 a 50 matai. La mayoría son elegidos por su gran familia (aiga), aunque en algunos casos los títulos se pasan de padres a hijos. La organización de las aldeas sigue una estructura jerárquica. A la cabeza está el jefe principal (alii), que preside el consejo. De los asuntos ceremoniales se encarga el tulafale, o portavoz. Pero no todos los matai realizan tareas políticas o religiosas. Algunos deciden encargarse únicamente de asuntos familiares. Hay quienes, por ejemplo, gestionan los terrenos de la familia y deciden cómo deben usarse.

 [Ilustración y recuadro de la página 79]

“El hombre de Jehová”

SAUVAO TOETU

AÑO DE NACIMIENTO 1902

AÑO DE BAUTISMO 1954

OTROS DATOS Fue la primera persona de Faleasiu que aceptó la verdad. Posteriormente se construyó un Salón del Reino en su propiedad. Relatado por su hijo, Tafiga Sauvao

EN 1952, un primo de mi padre que vivía en Apia vino a Faleasiu a visitar a la familia. Este primo, que mantenía contacto con los testigos de Jehová, quería hablar de la Biblia con mi padre. Varios familiares que vivían en el pueblo quisieron escucharle. Se reunieron el sábado por la mañana y estuvieron conversando sin parar hasta el lunes por la tarde, deteniéndose solo una hora para dormir. Después de varias charlas parecidas durante los siguientes cuatro fines de semana, mi padre dijo: “Ya he satisfecho mi curiosidad. He encontrado la verdad”. El cuñado de mi padre, Finau Feomaia, también abrazó la verdad, y así hicieron las familias de ambos.

Mi padre empezó a predicar inmediatamente, lo que llamó mucho la atención de nuestros parientes, que lo conocían como un devoto adventista del séptimo día. Se burlaban de él llamándolo “el hombre de Jehová”... ¡no podían haber elegido mejor nombre! Mi padre no era muy grande, pero era un hombre tenaz que pensaba con claridad y era muy persuasivo, lo que le permitió defender su nueva fe con mucha habilidad. Con el tiempo, nuestro grupito se convirtió en la segunda congregación que se formó en Samoa.

 [Ilustración y recuadro de la página 83]

Enfermo pero fiel

FAGALIMA TUATAGALOA

AÑO DE NACIMIENTO 1903

AÑO DE BAUTISMO 1953

OTROS DATOS Decidió no convertirse en un prominente matai y se hizo precursor regular.

POSTERIORMENTE sirvió durante años de precursor especial en diversas partes de Samoa, y eso a pesar de tener una deformidad en un pie y graves problemas de la vista. Cierto día, un superintendente de circuito se fijó en que Fagalima leía la Biblia en la predicación de casa en casa sin usar sus lentes. Cuando le preguntó si su vista había mejorado, él le contestó que había perdido los lentes y que estaba citando los textos de memoria.

Para asistir a una asamblea de Fiyi, Fagalima pasó cuatro semanas en un extremo de Upolu recolectando cocos. Pese a su problema en el pie, hacía una y otra vez viajes de tres kilómetros (dos millas) con quince cocos a cuestas hasta un lugar donde les quitaba la cáscara, extraía la pulpa y la dejaba secar para obtener la copra. Cuando tuvo suficiente, vendió la copra y viajó hasta Apia para comprar el pasaje a Fiyi. Pero al llegar descubrió que el pasaje había subido de precio. En lugar de quejarse, rendirse o pedir ayuda, volvió a la plantación de cocos para obtener más copra y conseguir el resto del dinero. Hizo todo esto a pesar de que en la asamblea a la que quería ir se presentaría el programa en dos idiomas que no conocía. ¡Pero qué alegría sintió al llegar a la asamblea! La mayor parte del programa se iba a presentar también en su propio idioma.

 [Ilustración y recuadro de la página 87]

He disfrutado muchísimo

RONALD SELLARS

AÑO DE NACIMIENTO 1922

AÑO DE BAUTISMO 1940

OTROS DATOS En 1953 llegó a Samoa para servir de precursor especial junto con su esposa, Olive (Dolly). En 1961 se graduó de Galaad. Actualmente es precursor especial en Samoa Norteamericana.

CUANDO el gobierno de Samoa nos negó la renovación del visado, Dolly y yo nos fuimos a Samoa Norteamericana. El barco nos dejó en Pago Pago a las tres de la mañana. No había ni un alma. Éramos los únicos publicadores del país y solo teníamos 12 dólares en el bolsillo. Esa mañana, el padre de un muchacho que había estudiado la Biblia nos alojó en su vivienda. Dormíamos en un rincón de la única habitación que había. Solo una cortina nos separaba del resto. Aunque queríamos encontrar otro lugar donde vivir, enseguida nos pusimos a predicar, empezando por la vivienda de al lado.

Al cabo de unas semanas conseguimos en Fagatoga un apartamento bastante grande encima de un almacén. Aunque no había ni un solo mueble, teníamos unas vistas impresionantes del pintoresco puerto de Pago Pago. El hermano Knorr nos había dicho: “Cuando vayan a las islas del Pacífico, es posible que tengan muy pocas comodidades. Hasta es posible que deban desarmar las cajas de las publicaciones y tenderlas en el suelo para dormir”. Eso fue precisamente lo que hicimos. Tardamos meses en reunir el dinero para hacernos una cama, una mesa y unas sillas. Aun así, estábamos muy contentos de tener un sitio al que llamar hogar.

