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Testigos de Jehová

LA ATALAYA 2010-05-01

 Consejos para las familias

Cómo criar hijos responsables

Gerardo: * “Todas las noches teníamos el mismo problema. Miguel, mi hijo de cuatro años, dejaba sus juguetes por toda la casa. Y cuando, antes de acostarlo, yo intentaba hacer que los recogiera, él se negaba y se ponía a gritar como un loco. Me sacaba tanto de quicio que a veces le gritaba, pero así lo único que conseguía era que los dos nos sintiéramos mal. No quería que la hora de dormir fuera una batalla campal, así que al final era yo el que ordenaba todo”.

Emilia: “Recuerdo el día en que mi hija de 13 años, Jenny, llegó a casa frustrada porque no entendía la tarea escolar que tenía que hacer. Estuvo llorando durante una hora. Le recomendé que le pidiera ayuda a la maestra, pero Jenny no se atrevía porque decía que la trataba muy mal. Poco me faltó para salir disparada hacia la escuela y decirle a esa maestra lo que pensaba de ella. ¡Nadie tenía derecho a hacer sufrir así a mi niña!”.

¿SE HA sentido alguna vez como Gerardo y Emilia? Es normal, a la mayoría de los padres les cuesta quedarse de brazos cruzados cuando ven a sus hijos en situaciones como las de arriba. Su reacción inmediata es ayudarlos y protegerlos. Así y todo, pueden aprovechar esas situaciones para enseñar a sus hijos a ser responsables. Por supuesto, la forma de transmitirles esta valiosa lección variará dependiendo de la edad de cada niño.

Antes que nada, los padres deben entender que no siempre podrán proteger a sus hijos. Con el tiempo, el niño crecerá, dejará el hogar familiar y tendrá que llevar “su propia carga de responsabilidad” (Gálatas 6:5; Génesis 2:24). Por eso, para que ellos sean capaces de valerse por sí mismos, los padres no pueden dejar escapar ninguna oportunidad   de enseñarles a ser responsables y maduros. Claro, es más fácil decirlo que hacerlo.

Afortunadamente, los padres pueden aprender mucho de Jesús en este sentido. “Pero él no tuvo hijos”, quizás objete alguien. Es verdad, pero tuvo que preparar a sus discípulos para que pudieran continuar su obra cuando él no estuviera (Mateo 28:19, 20). Su objetivo era parecido al de los padres que quieren educar a sus hijos para que sean adultos responsables. Así pues, veamos qué tres cosas hizo que le permitieron cumplir su objetivo y que también pueden resultar útiles a los padres.

Dar el ejemplo

Cuando ya le quedaba poco tiempo en la Tierra, Jesús les dijo a sus discípulos: “Yo les he puesto el modelo, que, así como yo hice con ustedes, ustedes también deben hacerlo” (Juan 13:15). Los padres también pueden enseñar a sus hijos a ser responsables dándoles el ejemplo.

Piensen: “¿En qué términos hablo de mis obligaciones? ¿Soy positivo? ¿Expreso cuánta satisfacción me produce hacer las cosas bien aunque suponga trabajar duro? ¿O, por el contrario, siempre estoy quejándome de lo fácil que parecen tenerlo otros en comparación?”.

Desde luego, nadie es perfecto, y todos nos sentimos sobrecargados en algunas ocasiones. Pero no olviden que, para enseñar a los hijos a ser responsables, lo mejor es predicar con el ejemplo.

¿POR QUÉ NO INTENTA ESTO? Si es posible, llévese a su hijo de vez en cuando al trabajo para que vea cómo se gana el sustento de la familia. Vaya con su hijo a hacer algún trabajo voluntario y, luego, comente con él la alegría que le produce haberlo hecho (Hechos 20:35).

Tener expectativas razonables

Jesús sabía que sus discípulos no podrían asumir de la noche a la mañana todas las responsabilidades que él esperaba de ellos. En una ocasión les dijo: “Tengo muchas cosas que decirles todavía, pero no las pueden soportar ahora” (Juan 16:12). Por eso, antes de encargarles una responsabilidad determinada, dedicó suficiente tiempo a capacitarlos. Y solo cuando consideró que estaban preparados, los dejó por su cuenta.

Asimismo, los padres razonables tampoco esperan que sus hijos hagan cosas para las que no están listos. Con todo, los hijos pueden ir asumiendo mayores responsabilidades a medida que van creciendo. Poco a poco, los padres pueden enseñarles a cuidar su higiene personal, ordenar su habitación, ser puntuales y administrar bien el dinero. También deben enseñarles que las tareas escolares son una responsabilidad que ellos deben atender.

