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Testigos de Jehová

LA ATALAYA MARZO DE 2014

PUBLICADO EN

 BIOGRAFÍA

Frágil por fuera, fuerte por dentro

Cuando alguien ve mi frágil cuerpo de 29 kilos (65 libras) en una silla de ruedas, jamás se imaginaría lo fuerte que soy. Y es que aunque por fuera me estoy debilitando, por dentro me estoy fortaleciendo. Déjenme contarles cómo han moldeado mi vida la fuerza y la debilidad.

A los cuatro años

Al pensar en mi niñez, recuerdo los felices momentos que pasé con mis padres en una casa del sur de Francia. Mi padre me hizo un columpio, y a mí me encantaba correr por el jardín. En 1966, los testigos de Jehová llegaron a casa. Mi padre tuvo largas charlas con ellos y a los siete meses decidió hacerse Testigo. Mi madre no tardó en seguirle los pasos y ambos me criaron en un ambiente familiar cariñoso.

Como mis padres son españoles, volvimos a España. Poco después comenzaron mis problemas. Empecé a sentir fuertes punzadas en las manos y los tobillos. Tras dos años visitando médicos, dimos con un reconocido reumatólogo, quien muy serio dijo: “Es demasiado tarde”. Mi madre se echó a llorar. Entonces retumbaron por aquella gris y triste habitación expresiones raras como “trastorno autoinmunitario crónico” y “poliartritis infantil crónica”. * Como solo tenía 10 años, no entendí lo que dijo, pero aun así me di cuenta de que las noticias no eran buenas.

El doctor sugirió que me internaran en un sanatorio infantil. Cuando llegué a aquel tétrico lugar, casi me muero. La disciplina era estricta. Las monjas me cortaron el cabello y me pusieron un uniforme horrible. “¿Cómo voy a poder aguantar aquí?”, pensaba entre lágrimas.

JEHOVÁ SE HIZO REAL PARA MÍ

Como mis padres me enseñaron a servir a Jehová, no participaba en las actividades religiosas del sanatorio, pero a las monjas se les hacía difícil entenderlo. Le rogaba a Jehová que no me abandonara y sentía cómo me rodeaba con su brazo protector. Era como recibir el tierno abrazo de un padre.

Los sábados se permitían breves visitas familiares, y mis padres las aprovechaban para llevarme publicaciones que mantuvieran fuerte mi fe. Aunque las monjas no dejaban que los niños tuvieran sus propios libros, hicieron una excepción conmigo. También tenía una Biblia, la cual  leía todos los días. Hablaba con otras niñas sobre mi esperanza de vivir para siempre en un paraíso en la Tierra donde nadie enfermará (Revelación [Apocalipsis] 21:3, 4). Pese a la tristeza y los sentimientos de soledad, mi fe en Jehová seguía fortaleciéndose.

Tras seis largos meses, los doctores me dieron de alta. Mi salud no había mejorado, pero estaba feliz de haber regresado a casa. Mis articulaciones seguían deformándose, y el dolor era cada vez peor. Aunque estaba muy débil, logré bautizarme a los 14 años, determinada a servir con todas mis fuerzas a Jehová. Sin embargo, a veces me sentía algo defraudada. “¿Por qué yo? ¡Cúrame por favor! —le rogaba a mi Padre celestial—. ¿No ves lo mucho que estoy sufriendo?”

Mi adolescencia fue muy dura. Tuve que aceptar que mi salud nunca mejoraría, pero no podía dejar de compararme con mis amigas, tan saludables y llenas de vida. Me sentía inferior y me volví introvertida. Aun así, mi familia y mis amigos siempre me apoyaron. Recuerdo con mucho cariño a mi buena amiga Alicia, que me llevaba veinte años. Ella me enseñó a no concentrarme en mi enfermedad y a interesarme por los demás en lugar de amargarme pensando en mis problemas.

LE SACO EL MAYOR PROVECHO A MI VIDA

A los 18 años tuve una terrible recaída, y hasta ir a las reuniones de la congregación me dejaba agotada. Pero aprovechaba todo el tiempo que me quedaba en casa para estudiar a fondo la Biblia. El libro de Job y los Salmos me hicieron comprender que hoy día Jehová nos cuida sobre todo en sentido espiritual. Mis continuas oraciones me dieron “el poder que es más allá de lo normal” y “la paz de Dios que supera a todo pensamiento” (2 Corintios 4:7; Filipenses 4:6, 7).