Aunque ya no cuento con la compañía de mi querida esposa, que falleció en 1985, todavía salgo a predicar casi todos los días. Cuando pienso en los más de cincuenta años que he pasado como precursor y misionero, solo puedo decir que he disfrutado muchísimo de mi servicio.

 [Ilustración y recuadro de la página 88]

Me enseñaron a amar a Jehová

WALLACE PEDRO

AÑO DE NACIMIENTO 1935

AÑO DE BAUTISMO 1955

OTROS DATOS Fue la primera persona de Samoa Norteamericana que se bautizó. Él y su esposa, Caroline, fueron precursores antes de criar a su familia. Actualmente viven en Seattle (Washington, Estados Unidos).

COMENCÉ a estudiar la Biblia siendo muy joven. Cuando empecé a predicar, mis padres me echaron de casa. Me quedé con lo puesto y tuve que irme a dormir a la playa. Recuerdo que le pedí a Jehová que me diera el valor necesario para servirle pasara lo que pasara.

Al día siguiente, mientras estaba en la biblioteca de la escuela, entró de repente Paul Evans. Debió de ver que me pasaba algo, pues me dijo que fuera con él al hogar misional a charlar un rato. Los misioneros me acogieron y me trataron muy bien. Al año siguiente me bauticé.

Cuando terminé mis estudios, me hice precursor y serví junto con los misioneros. Con el tiempo me casé con Caroline Hinsche, una dinámica precursora canadiense que había estado en Fiyi, y empezamos a servir de precursores especiales en Samoa Norteamericana.

La actitud de mis padres cambió con el tiempo. Mi padre empezó a estudiar la Biblia antes de su muerte, y mi madre se bautizó a la edad de 72 años. Estoy muy agradecido a todos aquellos misioneros por el ejemplo tan bueno que me dieron. Me enseñaron a amar a Jehová, un amor que me ha sostenido hasta el día de hoy.

 [Ilustraciones y recuadro de las páginas 91 y 92]

La persistencia da resultado

PAUL EVANS

AÑO DE NACIMIENTO 1917

AÑO DE BAUTISMO 1948

OTROS DATOS Él y su esposa, Frances, sirvieron de misioneros en Samoa y Samoa Norteamericana durante más de cuarenta años.

CUANDO mi esposa y yo emprendimos la obra de circuito en 1957, no fue fácil entrar en Samoa, pues el gobierno estaba tratando de aislar a los hermanos. Incluso se exigía a todos los visitantes que firmaran un documento comprometiéndose a no hacer proselitismo durante su estancia. Así que cuando llegué a Samoa para hacer mi primera visita de circuito, le pregunté al agente de inmigración qué significaba hacer proselitismo. Como no supo qué responder, le dije:

—Imagínese que usted es católico y visita otro país. Cuando entra en la iglesia, le piden que pronuncie un discurso. ¿Podría hacerlo?

—Pues claro, no habría ningún problema —respondió.

—Usted sabe que los testigos de Jehová visitan a la gente en sus casas con el mensaje de la Biblia. Si mis amigos me piden que los acompañe, ¿podría hacerlo?

—Supongo que sí.

  —¿Y si alguien me hace una pregunta? —le dije—. ¿Puedo contestar?

—No veo por qué no —me dijo.

—Pues muy bien. Ahora ya sé lo que puedo hacer —respondí.

La visita de circuito fue muy productiva. Antes de irnos del país, le pregunté al agente de inmigración si alguien se había quejado de nosotros.

—Nadie ha dicho nada —contestó—. Todo está bien.

—¿Cómo podemos conseguir los permisos para la siguiente visita? —le pregunté.

—No vaya al Departamento de Inmigración —me sugirió—. Escríbame una carta personal. Yo me encargaré de conseguirles los permisos.

Y eso fue lo que hicimos en las siguientes visitas.

Lamentablemente, el agente que nos ayudaba fue sustituido por otros que no fueron tan cooperadores. Durante varios años nos fue imposible a los superintendentes viajantes entrar en Samoa. La situación se arregló en 1974, cuando el gobierno nos concedió a Frances y a mí la categoría de misioneros. Nuestra paciencia y persistencia dieron resultado.

[Ilustración]

Frances y Paul Evans

 [Recuadro de la página 97]

Un idioma de oradores

El samoano es una lengua de sonido suave y cadencioso que resulta agradable al oído. Ahora bien, Fred Wegener indica: “Puesto que en apariencia muchas palabras son tan solo una maraña de vocales, los misioneros necesitan muchísima práctica (faata‘ita‘iga) y estímulo (faalaeiauina) para dominar el idioma”.

La elocuencia y el uso de expresiones proverbiales desempeñan un papel importante en la cultura samoana. A los jefes (matai) y oradores (tulafale, o jefes hablantes) les gusta citar de la Biblia y emplear lenguaje muy cuidado en las ocasiones formales. La cortesía tradicional del pueblo samoano queda particularmente manifiesta en su esmerado empleo del lenguaje formal y ceremonial cuando se requiere. Su idioma cuenta con una variante “de los jefes” (tautala lelei) muy elaborada y cortés que se usa para dirigirse a Dios o hablar de él, así como para relacionarse con los jefes, las autoridades y los visitantes extranjeros o para referirse a ellos. Por otra parte, en la conversación diaria, o cuando se habla de uno mismo, se emplea una variante coloquial (tautala leaga) que no resulta tan formal.