Sin embargo, no basta con que los padres les indiquen sus obligaciones. Además, tienen que ayudarles a cumplir con ellas. Gerardo, a quien mencionamos al principio, se dio cuenta de que, en parte, su hijo se negaba a ordenar las cosas porque le parecía una tarea abrumadora. “Así que en vez de gritarle que recogiera sus juguetes —explica Gerardo—, le enseñé un sistema para hacerlo.”

¿Qué fue lo que hizo? “Primero le fijé una hora a la que debía empezar a juntar los juguetes todas las noches. Luego me puse a ordenar con él las diferentes partes de la habitación, una por una. En poco tiempo se convirtió en un juego: hasta competíamos para ver quién terminaba antes. Era parte de la rutina para ir a dormir. Si Miguel terminaba rápido, lo premiaba leyéndole una historia extra antes de apagar la luz, pero si se tardaba mucho, él sabía que íbamos a leer menos.”

¿POR QUÉ NO INTENTA ESTO? Piense en qué tareas de la casa podrían colaborar los  niños. ¿Hay cosas que todavía está haciendo usted, pero que ya podrían llevar a cabo ellos? En tal caso, póngase a hacerlas con sus hijos hasta que aprendan y puedan realizarlas solos. Déjeles claro que, dependiendo de cómo cumplan con esas tareas, habrá un premio o se les impondrá un castigo. Y, luego, sea consecuente con lo que dijo.

Dar instrucciones específicas

La mejor manera de aprender a hacer algo es con la práctica, y Jesús, como buen maestro que era, lo sabía. Por eso, cuando se dio cuenta de que sus discípulos ya estaban listos, los mandó “de dos en dos delante de sí a toda ciudad y lugar adonde él mismo iba a ir” (Lucas 10:1). Pero no se limitó a enviarlos y dejar que se las arreglaran como pudieran; antes les dio instrucciones muy específicas (Lucas 10:2-12). Y cuando ellos regresaron felices por el éxito que habían tenido, Jesús los felicitó (Lucas 10:17-24). Les demostró que confiaba en ellos y que estaba contento con lo que habían hecho.

Y usted, ¿cómo reacciona cuando sus hijos se ven ante algún desafío? ¿Deja que se enfrenten a lo que les asusta, o los protege intentando evitarles cualquier fracaso que los desanime? Tal vez su reacción más inmediata sea querer “salvarlos” y, por eso, usted mismo asume la tarea.

Pero piénselo por unos instantes. Si cada vez que ellos se encuentran con un obstáculo, usted va corriendo a salvarlos, ¿qué mensaje les está dando? ¿Que confía en que sabrán resolver el problema? ¿O que todavía los ve como niños indefensos que dependen de usted para todo?

Retomemos el caso de Emilia. ¿Qué hizo cuando vio que su hija no se atrevía a abordar a la maestra? No intervino, pues se dio cuenta de que sería mejor que fuera la propia Jenny quien hablara con ella. Pero antes se sentaron y decidieron juntas qué preguntas le haría Jenny a la profesora y cuál sería el mejor momento para abordarla. Incluso practicaron la conversación. ¿Cuál fue el resultado? Emilia dice: “Jenny reunió el valor para dirigirse a su maestra, y esta la felicitó por haberlo hecho. Mi hija estaba orgullosa de sí misma, y yo de ella”.

¿POR QUÉ NO INTENTA ESTO? Anote en un papel un problema que tenga su hijo actualmente. Al lado escriba cómo puede ayudarlo para que él mismo lo resuelva. Practiquen los pasos que tiene que dar. Hágale saber que confía en que puede lograrlo.

Si cada vez que los hijos se encuentran con un problema, sus padres lo resuelven por ellos, no les están haciendo ningún favor. En realidad, están entorpeciendo el desarrollo de su personalidad. Es mucho mejor enseñarles a aceptar sus responsabilidades y así convertirse en personas maduras. Sin duda alguna, este será un valioso aprendizaje para la vida.

^ párr. 3 Se han cambiado los nombres.

PREGUNTAS PARA PENSAR

  • ¿Son realistas las expectativas que tengo de mis hijos?

  • ¿Les digo —y les demuestro— cómo se hacen las cosas?

  • ¿Cuándo fue la última vez que felicité o animé a mi hijo?

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