A los 22 años tuve que empezar a usar silla de ruedas. Temía que la gente dejara de verme a mí y solo viera una silla y una enferma. Pero para mi sorpresa recuperé la independencia, y la “maldición” se convirtió en bendición. Una amiga llamada Isabel me sugirió que predicara con ella 60 horas durante un mes.

Al principio me pareció descabellado, pero le pedí ayuda a Jehová y, con el apoyo de mis familiares y amigos, pude alcanzar esa meta. Aquel ajetreado mes pasó rapidísimo y me ayudó a superar mis miedos y mi vergüenza. Disfruté tanto que en 1996 decidí hacerme precursora regular, es decir, predicar una cantidad de horas fija todos los meses. Es una de las mejores decisiones que he tomado, pues me acercó a Dios y hasta me fortaleció físicamente. Además, me ha permitido hablar de mi fe a otras personas y ayudarlas a entablar una amistad con Dios.

JEHOVÁ NO ME HA DEJADO

En el verano de 2001 sufrí un accidente de tráfico y me rompí las dos piernas. Mientras estaba en la cama del hospital con un dolor insoportable, oré en silencio: “¡Por favor Jehová, no me dejes!”. Justo en ese momento, la señora que estaba en la cama de al lado me preguntó: “¿Eres testigo de Jehová?”. Como no tenía fuerzas para responderle, solo asentí con la cabeza. Entonces me dijo: “¡Os conozco! Suelo leer vuestras revistas”. Aquellas palabras me hicieron sentir mucho mejor. Incluso en el lamentable estado en el que me encontraba, podía dar testimonio acerca de Dios. ¡Qué honor!

Cuando me recuperé un poco, decidí predicar más por el hospital. Aunque tenía las piernas enyesadas, mi madre me llevaba en silla de ruedas. Todos los días visitábamos a unos cuantos pacientes, les preguntábamos cómo se sentían y les dábamos algunas publicaciones bíblicas. Terminaba cansadísima, pero Jehová siempre me dio fuerzas.

Con mis padres en 2003

Mis dolores han empeorado en estos últimos años, y la muerte de mi padre ha agravado mi tristeza. De todos modos trato de mantener una  actitud positiva. ¿Cómo? Siempre que puedo paso tiempo con mis familiares y amigos, algo que me ayuda a olvidar mis problemas. Cuando estoy sola leo, estudio la Biblia y predico por teléfono.

A menudo cierro los ojos y abro mi “ventana privada” al nuevo mundo que Dios ha prometido

Además, trato de disfrutar de las cosas simples de la vida, como sentir la brisa en el rostro y oler el perfume de las flores. Eso me da razones para sentirme agradecida. El sentido del humor también hace maravillas. Un día, mientras predicaba, una amiga estaba empujando mi silla y se detuvo a hacer una anotación. Entonces me fui a toda velocidad por una pendiente hasta que me estrellé con un coche estacionado. ¡Qué susto pasamos! Pero cuando vimos que no había ocurrido nada grave, nos dio mucha risa.

Hay muchas cosas que no puedo hacer; las llamo mis ilusiones aplazadas. A menudo cierro los ojos y abro mi “ventana privada” al nuevo mundo que Dios ha prometido (2 Pedro 3:13). Me imagino saludable, caminando de acá para allá y disfrutando al máximo de la vida. Llevo muy dentro de mí estas palabras del rey David: “Espera en Jehová; sé animoso, y sea fuerte tu corazón” (Salmo 27:14). Aunque mi cuerpo se va haciendo cada día más y más débil, Jehová me va haciendo cada día más y más fuerte. En efecto, soy frágil por fuera, pero fuerte por dentro.

^ párr. 6 La poliartritis infantil es un tipo de artritis crónica que afecta a niños. El sistema inmunológico destruye tejidos sanos del cuerpo provocando dolor e inflamación en las articulaciones.

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