La respetuosa variante “de los jefes” cuenta con un vocabulario específico y digno para no ofender cuando se tratan asuntos oficiales y ceremoniales o cuando se habla de la Biblia. Geoffrey Jackson, miembro del Cuerpo Gobernante en la actualidad y que fue misionero en Samoa, explica: “Como los buenos modales y el respeto se reflejan en todo el idioma, al predicar es importante dirigirse a la gente con las palabras de cortesía que suelen reservarse para la realeza y, al mismo tiempo, seguir la humilde costumbre de usar palabras coloquiales al hablar de uno mismo”.

 [Ilustración y recuadro de la página 99]

Nos fuimos llorando

ROBERT BOIES

AÑO DE NACIMIENTO 1942

AÑO DE BAUTISMO 1969

OTROS DATOS Él y su esposa, Elizabeth (Betty), fueron misioneros en las islas Samoa de 1978 a 1986.

DESDE el principio notamos que la gente de Samoa Norteamericana agradecía nuestros esfuerzos por aprender su idioma y pasaba por alto los muchos errores que cometíamos. En cierta ocasión utilicé Revelación 12:9 para explicar la influencia que Satanás ejerce sobre el mundo. A propósito, en samoano las palabras para demonio (tiapolo) y limón (tipolo) suenan muy parecido. Resulta que me confundí al usarlas y dije que el “limón” había sido echado del cielo y andaba extraviando a toda la tierra habitada. Además, dije que Jehová pronto aplastaría al “limón” y acabaría con él. Como es natural, tanto el señor que escuchaba como el misionero que iba conmigo se rieron con ganas.

En otra ocasión, mientras predicaba de casa en casa, le recité de memoria una presentación en samoano a una señora. Luego me enteré de que lo único que había entendido de la presentación era una breve referencia a Revelación 21:4. Pero la señora pensó que mi mensaje debía ser importante, así que entró de inmediato en la casa y leyó el versículo en su Biblia. Aquel texto le llegó tanto al corazón que después aceptó estudiar la Biblia, y tanto ella como sus hijos abrazaron la verdad.

Felizmente, con el tiempo llegamos a dominar el idioma y tuvimos muchas experiencias agradables. Cuando por problemas de salud nos vimos obligados a volver a Estados Unidos, nos fuimos llorando.

 [Ilustración y recuadro de las páginas 101 y 102]

“Parecía como si toda la ciudad hubiera asistido”

Uno de los funerales más concurridos que se hayan celebrado en Apia fue el de Fred Williams, allá por la década de 1950. Él era un viejo y recio marino retirado al que llamaban el Capitán, y cuya esposa era testigo de Jehová. Había navegado por los siete mares y era muy conocido en todo el Pacífico sur. Entre sus muchas hazañas estaba haber salvado a su tripulación navegando casi 2.000 kilómetros (1.200 millas) por el océano en un bote salvavidas sin techo y casi sin alimentos, tras haber naufragado en un remoto arrecife.

El Capitán creía que la mayoría de la gente no era sincera al practicar la religión. No obstante, este anterior marino bebedor de whisky y jugador de póquer recibió clases bíblicas de Bill Moss y se convirtió en un Testigo entusiasta. Para cuando se bautizó, estaba prácticamente ciego y postrado en cama. Sin embargo, nunca dejó de compartir su nueva fe con los numerosos visitantes que recibía, entre ellos muchos dirigentes religiosos.

Antes de morir, el Capitán especificó en su testamento que los testigos de Jehová debían encargarse del funeral. Indicó, además, su deseo de que lo sepultaran en el mar. Sobre el funeral, Girlie Moss relata: “Parecía como si toda la ciudad hubiera asistido. La emisora de radio anunció su muerte, y los comercios de Apia colocaron las banderas a media asta en señal de respeto”. Además de los Testigos, hubo abogados, maestros, destacados líderes religiosos y muchos empresarios.

Todo el mundo escuchó con mucha atención mientras el conferenciante, Bill Moss, explicaba con ayuda de varios textos bíblicos la esperanza que tenía el Capitán de  resucitar en una Tierra paradisíaca. Girlie recuerda: “Sentí un cariño enorme por él cuando comprendí que había hecho los preparativos necesarios para que, en su funeral, se diera testimonio a muchas personas difíciles de encontrar en la predicación de casa en casa. Me hizo pensar en lo que la Biblia dice sobre Abel: ‘Aunque murió, todavía habla’. Incluso el día de su muerte, el Capitán dio un gran testimonio” (Heb. 11:4).

Tras el discurso de funeral en casa del Capitán, un convoy de más de cincuenta vehículos se dirigió al puerto. Girlie añade: “El muelle estaba tan lleno de curiosos que la policía tuvo que abrirnos paso para llegar al barco. Entonces, junto con la familia, el alto comisionado y algunas personalidades de la ciudad, subimos al yate Aolele (Nube voladora) y zarpamos rumbo al mar”. El nombre del yate resultó muy apropiado, pues Bill tuvo que agarrarse del mástil porque las olas zarandeaban la embarcación como si fuera un corcho y el viento lo sacudía a él, su ropa y las páginas de su Biblia. Por último, Bill leyó la promesa bíblica de que el mar entregará a los muertos que hay en él e hizo una oración (Rev. 20:13). Después, el cuerpo del Capitán, envuelto y atado a un lastre, se hundió en las impetuosas aguas de su amado océano Pacífico. La gente habló de este funeral durante mucho tiempo, lo que proporcionó más oportunidades de dar testimonio.

[Ilustración]

Fred Williams, el Capitán, antes de su bautismo

 [Ilustración y recuadro de las páginas 109 y 110]

Nos alegra haber podido volver

FRED WEGENER

AÑO DE NACIMIENTO 1933

AÑO DE BAUTISMO 1952

OTROS DATOS Él y su esposa, Shirley, son betelitas en Samoa. Fred también es miembro del Comité del País.

EN CUANTO nos casamos, en 1956, nos mudamos de Australia a Samoa Norteamericana, adonde se nos envió como precursores especiales. Nuestro primer destino fue Laulii, una aldea ubicada en la entrada oriental del puerto de Pago Pago. Allí nos instalamos en una casucha sin puertas, ventanas, techo ni agua corriente. En cuanto la acondicionamos, se incorporó a nuestra familia un nuevo miembro: Wallace Pedro. Este joven samoano, cuyos padres lo habían echado de casa porque rechazaban sus creencias, se vino a vivir con nosotros y emprendió el precursorado.

Dos años después asistimos mi esposa y yo a la escuela misional de Galaad y se nos envió a Tahití. Sin embargo, nuestra estancia allí fue corta, pues el gobierno se negó a concedernos visados de misioneros y, con toda cortesía, nos comunicó por carta que debíamos marcharnos en el primer avión que saliera del país. Tras regresar a Samoa Norteamericana, vivimos con Paul y Frances Evans y con Ron y Dolly Sellars en el hogar misional de Fagatoga, situado en Pago Pago. Allí me encargué de imprimir La Atalaya y Nuestro Ministerio del Reino en samoano con un viejo mimeógrafo que colocaba sobre la mesa del  comedor. En 1962, a Shirley y a mí nos invitaron a participar en la obra de circuito. El primer circuito que visitamos abarcaba la mayor parte del Pacífico sur, lo que incluía las islas Cook, Fiyi, Kiribati, Niue, Samoa, Samoa Norteamericana, Tonga, Tuvalu y Vanuatu.

Ocho años después, tras el nacimiento de nuestro hijo Darryl, nos establecimos en Samoa Norteamericana. Yo era precursor especial, y Shirley dedicaba la mayor parte del tiempo a traducir las publicaciones bíblicas al samoano.

Por aquel entonces, y a fin de mejorar la economía familiar, estuve trabajando con un Testigo que era buzo y que se dedicaba a recoger abulones. En una ocasión, el motor fueraborda de su bote se averió y pasamos cuatro días perdidos en el mar. Antes de que nos rescataran, recorrimos cientos de kilómetros a la deriva, sobrevivimos a un violento temporal, avistamos 32 embarcaciones y estuvimos a punto de ser aplastados por un enorme buque portacontenedores. Al poco tiempo supimos mi esposa y yo que venía en camino otro bebé, así que en 1974, y con gran pesar, decidimos volver a Australia, donde nació nuestra hija Tamari.

En los años siguientes pensamos muchas veces en regresar a nuestra querida asignación misional. Es fácil imaginar la alegría que sentimos cuando en 1995 se nos invitó a volver a Samoa junto con Tamari para trabajar en Betel. Un año después, Shirley y yo fuimos invitados a reemprender la obra de circuito, tras un paréntesis de veintiséis años. Tuvimos la gran dicha de ver nuevamente a muchos Testigos fieles con los que habíamos predicado años atrás en las islas Samoa y en Tonga (3 Juan 4).

En la actualidad prestamos servicio en el Betel de Samoa junto con Tamari y su esposo, Hideyuki Motoi. ¡Cuánto nos alegra haber podido volver!

 [Ilustración y recuadro de las páginas 113 y 114]

Jehová ha respondido mis oraciones

FAIGAAI TU

AÑO DE NACIMIENTO 1932

AÑO DE BAUTISMO 1964

OTROS DATOS Fue precursora en las islas de Upolu y Savaii desde 1965 hasta 1980. En la actualidad vive en Savaii.

NACÍ con una grave deformidad en los pies: tengo las plantas tan dobladas hacia abajo que me llegan hasta los talones, por lo que se me hace muy difícil caminar.

Cuando escuché por primera vez la verdad bíblica, esta caló hondo en mi corazón. Quería asistir a las reuniones de congregación, pero me parecía imposible llegar hasta allí por el camino duro y rocoso. Con el tiempo, me volví una experta en hacerme mi propio calzado transformando sandalias de goma, y eso me permitió caminar mejor.

Comencé el precursorado poco después de bautizarme. Tras haber sido precursora durante nueve años en la isla de Upolu, me fui a vivir con mi hermana y su esposo a Savaii, donde había necesidad de publicadores del Reino. Allí fui precursora especial y tuve de compañera a Kumi Falema‘a, mi sobrina.

Kumi y yo tomábamos todas las semanas un autobús que nos llevaba desde Faga hasta Lata, una aldea en la costa occidental de Savaii. Le dábamos clases bíblicas a  una señora que vivía en Lata y después caminábamos ocho kilómetros [cinco millas] hasta la aldea de Taga para visitar a otra señora. Pasábamos la noche en la casa de esta mujer y su familia, y volvíamos a Faga en el autobús de la mañana. Repetimos aquel recorrido durante unos dos años, y, felizmente, ambas mujeres y sus familias llegaron a ser Testigos.

Cuando mis parientes se marcharon de Savaii, yo me quedé para ayudar a un pequeño grupo de hermanas y mujeres interesadas que había en Faga. Conducía el estudio de La Atalaya y el Estudio de Libro de Congregación, y dirigía a las hermanas en la predicación. Un domingo al mes venía un anciano desde Apia para conducir la reunión. Puesto que el jefe del pueblo nos prohibía entonar los cánticos del Reino en las reuniones, los leíamos en voz alta. Cinco años después, Leva y Tenisia Faai‘u —un matrimonio de misioneros— vinieron de Nueva Zelanda para ayudar a nuestro pequeño grupo. Después llegaron otros misioneros. En la actualidad, Savaii cuenta con dos florecientes congregaciones, una en Faga y otra en Taga.

Aunque nunca me casé, me encantan los niños y siempre me he llevado bien con ellos. Algunos incluso han vivido en mi casa por temporadas. Para mí ha sido una gran alegría ver a mis “hijos” espirituales crecer y ponerse de parte de Jehová.

Ahora soy muy mayor y ya no puedo predicar de casa en casa. Pero doy clases bíblicas en mi hogar y también predico a la gente que llego a conocer en el hospital de la localidad. Aun así, a veces me sentía frustrada por culpa de mis limitaciones y le pedía a Jehová que me ayudara a hacer más en su servicio. Felizmente, los misioneros de mi congregación me enseñaron cómo predicar por teléfono. Al reflexionar en lo que ha sido mi vida, tengo la certeza de que Jehová ha respondido mis oraciones.

 [Ilustración y recuadro de la página 118]

Ayer, hoy y mañana

Los relojes de los habitantes de Samoa y de Tonga marcan la misma hora, pero el calendario de Tonga está adelantado un día. ¿Por qué? Porque estos países se encuentran en lados opuestos de la línea internacional de cambio de fecha: Tonga se halla al oeste, y Samoa, al este. Por eso, aunque solo los separa una corta distancia, Tonga es uno de los primeros países del mundo en celebrar la Conmemoración anual de la muerte de Cristo, mientras que Samoa es uno de los últimos.

[Ilustración]

(Para ver el texto en su formato original, consulte la publicación)

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\ SAMOA

| 7:00 de la noche

| Miércoles

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TONGA |

7.00 de la noche | PACÍFICO SUR

Jueves |

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Línea internacional | de cambio de fecha

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| NIUE

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 [Ilustraciones y recuadro de las páginas 123 y 124]

Una traducción de la Biblia que honra el nombre de Dios

En 1884, misioneros de la cristiandad realizaron una traducción bíblica al samoano que empleaba el nombre Jehová por todas las Escrituras Hebreas. Adicionalmente, en las Griegas aparecía cuatro veces la forma abreviada Aleluia, que significa “¡Alaben a Jah!” (Rev. 19:1-6). Sin embargo, en la edición revisada de 1969 de aquella traducción se eliminó el nombre Jehová de todos los versículos menos uno, que al parecer lo conservó por descuido de los traductores (Éxo. 33:14). Las autoridades eclesiásticas también eliminaron el nombre divino, Jehová, de sus himnarios y les indicaron a los miembros de sus iglesias que no lo usaran.

A pesar de ello, los samoanos que amaban la Biblia recibieron con gran alegría en noviembre de 2007 la Traducción del Nuevo Mundo de las Escrituras Griegas Cristianas en samoano. Esta traducción exacta y fácil de entender devuelve fielmente el nombre divino al lugar que ocupaba en el texto inspirado. Geoffrey Jackson, que fue misionero en Samoa y que en la actualidad forma parte del Cuerpo Gobernante, presentó esta nueva edición en una asamblea especial, organizada para varias islas, que se celebró en Apia (Samoa).

Las noticias televisivas sobre la nueva publicación despertaron gran interés entre el público. De hecho, hubo personas que llamaron al Betel de Samoa para encargar ejemplares de la traducción. Un funcionario de alto rango solicitó diez copias para los miembros  de su personal. Por su parte, el director de una escuela pidió cinco con la intención de dárselas como premio a sus mejores estudiantes al final del año escolar.

Mucha gente se ha expresado favorablemente sobre la cuidadosa traducción de las palabras que caracteriza a esta nueva versión, algo que proporciona un entendimiento preciso del texto original. Además, la Traducción del Nuevo Mundo está ayudando a los samoanos a mantener bien presente la importancia de utilizar el nombre de Dios. Finau Finau, que es precursor especial en Vailele (Upolu), se valió de la oración modelo de Jesús para ayudar a una señora a razonar sobre este punto.

Después de leer Mateo 6:9, Finau le preguntó: “¿El nombre de quién cree usted que hay que santificar?”.

—El del Señor —contestó la mujer.

—Pero 1 Corintios 8:5 dice que hay muchos “dioses” y muchos “señores” —señaló Finau—. ¿Cómo puede Dios tener por nombre “Señor” si muchos dioses falsos tienen ese mismo nombre?

Entonces le mostró a la señora el nombre Jehová y le explicó que la cristiandad lo había eliminado de sus traducciones de la Biblia. Para dejar clara la idea, añadió: “Ahora imagínese que una persona intentara arrebatar o cambiar el título de jefe (matai) que le corresponde a su familia. ¿Cómo se sentirían ustedes?”.

—¡Furiosos! —respondió la mujer.

—Por supuesto —dijo Finau—, y así es como se siente Jehová con todos los que intentan eliminar su nombre de Su Palabra, la Biblia.

[Ilustración]

La Traducción del Nuevo Mundo de las Escrituras Griegas Cristianas en samoano

 [Ilustraciones y recuadro de las páginas 126 y 127]

Jehová ha multiplicado por cien mis bendiciones

LUMEPA YOUNG

AÑO DE NACIMIENTO 1950

AÑO DE BAUTISMO 1989

OTROS DATOS Es hija de un ex primer ministro y precursora regular en Apia.

ME CRIÉ en la isla de Savaii como hija de un empresario y político exitoso. Mi padre era dueño de una enorme plantación de cacao y daba trabajo a unas doscientas personas, así que los periódicos locales lo llamaban el Magnate del Cacao. Además, fue primer ministro de Samoa durante varios años.

Éramos once hermanos. Mi padre no era muy religioso, pero mi madre nos impartió enseñanzas básicas de la Biblia. Cuando murió, yo la echaba muchísimo de menos. Por eso, cuando una misionera Testigo llamada Judy Pritchard me habló de la esperanza de la resurrección, la idea de volver a ver a mi madre me llenó de emoción.

Le hice un sinfín de preguntas a Judy, y ella me las respondió todas con la Biblia. No tardé mucho en pedirle que me diera un curso bíblico. Tiempo después comencé a asistir a las reuniones cristianas.

Al principio, Steve, mi esposo, que era un diácono destacado en la iglesia de nuestro pueblo, se opuso a que yo estudiara. Me llevó a visitar a varios sacerdotes que intentaron convencerme de que no fuera a las reuniones de los Testigos, pero no les hice caso. Después me llevó a hablar con mi padre, quien se limitó a sugerirme que no estudiara en casa. Aun así, todos mis hermanos se burlaban de mí  por haber cambiado de religión. Pero yo no estaba dispuesta a dejar de aprender la verdad bíblica.

Finalmente, cuando llené los requisitos para ser publicadora del Reino, la primera casa donde prediqué fue la de uno de los ministros del gabinete de mi padre. Este hombre asistía a menudo a reuniones políticas en casa de mi padre y me conocía bien. Me puse tan nerviosa que me escondí detrás de mi acompañante. Asombrada de verme predicando, la gente me preguntaba: “¿Qué opina tu padre?”. Él, sin embargo, era un hombre razonable que defendía mi nueva fe. Además, para aquel entonces solía leer La Atalaya y ¡Despertad!

Con el tiempo conseguí superar mi temor al hombre y comencé el precursorado regular. Me encanta impartir cursos bíblicos y tengo una lista de cincuenta posibles estudiantes para cuando haya un hueco en mi horario. Con todo, mi mayor alegría ha sido enseñar la verdad a mis cuatro hijos. Mi hija Fotuosamoa y su esposo, Andrew, así como mi hijo Stephen y su esposa, Ana, sirven en el Betel de Samoa. También ayudé a mi hermana Manu a aprender la verdad. Incluso mi esposo, Steve, que se había opuesto, empezó a estudiar la Biblia y ya está asistiendo a las reuniones. Lo cierto es que Jehová ha multiplicado por cien mis bendiciones.

[Ilustraciones]

Izquierda: Fotuosamoa y Andrew Coe; derecha: Ana y Stephen Young

 [Ilustración y recuadro de las páginas 129 y 130]

Tuve que escoger entre Jehová y el golf profesional

LUSI LAFAITELE

AÑO DE NACIMIENTO 1938

AÑO DE BAUTISMO 1960

OTROS DATOS Decidió ser precursor en vez de dedicarse al golf profesional.

TENÍA 18 años cuando me enteré de que la familia que vivía al otro lado de la carretera se había convertido a una religión llamada testigos de Jehová. Sentía curiosidad, así que visité a Siemu Taase, el padre de familia, para preguntarle por qué utilizaban el nombre de Dios, Jehová, de aquella manera. Su amabilidad y las razones bíblicas que dio me impresionaron, así que empecé a recibir clases bíblicas y a ir a las reuniones. Cuando mi padre se enteró, me amenazó. Le rogué que me permitiera seguir yendo a las reuniones, pero fue tajante al decirme que no debía tener nada que ver con los Testigos. Pero para mi sorpresa, al otro día cambió de parecer. Tiempo después, mi tía me dijo por qué: “Mientras dormías, repetías llorando: ‘¡Jehová, por favor, ayúdame!’”. Sin duda, yo había estado hablando en sueños. La cuestión es que mis lágrimas ablandaron el corazón de mi padre.

Ahora bien, frente a mi casa también se hallaba el único campo de golf de Samoa, donde yo me ganaba un dinerito vendiendo las pelotas de golf que encontraba. Tiempo después trabajé de cadi para el rey Malietoa, que en aquel tiempo era el jefe de Estado de Samoa. El rey pensaba que yo tenía posibilidades como golfista, y me regaló sus viejos palos de golf. También dispuso que dos empresarios locales me patrocinaran a nivel profesional, pues creía que mis  habilidades iban a “poner a Samoa en el mapa”. ¡Yo estaba emocionado! Pero el golf pronto empezó a distraerme de servir a Jehová, y eso me molestaba la conciencia.

La situación se volvió crítica cuando gané el torneo abierto de golf de Samoa venciendo a un grupo internacional de golfistas profesionales. El rey estaba encantado y quería que aquella misma noche conociera a un importante golfista estadounidense en la cena de presentación. Con todo, algo me hacía sentir inquieto, así que pensé que era el momento de tomar una decisión. Tuve que escoger entre Jehová y el golf profesional. Por eso, aquella noche asistí a los ensayos de la asamblea de circuito, y no a la cena.

Como es de suponer, el rey se puso furioso. Por otra parte, cuando mi padre me pidió explicaciones, tuve una larga charla con él y le mostré con la Biblia por qué consideraba tan importante servir a Jehová. Para mi sorpresa, se echó a llorar y me contó lo siguiente: “En una ocasión, cuando tenías cinco años, estuviste muy enfermo y se te declaró muerto. Entonces, cuando estábamos bajándote a la fosa para enterrarte, una abeja te picó en la cara. De repente, pegaste un grito y empezaste a llorar. ¡Justo a tiempo! Ahora sé que sobreviviste para convertirte en un testigo de Jehová”. Mi padre nunca se volvió a oponer a mi decisión.

Después me mudé a Nueva Zelanda, donde fui precursor regular y especial durante diez años, y donde me casé con Robyn, otra precursora especial. Con el tiempo tuvimos tres hijos y nos fuimos a vivir a Australia. Durante los treinta años siguientes trabajé de jornada completa para mantener a mi familia. Entretanto, pudimos ayudar a muchos parientes a conocer la verdad. A menudo le pedía a Jehová que me ayudara a ser precursor de nuevo. ¡Qué alegría sentí al alcanzar mi meta tras jubilarme en 2004! Me siento verdaderamente feliz de haber escogido servir a Jehová en vez de dedicarme al golf profesional.

 [Ilustración y recuadro de la página 135]

Los resultados de educar bien a los hijos

PANAPA LUI

AÑO DE NACIMIENTO 1967

AÑO DE BAUTISMO 1985

OTROS DATOS Él y su esposa, Mareta, son precursores especiales en Samoa.

CUANDO matriculamos a nuestro hijo, Sopa, en la escuela primaria, además de entregar al director un ejemplar del folleto Los testigos de Jehová y la educación, le expliqué nuestra postura respecto a las actividades religiosas y nacionalistas.

Pero al día siguiente, Sopa nos contó que el director había roto el folleto delante de los niños y profesores presentes, y luego había exigido a los niños Testigos que cantaran un himno religioso. Como se negaron, el director los colocó frente a todos los presentes y entonces les ordenó que entonaran una de sus propias canciones religiosas. Pensaba que con aquello los asustaría y le obedecerían. Sin embargo, nuestro hijo animó a los demás niños Testigos a que entonaran el cántico “Gracias, Jehová” y los dirigió mientras cantaban.

El director quedó impresionado y felicitó a Sopa por su valor. Tiempo después, tanto él como otros maestros mostraron interés en la verdad bíblica. Siempre que nos ve, el director pregunta por nuestro hijo y le envía saludos. Sopa siguió progresando y se bautizó en 2005.

 [Ilustración y recuadro de las páginas 138 y 139]

Nunca hemos tenido que caminar demasiado para ir a las reuniones

VALU LOTONUU

AÑO DE NACIMIENTO 1949

AÑO DE BAUTISMO 1995

OTROS DATOS Para asistir a las reuniones, caminaba 22 kilómetros (14 millas) con sus seis hijos por una cordillera.

EN 1993, los testigos de Jehová llamaron a mi puerta en Lefaga y acepté un curso bíblico. Poco después, mis hijos y yo comenzamos a asistir a las reuniones cristianas en Faleasiu, una localidad situada a 22 kilómetros de distancia, en el otro lado de la isla.

Los días de reunión entre semana iba por los niños a la escuela temprano. Algunos maestros amenazaron con expulsarlos, pero les expliqué que teníamos razones religiosas de mucho peso para asistir a las reuniones. Cada uno de mis hijos llevaba en una bolsa de plástico su ropa para la reunión, la Biblia, el cancionero y cualquier otra publicación necesaria. A veces nos recogía algún autobús, pero casi siempre teníamos que caminar los 22 kilómetros.

Cuando por fin llegábamos al Salón del Reino, los Testigos del pueblo iban a recibirnos y nos daban de comer. También nos permitían ducharnos en su casa y ponernos la ropa limpia. Después de la reunión emprendíamos la larga caminata de vuelta. En la cima de la cordillera que divide la isla hacíamos una parada y los niños dormían una breve siesta. Yo me mantenía despierta por si veía pasar algún  vehículo que pudiera llevarnos. Por lo general llegábamos a casa bien pasada la medianoche. A la mañana siguiente, me levantaba a las cinco en punto para tomar el primer autobús hacia Faleasiu y predicar allí.

En cierta ocasión tuve que comparecer ante una asamblea formada por los jefes del pueblo (matai) y dirigida por el jefe supremo. Querían saber por qué viajaba hasta Faleasiu en vez de asistir a una iglesia en nuestro pueblo, teniendo en cuenta que mi abuelo materno había establecido una de ellas. Por último, me ordenaron dejar de asistir a las reuniones en Faleasiu. Pero yo no estaba dispuesta a permitir que nada me impidiera hacerlo, pues había decidido obedecer a Dios más bien que a los hombres (Hech. 5:29).

La situación no tardó en llegar a un punto crítico. Por no acudir a una toonai (fiesta dominical a la que asisten el ministro de la iglesia, los diáconos y los matai del pueblo), el consejo me impuso como multa dar cinco cerdos grandes. Desde el punto de vista económico, se trataba de una carga muy grande, puesto que yo criaba sola a seis hijos pequeños. No obstante, logré pagar la multa con cerdos de mi piara. Con el tiempo, sin embargo, la gente del pueblo llegó a respetar nuestra postura firme y dejó de oponerse a nosotros.

Asistir a las reuniones requirió mucho esfuerzo durante años, pero mereció la pena. Ahora todos mis hijos son Testigos; de hecho, uno de ellos es siervo ministerial.

Mis hijos y yo todavía vamos caminando a las reuniones. Pero ya no tenemos que recorrer 22 kilómetros hasta Faleasiu, pues el salón está muy cerca. Y es que en 2001 se construyó en nuestro pueblo un hermoso Salón del Reino, donde hoy se reúne una floreciente congregación. Ahora bien, nos parece que nunca hemos tenido que caminar demasiado para ir a las reuniones.

 [Ilustraciones y tabla de las páginas 132 y 133]

(Para ver el texto en su formato original, consulte la publicación)

DATOS HISTÓRICOS: Samoa

1930

1931 Llegan las buenas nuevas a Samoa.

1940

1940 Harold Gill distribuye el folleto ¿Dónde están los muertos?, que fue la primera publicación traducida al samoano.

1950

1953 Se forma la primera congregación en Apia.

1955 Llegan misioneros de Galaad a Samoa Norteamericana.

1955 Se proyecta en toda Samoa Norteamericana la película La Sociedad del Nuevo Mundo en acción.

1957 Se celebra la primera asamblea de circuito en Samoa Norteamericana.

1958 Comienza a traducirse La Atalaya al samoano.

1959 Se celebra la primera asamblea de circuito en Samoa.

1960

 1970

1974 Llegan misioneros a Samoa. Comienza a predicarse en Tokelau.

1980

1984 Se establece una sucursal en el hogar misional de Sinamoga, ubicado en Apia.

1990

1991 El huracán Val arrasa las islas.

1993 La edición en samoano de La Atalaya se publica al mismo tiempo que la edición en inglés. Se dedican un Hogar Betel y un Salón de Asambleas nuevos.

1996 Una emisora de radio de frecuencia modulada (FM) emite semanalmente el programa “Respuestas a sus preguntas bíblicas”.

1999 Se acelera la construcción de Salones del Reino.

2000

2007 Se publica la Traducción del Nuevo Mundo de las Escrituras Griegas Cristianas en samoano.

2010

[Ilustración]

(Para ver el texto en su formato original, consulte la publicación)

Publicadores

Precursores

700

400

100

1930 1940 1950 1960 1970 1980 1990 2000 2010

[Ilustración]

Frances y Paul Evans

 [Mapas de la página 73]

(Para ver el texto en su formato original, consulte la publicación)

HAWAI

AUSTRALIA

NUEVA ZELANDA

TOKELAU

Isla Swains

SAMOA

SAMOA NORTEAMERICANA

Islas Manua

Atolón de Rose

OCÉANO PACÍFICO

NIUE

Línea internacional de cambio de fecha Miércoles

‐‐‐‐‐‐‐‐‐‐‐‐‐‐‐‐‐‐‐‐‐‐‐‐‐‐‐‐‐‐‐‐‐‐‐‐‐‐‐‐‐‐‐‐‐‐‐‐‐‐‐‐‐‐‐‐‐‐‐

Jueves

TONGA

SAMOA NORTEAMERICANA

Tutuila

PAGO PAGO

Petesa

Tafuna

Fagatoga

Laulii

Aunuu

SAMOA

Savaii

Aopo

Lata

Taga

Faga

Salimu

Fogapoa

Upolu

APIA

Faleasiu

Siusega

Vailele

Lefaga

Vavau

APIA

Vaiala

Faatoia

Sinamoga

 [Ilustración a toda plana de la página 66]

[Ilustración de la página 74]

Pele y Ailua Fuaiupolu fueron los primeros samoanos en dedicar su vida a Jehová

[Ilustración de la página 81]

Ron y Dolly Sellars se mudaron a Samoa en 1953 para ayudar en la obra

[Ilustración de la página 84]

Richard y Gloria Jenkins el día de su boda, en enero de 1955

[Ilustración de la página 85]

Girlie y Bill Moss camino a Samoa

[Ilustración de la página 95]

Típica casa samoana

[Ilustración de la página 100]

Este Salón del Reino de Apia fue el primero en Samoa

[Ilustración de la página 107]

El Salón del Reino original de Tafuna (Samoa Norteamericana)

[Ilustración de la página 115]

Metusela Neru

[Ilustración de la página 116]

Saumalu Taua‘anae

[Ilustración de la página 131]

Ane Ropati (en la actualidad Gauld) se puso de parte de Jehová en su juventud

 [Ilustraciones de la página 141]

Betel de Samoa

Comité del País: Hideyuki Motoi, Fred Wegener, Sio Taua y Leva Faai‘u